martes, 15 de enero de 2013

Cápítulo 10 - Conferencia en Algeciras

- Bienvenidos a Málaga - comentó una voz aburrida, perteneciente a la dama que recibía a los turistas en dicha ciudad. - ¿De dónde vienen?
- De Inglaterra - contestó Susan Hitchens, en su perfecto inglés británico.
- De acuerdo, déjenme comprobar sus varitas - dijo la mujer, que a pesar de haber cambiado de idioma, conservaba el mismo tono de mortal aburrimiento. Sacó una especie de balanza de un solo plato, para analizar las varitas.
 Susan Hitchens ofreció la suya. Ella apoyó la varita en el platito de la balanza, cuya base, con una serie de zumbidos y silbidos, emitió un papelito.
- Acacia y fibra de corazón de dragón, veinticinco centímetros, flexible. Susan Hitchens, Ministerio de la Magia - leyó, siempre con su tonalidad de monotonía. - Bien, de acuerdo. ¿La otra dama...?
 Isolda le pasó su varita, y el proceso se repitió.
-Olmo y pluma de fénix, veintisiete centímetros y medio, rígida. Isolda Wright, Ministerio de la Magia. Correcto.
 Carter le tendió la varita de él antes que la mujer de control la pidiera.
- Roble rojo y fibra de corazón de dragón, veintinueve centímetros y un cuarto, rígida. Robert Carter, Ministerio de la Magia. Está todo en orden. Bienvenidos a España - dijo, con un esbozo fallido de sonrisa.

 ~

 Habían ido primero a Málaga para buscar a Clarisa Fontán, la equivalente de Susan Hitchens en el Ministerio de la Magia español, que era quien le había conseguido la exposición en Algeciras para presentar su investigación, y también había colaborado con la misma. Esta trataba de las poblaciones de criaturas mágicas que ambas naciones tenían en común y cómo protegerlas de manera eficaz, y profundizar las legislaciones en favor del cuidado de estos seres. Estaba en dicha ciudad para finalizar la última recolección de datos. Clarisa les había dicho que esperaría en la puerta de la ciudad, y allí estaba. Era una mujer de mediana estatura, tez morena y pelo castaño, que los saludó amistosamente cuando los vio llegar. Isolda se preguntó cómo los había reconocido, y luego cayó en la cuenta que el auto iba con las banderas del ministerio. Si bien gran parte de la población de Algeciras era mágica, no sucedía lo mismo en Málaga, y les habían recomendado discreción.
 - Buenos días - saludó ella alegremente, en un inglés con un fuerte acento andaluz. A Isolda le resultó simpática. - Soy Clarisa Fontán - dijo dirigiéndose a Isolda y Robert, que no la conocían. Susan se bajó a abrazarla, y luego ambas subieron al auto de vuelta, donde Susan presentó a sus acompañantes.
- Clarisa, esta es Isolda Wright. Viene en calidad de traductora, recomendada por el mismo ministro - le dirigió una sonrisa cómplice. - Él es Robert Carter, del Departamento de Aurors, y su misión es protegernos. Hasta ahora viene haciendo un gran trabajo - en realidad no había tenido que hacer absolutamente nada, pero la señora Hitchens tenía tendencia a tratar de ser amable con todos. Había sido de Hufflepuff.
 Luego de las presentaciones, Susan y Clarisa les contaron a los otros dos un poco sobre la investigación. A Isolda le resultaba sumamente interesante y escuchaba con atención, pero Robert parecía aburrirse. 'Es un imbécil', pensó ella, pero no dijo nada.
 Una hora y media más tarde, estaban en la entrada del hotel, bastante elegante, en frente del lugar donde se realizaría la exposición. 'Y pensar que creí que El Caldero Chorreante era un lugar cómodo'.
- La exposición tendrá lugar mañana a las 18:00. Hasta ese momento pueden hacer lo que tenga ganas. Luego, tienen dos días más aquí, en Algeciras. Disfruten su estadía.
 Isolda se dirigió a su habitación, la 419, y quedó maravillada. En el centro, una cama doble (que le pareció casi triple) con sábanas blancas como la nieve y un cubrecamas de terciopelo rojo se alzaba, imponente. Tenía elegantes columnas marroquíes y unas cortinas de seda rojo la ornamentaban. Había también un ropero elegante y a la vez práctico, que incluía una bóveda de seguridad que sólo se abría con la varita de quien la programaba. Los muebles eran del mismo estilo de la cama, de una fusión de lo islámico y lo europeo. El baño incluía un hidromasaje, y los azulejos, hechos a mano, eran de color celeste, y provocaban una cierta sensación de estar en el cielo. 'Ojalá Benjamin estuviera aquí', pensó, y se sorprendió a sí misma. Se sentía atraída por él desde hacía meses, pero nunca tenía la oportunidad de invitarlo a salir. Ya se había resignado que él no lo haría, porque era muy tímido, aunque por momentos parecía serlo un poco menos. 'Bueno', reflexionó, 'si nos llegamos a casar, ya sé dónde va a ser la luna de miel'. Se quedó un momento pensando en cómo sería si se llegaran a casar, y luego procedió a desnudarse para meterse a bañar. Casi se queda dormida, pero luego recordó que era casi la hora de almorzar. Se sorprendió de lo hambrienta que estaba, así que salió, se cambió, y bajó al comedor.
 Antes de llegar, se cruzó a Carter.
- Wright - dijo, dirigiéndole una mirada lasciva -, la señora Hitchens te busca. Está en recepción.
- Gracias - respondió ella, con cara de pocos amigos. No solía tener prejuicios hacia las personas; si le caían mal era después de conocerlas, pero había algo... siniestro en ese hombre. Se dirigió a recepción, notando como la vista del auror no se movía de ella, pero no se dignó a darse vuelta.
 La recepción era un enorme vestíbulo de paredes y suelos de mármol, aunque con grandes extensiones de alfombra roja. Tenía unos grandes sofás de apariencia cómoda. En uno de ellos estaba Susan, leyendo un libro. Isolda se acercó.
- ¡Ah, Isolda, te estaba esperando! - le dijo ella, siempre sonriente. - Iba a pedirle a Clarisa que me acompañara al Museo de Historia Mágica de Algeciras, pero tenía unos asuntos que resolver, así que, ¿por qué no vamos nosotras? Pero primero, almorzamos en algún lado.
- ¡De acuerdo! - dijo alegremente. Pero algo la detuvo. - ¿Carter va a venir?
- No, le di la tarde libre. Vamos a un museo, no creo que haga falta. En realidad, no creo que hiciera falta en todo el viaje, pero bueno, son cuestiones del Ministerio - dijo con diplomacia.

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 Susan e Isolda se dirigieron a un lugar llamado Hechizo Moro, que estaba a unas pocas cuadras del hotel, donde almorzaron. Isolda sabía que el apetito variaba según la persona, pero la cantidad de comida que pidió Susan le pareció exagerada. Debió haber puesto alguna expresión o algo, porque ella aclaró:
- Sí, normalmente no soy de tan buen comer. Lo que pasa es que... - se dio vuelta a ambos lados, como para comprobar que nadie las oyera - ¡estoy embarazada! - anunció feliz.
- ¡Felicidades! - dijo Isolda, ya que fue lo único que se le ocurrió. Nunca había estado en esa situación de recibir la noticia de un embarazo.
- No lo sabe nadie... hasta ahora - le dijo Susan. Mi marido está en un viaje de trabajo, y quería esperar a su llegada para anunciarlo. Nuestra hija tampoco lo sabe aún.
- ¿Qué edad tiene?
- Treinta... - respondió ella distraída, pero se dio cuenta de su error. - ¡ah, te referías a Amy! Tiene dos años y medio - puso cara de preocupación. - Espero que no se ponga muy celosa.
- Va a ponerse celosa - aseguró Isolda - como todos los niños de su edad. Sin embargo, a la larga, va a estar feliz de tener un hermanito o hermanita. Lo sé.
 Y sin proponérselo, le confió a Susan que era adoptada, pero que lo mejor que le había pasado fue su hermanita, Zara, también adoptada.
- Por supuesto, como todos los hermanos nos peleamos a veces - contaba Isolda - pero siempre va a ser mi hermana - de repente, se dio cuenta de que por muy simpática que fuera Susan, seguía siendo casi una desconocida, por lo que se sonrojó un poco y preguntó: - ¿Ya se te ocurrió algún nombre?
- Mmm... no sé todavía - dijo, dándose cuenta de la turbación de su interlocutora. - Tendría que esperar a saber si es un niño o una niña. Si Amy era varón, íbamos a ponerle Edgar. ¿Tomamos algún postre? - sugirió de repente.

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 Pasaron el resto de la tarde en el museo, que estaba lleno de artefactos mágicos de todas las épocas: de la España medieval, del antiguo califato de Al-Andalus, de la Hispania como provincia romana, del período fenicio-cartaginés e incluso anteriores, aunque eran realmente pocos y por lo tanto muy valiosos. Estos últimos se les adjudicaban a los tartesios, una misteriosa civilización que había habitado aquella zona. Isolda estaba extasiada. 'Cuando deje el ministerio, voy a volver a investigar a los tartesios', pensó. Observó unas inscripciones antiguas, aparentemente el antiguo idioma de Tartessos. Obviamente, no entendió nada, pero se dijo que sería quien las descifrara, algún día.
- Mira - le dijo Susan, que vino tan de repente que Isolda se sobresaltó. - En la tienda vendían de estos. Es tuyo - dijo, y le tendió un libro. 'El misterio de Tartessos', de Isaías Sánchez-Píave, un antropólogo mágico madrileño.
- ¡Pero no debiste! - dijo Isolda escandalizada. - ¿Cuánto debo...?
- Olvídalo. El Ministerio cubre todos los gastos - sonrió. - Vi que estabas muy interesada en estos grabados, así que...
- Muchas gracias, de verdad. - tomó el libro entre sus brazos y volvió a analizar los grabados. - Algún día voy a descifrar este alfabeto. Lo prometo - miró a Susan. - Me fascinan las civilizaciones antiguas. Algún día voy a ser arqueóloga y antropóloga. Y voy a viajar por todo el mundo.
- Te creo - respondió ella con seriedad. - Veo cómo te brillan los ojos cuando hablas de esto. Es tu sueño. Ojalá hubiera sido así de determinada en mi juventud. Aunque... - estaba recordando algo, pero antes de que pudiera decir qué, un hombre de seguridad vino a hablarles.
- Señoritas, en cinco minutos cierra el museo - dijo en español, dedicándole una especial sonrisa a Isolda.
- Oh, ya nos vamos. Gracias - le contestó Isolda. Luego le tradujo a Susan: - El museo cierra en cinco minutos. Deberíamos volver al hotel.

~

 Al día siguiente, todo el hotel parecía estar revolucionado con la conferencia, ya que no sólo venían magos locales, si no también magos de otras localidades de España, y también de Portugal y Marruecos, como le señaló un botones a Isolda, que además de escuchar pretendían pasar unos días libres en la ciudad. Esto la alarmó. 'Yo no sé ni portugués ni árabe', se dijo. Luego pensó que era una idiota, ya que si venían a la conferencia era porque obviamente entendían español, y no tendría que traducirles a su idioma natal. 'Son los nervios'. Cuando llegó la hora, el mismo muchacho que le había indicado lo de los magos extranjeros (extranjeros para él) le indicó su lugar en el estrado, en una punta del escenario, ligeramente más baja que el centro, para que la presencia de la conferenciante resaltase más.
 Clarisa Fontán fue la que abrió el evento.
- Buenas tardes a todos - dijo, con su agradable sonrisa. Sus lentes combinaban pulcramente con su vestido, de un rojo oscuro bastante sobrio. Hizo una brevísima introducción al tema, y luego terminó diciendo: - Así que, los dejo con la verdadera experta en el tema: ¡la señora Susan Hitchens!
 El público aplaudió de manera cortés pero entusiasta, y Susan salió de un costado del escenario, sonriente y saludando a todos. Llevaba un vestido negro con detalles amarillos, y se había ondulado la cabellera pelirroja para la ocasión.
- Buenas tardes - comenzó, en inglés. - Mi nombre es Susan Hitchens, y trabajo en el Ministerio de la Magia de Gran Bretaña, en el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas. Como sabrán, vengo a hablarles de...
 Y comenzó el trabajo de Isolda. Hizo una sacudida de varita, y a medida que Susan iba hablando, iban saliendo las palabras de ella traducidas al español, en forma de una especie de humito con algo de consistencia. Luego, se desvanecían. Era algo que requería muchísima concentración, por lo que Isolda apenas tuvo oportunidad de fijarse en otra cosa, como por ejemplo que Carter no estaba donde debería estar, cerca de ellas, vigilándolas.
 Cuando Susan terminó con la presentación, Isolda vio que la gente había tenido una reacción favorable, y se alegró. Le parecía una investigación muy interesante, y no le hubiera gustado que cayera en saco roto. Finalmente, volvió Clarisa al estrado a comunicarles que podían dirigirse al comedor al banquete, lo que generó que todos se aplaudiesen de pie y comenzaran a levantarse.
 Luego, Clarisa las llamó a ella y a Susan para felicitarlas, y las llevó a la mesa principal, donde había servida una espectacular paella de dimensiones extraordinarias. Había sentadas ya tres personas.
 - Éste es Esteban Villalar, jefe del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas en España. - el señor Villalar hizo una amable reverencia, aunque su expresión seguía siendo bastante seria. - Ésta es Marga Zaldumbide, Subsecretaria del Ministro.
- ¡Felicitaciones! - dijo alegremente doña Zaldumbide, en su castellano con marcado acento vasco.
- Y éste - continuó Clarisa - es Ricardo Suárez-Alcocer - Susan e Isolda ahogaron una exclamación -, Ministro de la Magia de España.
 Tanto Susan como Isolda conocían al ministro de nombre, pero no sabían cómo lucía, y no se imaginaban para nada que pudiera estar en la conferencia. 'Bueno', pensó Isolda, 'por lo menos Clarisa tuvo la consideración de no decirnos que estaba presente, porque si no no hubiera podido traducir nada'.
 Suárez-Alcocer las saludó amablemente, y comenzó a elogiar la presentación de Susan, y a comentar que aprobaba el plan y que era probable que se llevara a cabo. Al final, elogió también la capacidad de Isolda de traducir, haciendo que esta se sonrojara un poco.
- ¿Dónde está Carter? - preguntó Clarisa de repente. - Se suponía que cenaría aquí también.
- No lo sé - respondió Susan. Ahora que lo pienso, no lo vi en la presentación.
- Quizás está en su habitación - aventuró Isolda. - A lo mejor se sentía mal - siguió, apenas pudiendo contener las esperanzas que tenía de que eso pasara.
- Después paso a fijarme - dijo Susan, con preocupación.

~

- ¿Este es el lugar?
- Sí, Pete - le respondió Arcturus con voz cansina. - Supongo que nos vamos a dar cuenta a medida que nos acerquemos.
 Volvió a buscar el hacha. La apoyó en la cubierta y la tocó con la varita, pero no sucedió nada. Intentó de vuelta tocándola tres veces, pero tampoco ocurrió nada. Lleno de paciencia, se agachó y la examinó bien. Pasó la mano por el mango, y cuando llegó a la parte de las inscripciones, estas emitieron un débil destello, para luego apagarse silenciosamente. La tomó con ambas manos, a pesar de que no era tan pesada como parecía, y le susurró:
- Oriéntame.
 El hacha, obediente, indicó una dirección, algo al norte de la posición actual del barco.
- Excelente. Pete, vamos hacia allá.

sábado, 5 de enero de 2013

Capítulo 9 - La historia de los minotauros

 Geneviève miraba por un ojo de buey desde su cama. El barco de los minotauros atravesaba la tormenta sin grandes dificultades, ya que, aunque no lo aparentaba, era muy resistente, pero la aburría tener que estar dentro de su camarote. Se levantó, se vistió y salió, cerrando la puerta con suavidad. Drea y Dia seguían durmiendo como lirones, y ya eran las 10:30 de la mañana. Empezó a recorrer el interior del barco sin un rumbo fijo, y llegó a las bodegas. Se dio vuelta para volver, pero no encontró el pasillo de los camarotes. Resolvió buscarlo de vuelta desde la bodega, pero ahora también perdió la bodega. Dio tantas vueltas que al final llegó a una sala de tamaño considerable, cuyas paredes estaban llenas de grabados.
 Eran grabados que parecían contar una historia, como los de la proa. Era una larga travesía, que iniciaba en una ciudad laberíntica. Se acercó, y de repente...
- ¡Geneviève! - llamó una voz conocida. Era Caidin.
- ¿Qué es este lugar? - preguntó bruscamente. La había sobresaltado, y le preguntó la primera duda que daba vueltas por su cabeza.
- No lo sé, yo buscaba el baño - bostezó, indiferente a la falta de saludo por parte de su amiga. - Me acabo de levantar, y esto es un maldito laberinto.
- ¡Claro, un laberinto! - dijo ella, comprendiendo. Los minotauros construían todo laberínticamente, ya que así despistaban a cualquiera que se entrometiera en sus dominios. Debía haber sabido por qué se había perdido con tanta facilidad. - Ahora hay que descifrar estos grabados, vamos.
 A Geneviève le encantaban esas cosas. Era la mejor alumna de la clase de Historia Mágica Universal, impartida por Tarquinia Depassier, una bruja anciana de memoria extraordinaria, que podía hablar durante horas durante cualquier tema sobre el que se la interrogara. La profesora Depassier tenía 122 años.
 Caidin no sentía ni la mitad del entusiasmo de Geneviéve, pero aún así se puso a mirar los grabados con ella.
 - Mira, en este empieza. Es una mujer embarazada. En la siguiente, se la ve con un minotauro en los brazos.
- ¿Qué están haciendo en este lugar? - cortó una irritada voz. Era Glaucus, el minotauro anciano. 
- Estábamos mirando los grabados - dijo Geneviéve, sin darse vuelta. - Son muy interesantes.
- ¿Y por qué a un humano le interesan nuestros grabados?
- Me interesan las historias en general - le respondió la chica, dándose vuelta y pasando por alto el tono grosero que su interlocutor había empleado. - Y te agradecería que no nos trates como escoria. Soy una humana, sí, pero yo no le hice nada a tu raza.
 Tanto Caidin como Glaucus la miraron perplejo. El primero, porque creía conocerla desde que tenía siete años, y nunca se esperó una reacción así de ella: siempre la vio como una chica tímida, inocente y callada. El segundo, porque nunca nadie, ni humano ni minotauro, le había hablado así, y además porque, a pesar de todo, y aunque los humanos le parecieran todos iguales, la chica tenía razón: personalmente, no le había hecho nada a los de su especie.
 Geneviéve no había levantado el tono, ni había perdido su expresión dulce, pero había algo en su voz que denotaba firmeza.
 - Esta es Pasífae - explicó Glaucus, en un tono mucho menos despectivo. Era demasiado orgulloso para pedir disculpas, pero no tanto como para no reconocer que se había equivocado. - Pasífae era una reina.
- ¿La esposa del rey de Creta?
- No. Esa es la historia contada por los humanos. Los minotauros sabemos la verdadera. Pasífae era la reina de las ménades, en Creta - a medida que hablaba, iba mostrándoles los murales, que representaban cada escena que relataba. - Las ménades eran como las amazonas, ya que eran un pueblo sólo de mujeres, pero a diferencia de ellas, no les interesaba guerrear. Un humano dirían que estaban locas y que eran salvajes, pero no es verdad: las diferenciaba de los otros pueblos que vivían en contacto con la naturaleza. De las ménades y los hijos de Poseidón nacieron los minotauros. Sin embargo, llegó un miceno, que adoptó el título de minos y tomó por esposa a Pasífae. Los minotauros se rebelaron, pero los continentales llamaron refuerzos, y hubo un éxodo, dirigido por la reina, quien antes de irse asesinó a su marido. Se establecieron en la isla de Folégandros, donde Pasífae reinó hasta su muerte. Luego la sucedió su hijo, Thelenus, el primer minotauro.
  » Los minotauros vivieron siglos en Folégandros, sin grandes altercados con las islas vecinas. Hasta que un día llegó Amaltea, la sibila de Cumas. Amaltea pidió asilo en la corte del rey, y el rey le ofreció quedarse en unas habitaciones humildes, algo alejadas. Ella se creía digna de lujos, y muy ofendida, robó una copa de oro. Se decía que la copa tenía grandes poderes mágicos, pero nunca nadie había podido comprobarlo. Pronto se dieron cuenta del robo, y aunque no tenían pruebas, echaron a Amaltea de la isla. Esta, furiosa, maldijo a los minotauros: no volvería jamás a nacer un minotauro hembra. En un principio, los minotauros no se dieron cuenta, pero diez años más tarde todos los minotauros que habían nacido eran macho. Así que el rey viajó a Delfos junto a su hijo y su comitiva, para que el Oráculo les diera una solución.
 » El Oráculo dijo que encontrarían la solución yendo al oeste. No dijo quién, ni cuándo, ni al oeste de dónde. Así se expresaban los oráculos. En el viaje de vuelta a Folégandros, el rey fue asesinado, y cuando su hijo, Thelespius, llegó a su patria, todas las esposas, hijas, y nietas de los minotauros habían fallecido debido a una plaga que les mandó la sibila de Cumas. Thelespius tomó a todos los habitantes que quedaban, los subió a sus naves, y se dirigieron al oeste, como había recomendado el oráculo. Llegaron a Argos, donde mucha de la población estaba ausente, ya que estaban en guerra. Sin embargo, estaba la hija mayor del rey, Ismene, quien se enamoró de Thelespius. Él y ella planearon huir juntos, pero antes, a Thelespius se le ocurrió que sus hombres también se casaran con humanas.
 » Ismene logró convencer a sus hermanas y doncellas de acompañarla y tomar por esposos a los minotauros, pero una de ellas, Liríope, ansiaba con casarse con el hermano de Ismene y reinar en Argos, por eso mandó a avisar al rey. Sin embargo, no lo supieron hasta que, a mitad del camino a Delfos, casi fueron emboscados por un ejército argólida, comandado por el mismo hermano de Ismene con el que Liríope quería contraer nupcias. Sin embargo, los argólidas fueron a su vez emboscados por los corintios, y los minotauros pudieron seguir su camino, no sin antes pagarle un tributo a Corinto.
 » En Delfos, el oráculo le digo a Thelespius que, para poder salvar la raza, debían atravesar las Columnas de Heracles, y de ahí, dirigirse al norte. En la travesía, volvieron a perseguirlos los argólidas, tuvieron problemas cerca de Libia, en el reino de Numidia, y casi no pudieron atravesar el estrecho. Pasadas las Columnas, se enfrentaron a otro tipo de amenazas, como el crudo invierno, o un calamar gigante. Pero finalmente, llegaron a la isla, a la que ustedes llaman Isla de Sykes. Y allí se establecieron en paz. Por lo menos hasta que llegó aquella bruja.
- Jocunda Sykes - dijo Geneviéve. Siempre había sentido una gran admiración por ella, y recordaba haber interrogado mucho a Drea, ya que esta era su tataranieta. A Drea le gustaban especialmente esas conversaciones, ya que ella también aspiraba a ser como ella algún día.
- Sí - le dijo el anciano minotauro. Parecía más cansado que antes. - Yo vi cuando llegó. Fui uno de los que aturdieron ella y su grupo. Quizás fue por eso que nunca me gustaron los humanos - la miró. - Lo siento, muchacha, no debí tratarte mal. Y tampoco a...
 Se dio vuelta para disculparse con Caidin, que estaba a unos metros de distancia, sospechosamente cerca de un jarrón bastante grande y mirando el techo con inocencia.
- Oh, no pasa nada - dijo, en su tono más agradable.
- Gracias por habernos contado la historia - le dijo Geneviève a Glaucus, con su serena sonrisa. - Fue muy interesante.
- Siempre es interesante aprender del pasado - dijo Glaucus, casi esbozando una sonrisa. - Ahora vengan, los voy a acompañar al comedor.

~

 Mientras se dirigían al comedor, los chicos, algo rezagados, discutían.
- ¿Por qué tuviste que ser tan ordinario? - dijo en un susurro furioso Geneviève.
- ¡Ya te pedí perdón! Pero no quería interrumpir la historia del viejo, era interesante - dijo Caidin, algo avergonzado.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Capítulo 8 - Isolda

 El hombre analizaba el hacha cuidadosamente.
- ¿Te costó mucho conseguirla?
- No - dijo con acento perezoso. - No había nadie resguardándola. Me aseguré de que así fuera.
- ¿Pero estás seguro de que es la verdadera?
- Por supuesto. Observa - tomó el hacha y le mostró unas inscripciones en el mango. Estas estaban hechas con unos caracteres extraños, como un híbrido del alfabeto griego, el fenicio, y el futhark.
- ¿Qué dice?
- Que es muy buena para pelar papas.
 El otro lo miró con el ceño fruncido, y luego, con la misma expresión, volvió a analizar la inscripción.
- ¿De verdad?
 Arcturus no pudo contener una fría carcajada.
- A veces no entiendo cómo te levantas cada mañana. La inscripción es una cita de algún poema antiguo dedicado a la Diosa, pero dudo que la entiendas, así que no veo por qué traducirla. Sin embargo, es suficiente para comprobar su autenticidad.
- Oh... y ahora, ¿qué haremos?
- Tenemos que seguir con el plan. Vamos a Gibraltar.

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 Mientras tanto, en Sykes Island, Liddell jugaba tranquilo en la casa. Extrañaba a Drea, era cierto, pero ahora tenía la casa a sus anchas, ya que Letizia solía estar absorta en sus cosas como para retarlo por nimiedades como subirse a la mesa o meterse en la frutera (que siempre estaba vacía, así que no comprendía por qué no podía estar ahí, a sus anchas). A veces salía a jugar con Lonnie, la cachorrita de los vecinos, pero no le agradaba tanto porque ésta no sabía comprender cuándo terminaba el juego. Típico de los cánidos. Así que decidió explorar el sótano. 
 En el sótano había arañas, ya que los habitantes de la casa no solían ir ahí. Liddell se entretuvo cazando unas cuantas, pero luego se aburrió, y decidió ver qué más había. Subió a un escritorio, trepó varios estantes, hasta que finalmente se tiró a descansar en el alféizar del ventanuco, puesto que aparentemente no había nada que valiera la pena bajo todo aquel polvo. 
 Desde su posición, en la cual se sentía como un rey (como en todos lados) observó la habitación con expresión altanera. Aquello no era digno de un gato real. De repente, le pareció ver movimiento debajo de la estantería, así que sin hacer el mínimo ruido se irguió, se acercó sigilosamente, y empezó a acechar. Sin embargo, sólo resultó ser una araña más grande que las otras, y se metió a su escondite de vuelta. Estiró las patitas lo más que pudo e intentó acercarla, pero la muy desgraciada ya estaba lejos. Se retiró, derrotado. Pero vio que, tratando de cazar a aquella estúpida araña, había sacado algo de abajo del escritorio. Un sobre. 
 Quiso llevárselo a Letizia, pero no hubo forma. Sabía que lo apreciaría más que las arañas, pero no si no se lo podía llevar. Finalmente, decidió maullar hasta que se dignara a venir. Y no tardó mucho.
- ¡Liddell! ¿Por qué estás en el sótano? ¡Y estuviste cazando arañas! - regañó Letizia.
 El gatito negro la miró con cara de '¿Y eso importa ahora?', y maulló de vuelta, moviendo el sobre con la patita en dirección a su dueña. 
- ¿Qué es eso?
 Si hubiera podido hablar, la respuesta hubiera sido '¿Tengo cara de saber leer?'. Pero se limitó a maullar mientras Letizia leía la carta. 
- Es de... no... no puede ser... - dijo, entre abatida y sorprendida.
Liddell maulló y se frotó contra su pierna, esperando recibir su recompensa, pero ella estaba muy tensa por lo que acababa de leer, así que lo acarició distraídamente. 
- ¿Dónde estaba, gatito?
 El gatito se dirigió a la estantería y señaló el corto espacio entre el primer estante y el suelo. En eso, salió la araña grande, y Liddell, ni lento ni perezoso, la cazó de un zarpazo.
- Con razón... así nunca... gracias... creo. - le dirigió una mirada extraña antes de levantarlo y llevarlo arriba, donde le sirvió su platito de comida. El gato comió, satisfecho, y luego se dirigió a su almohadón. Ya era hora de la siesta.

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 Entre tanto, otra gata, Hécuba, huía de su hogar. Últimamente, en la casa había muchos gritos, seguidos de la entrada de mucha gente a perseguir a la causante, y no le parecía un buen lugar donde criar a sus gatitos. Además, extrañaba muchísimo a su dueña. La señora Megara Iskalitaki no era mala, ni tampoco su marido, Milcíades, pero Éride era algo inestable, y no le gustaba tenerla cerca ni un poquito. Tenía la horrible sensación de que cada vez que la levantaba podía arrojarla con fuerza contra la pared, cosa que por suerte aún no había hecho. Así que, como pudo, atravesó la reja (ya que no podía saltarla, pues el peso de su vientre no se lo permitía) y salió de la mansión. Bajó por la colina sigilosamente, alerta de cualquier peligro que la pudiera acechar. Ignoraba que en ese lugar no había depredadores, pero aún así nunca estaba demás ser precavida. Por suerte, sólo se cruzó con una liebre gorda en el camino, que huyó al verla, y finalmente llegó al pueblo. Caminó unos pasos en dirección al leve olor a comida que sentía, hasta que una muchacha la encontró.
- ¡Hola, gatito! - dijo ella, acercándose a acariciarla. Hécuba se dejó mimar. No solía dejarse tocar tan fácilmente por extraños, pero algo en aquella chica la hacía acordar a su dueña. - A ver... - dijo la chica, observando la medallita que colgaba de su collar. - Hécuba. Ese es tu nombre, ¿verdad? - Hécuba maulló. - Excelente. Voy a llevarte a casa y alimentarte, y luego volverás con tus dueños - dijo la adolescente sonriente. Hécuba maulló de vuelta. No quería volver. Sin embargo, se dejó llevar.
 Entraron a una tienda.
- Hola, Helena - saludó la dueña.
- Mamá, encontré una gata siamesa - le informó Helena a su madre. Tenía el pelo largo y ondulado, sujeto por una especie de rodete, así como ojos verde azulado, y una nariz perfecta.
- ¿Una gata siamesa? Qué raro, la única que conozco es... - se detuvo a mirar a la gata, que le devolvió la mirada. - ¿Cómo se llama?
- Su medallita dice Hécuba.
- Entonces es la gata de Hebe.
- ¿La muchacha que ayudaron a escapar el otro día?
- Exactamente. Mira, aún no tuvo a sus gatitos. Hay que darle de comer. Yo me encargo.
- No la vamos a llevar con sus dueños, ¿no? - preguntó Helena asustada. Había oído que la madre de la chica Hebe era una chiflada, y no quería que le hicieran daño a la pobre gata ni a sus bebés. Por otro lado, tenía la sensación de que le estaba 'robando' la gata a Hebe, ¿pero qué elección tenía?
- No, claro que no. Prepara dos cajas de arena, una arriba y otra abajo, y una cama. Hécuba se queda con nosotros.
 La gata al principio se sintió algo extraña. Desde que nació había vivido en la Mansión Iskalitaki, y había sido dueña y señora tanto de la casa como de sus amplios terrenos, y todos, tanto miembros de la familia como criados, le rendían pleitesía. Y ahora estaba en una casa mediana, no podía ir a la parte del frente porque estaba el negocio y podía ser reconocida y mucho menos ir por los tejados. Pero Helena y Jocaste la trataron muy bien, y al cabo de unos días ya estaba en su casa.
 Una tarde, no la encontró por ninguna parte. Dio vuelta la casa, para hallarla finalmente en un armario de la cocina. Pero no estaba sola...
- ¡Mamá! ¡Hécuba tuvo a sus gatitos!
 Hécuba estaba recostada en el armario, llena de paz. Eran cuatro machos, de distintos colores, todos muy lindos y muy chiquitos. De momento, lo único que hacían era lloriquear e intentar dirigirse a ciegas a alimentarse de su madre. Helena se dio cuenta que había otro gatito algo apartado, y lo acercó a sus hermanitos. Era la única hembra. Luego, le acarició la cabeza a Hécuba, que ronroneaba, feliz, mientras sus hijitos mamaban de ella. Había vivido lujos en su antigua casa, pero nada se comparaba con esto.

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 En algún lugar de Londres, Isolda Wright se preparaba para ir al trabajo. Con su carré francés, su pelo castaño, sus ojos oscuros y su tez clara, era probablemente una de las mujeres más hermosas del sur de Inglaterra. Tenía 19 años, y tenía un empleo temporal en el Ministerio de la Magia, en la Oficina de Registro de Magos y Brujas del Reino Unido. A pesar de que soñaba con ser una arqueóloga mágica y viajar a lugares como Perú, Egipto y China, había decidido comenzar a trabajar ahí para ver si averiguaba algo sobre su origen.
 Isolda se había criado en un orfanato. Fue adoptada a los nueve años, y aunque quería mucho a sus padres y hermana adoptivos, sentía mucha curiosidad por su madre verdadera. Recordaba haberle preguntado a muchas de las que trabajaban en el orfanato, incluso las más ancianas, pero ninguna pudo responderle porque o no trabajaban ahí en ese momento o no estaban el día que ella llegó. Hasta que un día, una de las que trabajaban em la limpieza recordó que en una habitación del fondo habitaba la antigua directora, pero que su memoria estaba fallando, ya que contaba con 89 años. La niña corrió al lugar donde se hospedaba la anciana, y comenzó:
- Mmm... señora... - estaba a punto de darse vuelta y echar a correr, pero la vieja le respondió:
- Nena... ¿quieres saber de dónde vienes?
 Isolda se preguntó cómo demonios lo sabía.
- Pues sí.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Isolda Wright.
 La vieja hizo un gestito de sorpresa.
- ¡Oh, me acuerdo perfectamente! - dijo ella. - Sí, sí. Era una tarde neblinosa de octubre. Tu madre era una joven hermosa, parecida a ti. Ella no te quería dejar, pero su madre la obligó. Dijo que si no iba a matarte con sus propias manos, así que saqué mi varita, pero no pasó nada. Cuando la arrastraba lejos, nos gritó que tu nombre era Isolda Wright, y que tu cumpleaños era el 21 de septiembre, pero nada más. No supimos su nombre - la anciana frunció el ceño. - Tu abuela era una vieja amargada, parecía de las típicas ricachonas que temen que la sociedad levante sus faldas con el murmullo de que su hija fue una madre joven. Acércate - ordenó de repente, y la niña obedeció. - Lamento no poder ayudarte, niña, pero espero que puedas encontrar a tu mamá. Y si ves a tu abuela... dale una buena patada de mi parte.
- M-muchas gracias, señora.
- Ahora vete. Ya es la hora de comer, y seguro te dan una reprimenda si llegas tarde. No hay nada que agradecer.
 Isolda se dirigió al comedor. '¿Mala memoria?', pensó. 'La anciana me contó todo con lujo de detalles'. Luego se le ocurrió que quizás ella no tenía idea de quién era y que había inventado toda esa historia para no hacerla sentir mal y que tuviera alguna esperanza. Es más, parecía que así era, ya que le había preguntado si quería saber su origen, como si tuviera todo preparado. No obstante, tenía la sensación de que la anciana señora no mentía.
 Unos meses más tarde, fue adoptada por los Telden, aunque le permitieron conservar su apellido. Fue toda una sorpresa para ellos ver que a los once años recibía su carta para ir a Hogwarts, pero nada cambió en su relación. El Sombrero Seleccionador la puso en Slytherin, lo que llamó su atención, ya que se decía que sólo entraban en esa casa los magos de sangre pura. Esto avivó su interés por encontrar a su madre, pero no tenía forma de saber si, por ejemplo, alguno de los premios le pertenecía a ella, o era una de las fotos de los equipos de Quidditch, o siquiera si había ido a Hogwarts, porque bien podía haber sido una extranjera.
 Tres años más tarde, Zara, su hermana, otra niña que adoptaron los Telden, también recibió su lechuza, y, aunque le hubiera gustado que fuera a Slytherin con ella, le tocó Ravenclaw, lo que la enorgulleció. Siempre había sido muy inteligente.
 Todo esto daba vueltas vagamente por la mente de Isolda en el momento en que llegó al Ministerio.
- Buenos días, Wright - la saludó Mafalda Hopkirk al pasar.
- Hola, Mafalda.
- ¡Cuidado! - un joven mago que venía con una enorme caja tropezó con Isolda y casi la deja caer encima de su interlocutora. Ella, sin embargo, sacó su varita y la sacudió, y la caja permaneció en el aire.
- Quizás deberías intentar un encantamiento de levitación - le dijo con frialdad. Dejó caer la caja con suavidad en el suelo y se fue muy ofendida, mientras Isolda se mordía los labios para contener la risa.
 El chico suspiró.
- Odio ser tan torpe.
 Isolda le puso una mano en el hombro, aún entre risitas.
- No te preocupes, le pasa a todo el mundo. ¿Qué tenemos hoy?
- Fwoopers. Media docena. No estaban en malas condiciones, pero el dueño no tenía licencia ni les realizó el encantamiento insonorizador, y lo encontramos bailando canciones de Celestina Warbeck con una pollera y un abrigo de piel como única vestimenta.
 Ella rió, a pesar de que lo que había dicho no tenía nada de gracioso. Los fwoopers eran conocidos por su canto, que terminaba en volver loco al que lo oía, y el hecho de que no hayan tenido el encantamiento insonorizador resultaba peligroso para la gente que vivía cerca del dueño.
- Benjamin... - comenzó Isolda.
- ¡COTTON! - llamó una enojada mujer. Era Lorna Clawthorne, la directora del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, la jefa de Benjamin. El aludido se sobresaltó, y entre torpes disculpas, hizo levitar la caja y fue en dirección a Madam Clawthorne, que lo retaba airadamente, y se dirigieron a los ascensores.
 Isolda miró al chico irse con cierta decepción, pero antes de que pudiera empezar a lamentarse, éste se dio vuelta y le gritó:
- ¡El ministro te estuvo buscando!
 Ella se quedó dura. Conocía al ministro, como cualquiera que trabajase ahí, pero nunca había tenido ningún trato con él. Luego reaccionó, y se dirigió a la oficina. No quería que pensaran que no había ido al trabajo. Ya tendría tiempo para hablar con quien fuera necesario.
 Cuando abrió, se encontró a su jefe, Lloyd Munch, charlando con el mismísimo Kingsley Shacklebolt, el ministro de la Magia. Eran dos figuras sumamente contrastantes: Munch era un anciano de aspecto frágil y tembloroso, mientras que Shacklebolt era alto, imponente y musculoso, de piel oscura y voz tranquilizadora. Hacía doce años que asumió, y desde entonces no había dejado de trabajar para que la sociedad mágica fuera más justa.
- Wright, el ministro requiere tener una conferencia con usted - normalmente, el viejo Munch no era tan pomposo, pero la presencia del ministro parecía quitar de él todo indicio de informalidad.
 Shacklebolt puso los ojos en blanco.
- Si no es molestia...
- No, para nada - dijo Isolda, y lo siguió fuera de la oficina.
- Necesitamos un intérprete para un viaje - dijo él sin rodeos - y sabemos de tu dominio del francés, el español y el coreano, aparte del inglés. ¿Te interesa?
 Isolda se sorprendió bastante. No era ningún secreto que le encantaba aprender idiomas desde pequeña (era la mejor en las clases de francés del orfanato, que les impartían desde los tres años, y hacía un mes había empezado clases de italiano) y que no le costaban para nada, pero le llamaba la atención que la llamaran a ella. Después de todo, seguramente habría otros magos en puestos más relevantes que supieran hablar otros idiomas, por más que se dijera que los británicos no eran buenos políglotas. Ella era prácticamente una empleada de archivo.
- Sé que no es común - dijo Shacklebolt, como si leyera sus pensamientos - pero realmente necesitamos a alguien. Todos tus gastos los cubre el Ministerio. Además ¿no sería una buena manera de escapar de Munch sin renunciar? - y le guiñó el ojo.
- Sí pero... ¿por qué yo? - dijo Isolda, mirándolo a los ojos.
 Él la miró.
- A veces, no hay que cuestionar las oportunidades, sólo aceptarlas. Vamos, que Susan Hitchens es sólo dura con los que incumplen la ley. Además, va a acompañarlas Carter, para protegerlas.
- ¿Carter para protegernos? Podríamos correr peligro de verdad - dijo Isolda, irónica. Robert Carter era un mago que por alguna razón había llegado a ser Auror. Muchos solían decir por lo bajo que era un incompetente, y sólo lo habían tomado porque su tío fue Auror en otra época. De ésto Isolda no tenía idea, pero no le caía nada bien porque siempre que se lo cruzaba le dirigía miradas lascivas, que en ocasiones la asustaban.
- No presiones - le dijo Shacklebolt, aunque con un dejo de sonrisa en los labios. - ¿Entonces, vas a ir?
 Ella lo pensó.
- Sí.
- Excelente. Salen el lunes - dijo el ministro con una sonrisa, y dándole una palmadita en el hombro, se dio vuelta e inició su marcha.
 Isolda empezó a pensar en su suerte, y en lo extraño que era que el ministro en persona la haya reclutado para ese viaje, hasta que cayó en la cuenta de que no tenía idea cuál era su destino. Corrió unos metros y lo alcanzó, justo mientras se introducía en el ascensor.
- ¿A qué lugar voy a ir?
- A Algeciras - contestó Kingsley Shacklebolt con su voz profunda, y las puertas se cerraron.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Capítulo 7 - Zarpar

 El barco surcaba tranquilamente las aguas del Mediterráneo. Ya atardecía, y el mar se veía precioso con los últimos rayos de sol del día reflejándose en sus olas. Se respiraba paz en el ambiente, a pesar de las dificultades iniciales. Todo parecía perfecto, total y absolutamente perfecto.
- ¡Vamos a llegar en más o menos dos horas!
 La aludida dejó de observar el mar por un momento, y se volvió a su interlocutor.
- ¿Qué puedo hacer para ayudar?
 Él la miró sonriente.
- Ya te dije que no hace falta que hagas nada. Te invitamos, ¿sí?
- ¡Pero no es justo! Siento que no me gané el lugar, y que soy algo así como una carga. Por favor.
- Pero...
- ¡Ya sé! Puedo cocinar. Por favor, quiero cocinar.
- Está bien. Pero quiero que sepas que no...
- ¡Gracias! - dijo ella, y se fue corriendo a la cocina.
 Allí había un viejo barbudo, revisando una bolsa que parecía contener papas.
- ¡Hola! - saludó Hebe alegremente, provocando que el hombre se sobresaltara y emitiera un gruñido.
- Ah, hola - respondió sin mucho entusiasmo. - ¿Qué pasa?
- Hermes me dijo que podía ayudar en la cocina. ¿Qué vamos a hacer de cenar?
 El viejo levantó una ceja. Su nombre era Karl Krawe, y era marino desde sus 18 años. Pero a los 47 sufrió un accidente que le impidió seguir con sus tareas habituales. Sin embargo, como no tenía ni casa ni familia en tierra firme, logró que lo emplearan en ese barco, el Alas del Egeo, como cocinero, puesto que ocupaba desde hacía 14 veranos. 'Peor es nada', solía pensar para consolarse. Era un solitario y un gruñón.
- Los pollos ya están en el horno. Si vas a ayudar con algo, va a ser el puré.
- ¡De acuerdo! - dijo Hebe optimista, aparentemente indiferente al mal humor de Karl.
 Él intentó levantar la bolsa de papas, pero le resultó muy pesada. Antes de que Hebe pudiera ayudarlo, sacó la varita e hizo levitar a las papas sobre el tacho de basura.
- ¡A un lado! - le gritó a la muchacha. Ella se corrió, obediente.
 Con otra sacudida de varita, Karl hizo que los cuchillos salieran del cajón que estaba tras Hebe, y las papas empezaron a cortarse.
- Prepara una olla grande... ¡rápido, muchacha!
 Hebe la sacó, y mediante magia la llenó hasta la mitad con agua. El cocinero hizo que las papas volasen hacia la olla, y luego, hizo levitar la olla hacia el fuego. Tomó algo de su bolsillo y se lo tiró a las llamas, que adquirieron un color celeste.
- Polvo para crear fuego de Arkesi. Imagino que sabrás para qué.
 Ella asintió. Quince segundos más tarde, el anciano miró las papas y comprobó que ya habían hervido. Pero antes de empezar a pisarlas, Hebe lo interrumpió.
- Eh... - comenzó dubitativamente. Karl la miró con expresión amenazante. Pero aún así, ella no se dejó amedrentar - ¿No sería mejor agregarle leche? Así tiene una consistencia más suave.
 Él se quedó mirándola por un momento. Luego asintió, y le extendió la mano, como para que le pasase la jarra en la mesada. Ella lo hizo, y agregó:
- También podríamos agregarle orégano.
- El orégano se terminó ayer. Podrías ir a comprar cuando bajemos.
- De acuerdo.
- Ahora, la sal. Ni mucha ni poca. - aunque no lo demostró, a Karl empezaba a caerle bien aquella muchacha. - Eso es. Bueno, está listo para servir. No te preocupes, yo me encargo.
- Está bien. Gracias por dejarme ayudar - dijo Hebe con una sonrisa, y volvió a la cubierta.

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 Hermes estaba ahí, mirando a través de sus binoculares. Oyó llegar a Hebe, y le comentó:
- Creo que hay algún disturbio.
- ¿Puedo ver? - preguntó ella tendiendo una mano. Hermes le dio los binoculares, y miró.
 Desde ahí, podía verse el puerto de aquella ciudad. Como ya había anochecido, no había demasiada actividad, pero sin embargo, se podían ver a algunos ciudadanos siendo interrogados.
- Parece que están buscando a alguien... - de repente, se dio vuelta y preguntó angustiada: - ¿Y si me están buscando a mí?
- Entonces, no podemos aprovisionarnos ahí.
- ¿Y cómo saberlo?
 Hermes se quedó pensativo. De repente, llamó:
- ¡SELIM!
 Un hombre de tez oscura y ojos inteligentes vino, a toda velocidad. Tenía un pequeño lunar en la nariz, que era levemente curva.
- Necesito que te fijes a quién están buscando en aquél puerto.
- Sí, capitán.
 Dicho esto, Selim se transformó en un ave, una pardela mediterránea, para ser más precisos, y voló hacia el puerto. Hebe observó que en su forma de ave seguía teniendo el lunar, en el pico.
- No te preocupes. Si te están buscando, vamos a otro puerto más chico, donde probablemente no se haya corrido la noticia, nos aprovisionamos y después salimos del país. En caso de que tengas que bajarte, ¿pensaste un destino en particular?
- No. Hermes, estoy asustada.
- No vamos a permitir que te pase nada.
 Hebe contempló nerviosa la ciudad, cuyas luces comenzaban a encenderse. Unos minutos más tarde, Selim volvió. Traía un papel enrollado en el pico. Se lo dio al capitán antes de volver a su forma humana.
- En efecto, están buscando a la muchacha. Pero no es la policía, parecen ser de una organización privada, y al parecer no quieren hacerlo público.
- Están fallando estrepitosamente. Entonces, no, no atracaremos en este puerto. Vamos al oeste.
- Sí, capitán.
 En eso, se oyó la voz de Karl llamándolos a comer, así que se dirigieron al comedor. Allí, el capitán expuso la situación, y todos se mostraron de acuerdo en que debían proteger a Hebe de volver con su madre.

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 Doce horas antes, en Daerskai, otro barco, de tamaño similar a aquel en el que viajaba Hebe, pero de forma muy distinta, se preparaba para zarpar.
- ¡Vamos! - dijo el gruñón Glaucus, dirigiéndose a Caidin. - ¿Dónde está la otra chica?
- Acá estoy - respondió Drea.
- Bueno, entonces zarpemos ya - dijo el malhumorado minotauro.
 No era el único minotauro que iba a bordo. Había otros, jóvenes y fuertes, y de aspecto mucho más amigable que el amargado anciano, que al parecer conformaban la tripulación de la nave. Ésta era de madera, pero tenía un aspecto muy resistente, y cuernos en la proa. En la popa, había intricados tallados de lo que aparentemente era la historia de un viaje muy largo.
- Bienvenidos a bordo - dijo el viejo, seco.
 Los marineros soltaron las amarras e izaron las velas, y el barco salió del pequeño puerto natural en el que estaba atracado.
 Los chicos notaron que, además de sacarlo del muellecito, los minotauros no habían hecho ninguna otra maniobra y el barco iba hacia donde el viento lo llevase (en este caso, al sur). Luego de debatirlo un rato con sus compañeros de viaje, Drea le preguntó a uno de los marinos que estaban en cubierta. Antes de que pudiera responder, sin embargo, se oyó una voz seca detrás de ellos.
- Todavía no hace falta que nadie haga maniobras. Estamos yendo en la dirección correcta.
- ¿Y a dónde estamos yendo? - preguntó Caidin, pero se arrepintió en cuanto vio cómo lo miraba Glaucus.
- Hacia donde debemos ir - contestó enigmáticamente, y se fue.
 Nadie dijo nada, pero las dudas que tenían se incrementaron aún más. Ir en barco sin saber a dónde era una cosa, pero ir en barco sin saber a dónde y sin que nadie lo navegue era otra absolutamente distinta. Drea, sin embargo, estaba tranquila en el fondo: algo le decía que el viejo tenía razón, y ése era el lugar al que debía ir. Se levantó y se dirigió al borde de la cubiera, mirando aquel lugar donde el cielo y el mar parecían juntarse. Al cabo de un rato, avistó unas nubes, que parecían de tormenta.
 Su mente volvió a cuando tenía siete años. En ese momento era una niña muy tímida y callada, más aún que ahora, y le tenía terror a las tormentas. Su madre la había llevado a un picnic a la playa, y ya habían terminado de comer. Drea había ido a buscar caracoles, pero no tardó en regresar cuando vio que el cielo se oscurecía.
- Mamá, vámonos a casa rápido - dijo agarrándola del brazo y mirando el cielo con aprensión.
- ¿Qué pasa? - preguntó Letizia, distraída por estar mirando las gaviotas, que echaron a volar.
- Va a haber tormenta. Vayámonos, por favor - La niña estaba al borde de las lágrimas.
- ¿La tormenta? ¡La tormenta no puede hacernos daño! Puede ser divertida, incluso.
- ¿Divertida? - preguntó, exactamente cuando empezó a llover.
 Su madre la tomó de abajo de los brazos y empezó a dar vueltas, como una especie de ronda de a dos. Drea no podía parar de reír.
- ¡Esto es mucho más divertido bajo la llu...!
 Pero Letizia no pudo terminar la frase porque se tropezó con una piedra y ambas rodaron por la arena, riendo.
- ¿Lo ves? No hay nada que temer.
- Pero... ¿y los truenos, rayos, y relámpagos? Parece como si alguien estuviera enojado.
- No, son sólo voces graves. Y están cantando, y los relámpagos bailan. Escucha...
 Madre e hija se quedaron sentadas en la arena, observando el espectáculo que les daba la tormenta. Y Drea nunca más se asustó de un trueno, ni de una tormenta.

¨

 Skander, mientras tanto, observaba la tormenta inquieto, apoyado en la baranda de la proa. Siempre aparentaba calma en ese tipo de situaciones, pero por dentro revisaba todo mentalmente para que no hubiera ningún motivo de preocupación. Le gustaban las tormentas, pero no sabía si aquel barco sería capaz de resistirla, aunque no pareciera excesivamente fuerte.
 Suspiró. Recordó cuando las cosas le preocupaban menos, cuando era un pequeño niñito. Por un momento, volvía a estar en su primer día de clases: la mañana había estado nublada, y su madre lo acompañó hasta la puerta. Quería que su padre también estuviera presente, pero tenía trabajo. Sin embargo, él le prometió que iría a buscarlo. Mientras la mayoría de los padres se quedaban la primera hora en el aula con sus retoños para que no se asustaran, Risea lo despidió y se marchó. No era una mala mujer, pero le costaba ser cariñosa, incluso con sus hijos. Skander nunca se lo reclamó, pero por dentro siempre había querido que alguna vez le diera un abrazo o le dijera que lo quería. Tarbec, sin embargo, era todo lo contrario, y siempre intentaba animarlos y que estuvieran alegres, ya que sabía que no era de los puntos fuertes de su esposa. Recordaba que aquella mañana se había peleado con Leidran, qué raro, porque él también quería ir, a lo que Skander respondió que todavía no tenía la edad. Leidran era más parecido a su madre en personalidad, y Skander también hubiera deseado que fuera menos frío, aunque con él a veces sí pasaban grandes momentos de risas en ese entonces.
 Mientras entraba en el aula con su pesada mochila y mirando todo con una mezcla de timidez y miedo, la vio, con sus ojos de intenso color violeta, su cabello largo y su vestidito blanco. Ella también lo vio, y le hizo un gesto con la mano, sonriente. Skander se lo devolvió, sonrojado. En eso, llegó Letizia, que vio que estaba solo y le hizo señas para que se acercara.
- ¡Hola! - saludó ella, amable como siempre. - ¿Este es tu primer día también?
- Sí - contestó él, tímido.
- ¡También el mío! Me llamo Drea - dijo la joven Drea, tendiéndole una mano, mientras fingía formalidad.
- Yo soy Skander - dijo él, también tendiendo una mano, con una expresión falsamente adusta. Sin embargo, ni él ni ella aguantaron más y estallaron en risitas.
- ¡Drea! - llamó Dia, que recién llegaba, y se soltó del brazo de su padre para ir corriendo a buscarla
- ¡Dia! - y la abrazó. - Mira, Dia, este es Skander.
- ¡Hola, Skander!
 Y la primera hora transcurrió con todos conociéndose, y finalizó con la llegada de Caidin, que se había quedado dormido, con su padre. Caidin vio a Skander y fue a sentarse con él. En el transcurso del día, Margrétta se hizo amiga de Aidah, Nidda y Carmeline, y empezó a burlarse de la ropa de Welda porque le parecía fea (porque era color marrón claro). Ianna se peleó con ella para defenderla y fue Irissel a separarlas, por lo que las cuatro recibieron un buen reto, incluso la pobre Welda que no había hecho otra cosa que llorar. Duncan y Chester Ladner, los gemelos metamorfomagos, se pasaron el día confundiendo a Nidda y volviéndola loca. El punto cúlmine llegó cuando Julian Stelfi, su cómplice, le dijo que en realidad ninguno de los dos existía, con lo que la chica entró en una crisis de nervios, y los tres chicos también recibieron su reto. Evan, Lucas, y Aidah se rieron mucho cuando se dieron cuenta de lo que pasaba, pero Aidah se detuvo cuando Margrétta la retó.
 Al finalizar el día, a las cuatro de la tarde, los niños empezaron a ser retirados por sus padres, y se oían los relatos de las aventuras de aquel primer encuentro entre todos. Skander se quedó sentado en la escalinata de la entrada esperando a su padre, que no llegaba nunca. Al cabo de un rato, Drea se sentó con él. Su madre tampoco llegaba. En un momento, ella decidió irse por su cuenta, ya que vivía a unos 150 metros en línea recta, pero cuando tomó sus cosas se tropezó, se le cayó todo, y simultáneamente empezó a llover. Skander corrió hacia ella.
- ¿Estás bien? - le preguntó con preocupación.
- Sí, sólo que... - Drea se había lastimado la rodilla, pero no quería llorar. - Mis cosas se cayeron - se lamentó, para disimular.
 Skander la ayudó a juntar todo. Se oyó un trueno a lo lejos. .
- ¿Te da miedo la tormenta?
- No. Mamá me enseñó que los truenos son voces que cantan, y que la lluvia y los relámpagos bailan a su ritmo.
- Oh - suspiró él. Drea tenía ganas de preguntarle sobre su mamá, ya que se había dado cuenta de que aquella mañana estaba solo, pero luego recordó que no le gustaba que le preguntaran sobre su papá, y en cambio, se levantó y le propuso jugar a las escondidas.  Estuvieron así un buen rato hasta que llegó Letizia, que los encontró empapados y embarrados. Ella y Drea acompañaron a Skander a su casa, donde su padre había tenido un imprevisto en el trabajo, y no le pudo avisar a su madre que lo fuera a buscar. Sin embargo, a él no le importó mucho, estaba feliz.

¨

- ¿Qué pasa, Skander? - preguntó Drea. Estaba por anochecer, y él seguía inmerso en sus pensamientos.
- ¡Oh! - dijo él, sobresaltado. - No, no, estoy bien. Estaba acordándome del primer día de clases.
- ¿De este año?
- No. El primer día de clases de todos.
- ¡Ah! Sí, me acuerdo. Fuiste el primero de la clase al que conocí.
- Es verdad - dijo, sonriendo sin darse cuenta. Sin embargo, inmediatamente pensó que estaba sonriendo estúpidamente, y se sonrojó. - Tu mamá me dijo que me acercara, porque estaba solo - agregó, para alivianar la tensión.
- Sí... me acuerdo que sentí una gran curiosidad al respecto todo el día. Hasta que te acompañamos a tu casa. - miró el mar, en silencio. - Creí que eras como yo... que tenías a uno solo de tus padres.
- Oh, no... Mamá  nunca fue muy cariñosa, pero nunca... - iba a decir 'se fue de casa', pero no estaba seguro de si era eso lo que había hecho el padre de Drea, o si había muerto. Ella nunca había contado nada al respecto. Se aclaró la garganta.
- Creo que él se fue de mi casa antes que naciera, pero no estoy segura. Nunca pregunté de él. Siempre fue sólo mi mamá, y siempre va a ser así - se volvió a mirar al mar. - Perdón, no... nunca había hablado de esto con nadie. Ni siquiera con Dia.
- Tranquila, no voy a decir nada - dijo él, colocándole la mano en el hombro y apretándola contra su cuerpo. Drea se sorprendió un poco, pero no tanto como el mismo Skander. Ella no se corrió. Se sentía comprendida, y además empezaba a hacer frío.

¨

 Dia observaba por la ventana. 
- ¡Caidin! - llamó entre susurros. - ¡Caidin!
 Pero Caidin no se acercaba. Se dio vuelta, y lo vio durmiendo en un sofá. Enojada, se acercó, y lo despertó de un tirón de orejas. También se aseguró de que no gritara tapándole la boca, aunque esto provocó que se sobresaltara y le patease un brazo.
- ¡Auch! ¿Por qué me pateaste?
- ¿Por qué me despertaste? - dijo él con voz soñolienta.
- ¡Mira! - dijo Dia, y lo arrastró hacia la ventana, donde Drea y Skander seguían abrazados.
- ¿Qué? 
- ¿No lo ves? ¡Skander y Drea están abrazados! ¡Por fin! 
- Qué emoción.
- ¿No te morías de ganas de verlos juntos de una vez?
- Mira, Skander es mi mejor amigo y todo eso, pero estoy seguro de que a él no le hubiera importado venir a contarme por su cuenta. Cuando estuviera despierto. Ahora me voy a dormir. - dijo, retirándose a su camarote. Caidin era la persona más amistosa del mundo, excepto cuando lo despertaban a la fuerza.
 Dia se quedó mirándolo con incredulidad. "¡Hombres!", pensó, y volvió a la ventana. Pero su amiga ya no estaba. "¿Estará ya en el camarote? ¡Tengo que averiguar qué pasó!", y salió corriendo hacia el camarote que compartían con Geneviève.
 Cuando llegó, sin embargo, no la encontró, pero sí a Geneviève, que se estaba peinando su larga cabellera rubia clara, preparándose para dormir. Dia no pudo contenerse y soltó acelerada que había visto a su amiga con Skander y que seguro se habían besado y pronto se iban a poner de novios y se iban a casar y por supuesto ella iba a ser la madrina de bodas y de todos sus hijos. Se enojó un poquito con su interlocutora porque no parecía ni la décima parte de lo emocionada que estaba ella al respecto, pero no le dijo nada. Cuando iba contándole a su amiga la visión que tenía de cuando su ahijada mayor se estuviera graduando, llegó Drea.
- ¡Drea! ¡Justo a tiempo! Vamos, queremos oírlo todo de labios de la protagonista. O una de las protagonistas.
 Drea la miró con el ceño fruncido.
- ¿De qué estás hablando?
- No te hagas la desentendida. Te vi con Skander afuera. ¿Se besaron?
- ¡Dia!
- ¿No vas a contarnos nada?
- No pasó nada
- ¡No le vas a contar a tu mejor amiga! - dijo Dia con incredulidad. - ¡No es posible! ¡Yo te conté todo cuando Matteo Miriante me invitó a salir!
- ¡Y me lo contaste porque me lo querías contar! ¡Nadie te obligó!
- ¡Pero es distinto! ¡Siempre te gustó Skander! ¡No puedo no saberlo!
- Skander nunca se fijaría en mí. - bajó la mirada. - Además... es privado. No tengo por qué contártelo todo - añadió con frialdad. Estaba dolida porque su amiga no podía comprenderla, y porque le había dicho todo a Geneviéve. No tenía problemas con ella, pero no le parecía que tenía que enterarse de todas sus intimidades.
- ¡No! ¡Geneviéve! - Dia giró la cabeza hacia ella en busca de apoyo. 
- Dia... - comenzó ella suavemente. - Creo que Drea tiene razón... - se sentía muy incómoda en medio de las discusiones. Solía ser la que mediaba las peleas entre Irissel y Cecile, pero no conocía tanto a Drea y a Dia como para intervenir. - Quizás no debiste espiarla...
 Dia la miró con ojos como platos.
- Bien - dijo enojada. - Bien. Si van a ponerse en contra mío, está bien. Me voy a dormir. - apagó las luces y se tapó con tanta violencia que la ropa de camas se cayó para el otro lado. La levantó con la mayor entereza que pudo y se tapó la cabeza.
 Tres minutos más tarde, sin embargo, estaban las tres llorando abrazadas, pidiéndose perdón.
- ¡No me quise entrometer! - lloriqueaba Dia - ¡Pero los vi juntos y no me pude contener y llamé a Caidin y él se fue a dormir y...!
- ¡Yo no quise ser tan cerrada! - decía Drea, secándose las lágrimas - Pero me salió hablar con Skander de mi padre y nunca lo había hablado con nadie y no tenía ganas de compartirlo ahora...
- ¡Y yo no quería verlas peleadas! - Geneviéve también lloraba - Odio las discusiones... y me están llenando la ropa de mocos.
 Las tres rieron, y luego de un rato, finalmente, se fueron a dormir.

lunes, 30 de enero de 2012

Capítulo 6 - Despedida

 El camino era bastante largo, y empezaba a anochecer. Además, los minotauros no eran lo que se dice unos compañeros agradables y parlanchines. Cada tanto se daban vuelta para comprobar que seguían con ellos y se hablaban en un extraño idioma.
 Drea, Dia, y Geneviéve iban algo más adelante. Mientras, Caidin le susurraba a Skander:
- '¡No hace falta, nosotros las vamos a acompañar!' - dijo en un murmullo histérico - ¿En qué estabas pensando? ¿Y por qué me incluiste? ¡No es que no sea interesante, pero estoy muriendo de frío y esos minotauros...!
 Pero de repente hubo un susurro en unos arbustos cercanos, y Caidin pegó un salto impresionante. Las chicas se sobresaltaron.
- Sólo es un ciervo - dijo Skander, sin levantar la voz. Vamos.
 La ventaja de aquel susto era que, aparentemente, había hecho que los miedos de Caidin se disiparan, o por lo menos, que no los verbalizara. Siguieron por unos veinte minutos, hasta que llegaron a unos muros altos, que aparentemente rodeaban la aldea. Se detuvieron.
- Ahora, vamos a dividirnos, para hacer más rápido - aquel comentario no alentó demasiado a los chicos, pero el minotauro, al ver sus caras, dijo: - Ustedes vengan conmigo.
 Así que siguieron a Thelius y al minotauro anciano por la entrada. Pero, en lugar de ver la aldea, vieron otro muro, igual de alto.
- Nuestras aldeas están protegidas por laberintos, para evitar molestias. - explicó Thelius. - No se separen de mí, o podrían permanecer por el resto de sus vidas en este lugar.
 Ya era de noche, y sólo veían por las antorchas que colgaban de cadenas en los muros. Iban en silencio. Cada tanto veían algún hueso de alguna criatura pequeña. Ante esto, Thelius negaba con la cabeza, una señal que Drea interpretó como 'Es una lástima que haya muerto esta criatura, y no un humano'. Pero no era culpa de ellos todo lo que los otros humanos les habían hecho en otros tiempos. Mientras su mente divagaba pensando otras excusas para evitar que les hicieran algo en caso de que se enojaran, llegaron a la aldea. Los edificios eran similares a las ruinas de Cnosos, sólo que no eran ruinas. Otros minotauros también llegaban en ese momento.
- Ustedes revisen por allá - dijo el jefe con voz imperiosa. - Y ustedes, vengan por acá, al ágora. Yo reviso la Acrópolis. - Mientras hablaba, su homólogo anciano se escabulló.
  Dia y Geneviéve iban abrazadas. Geneviéve estaba asustada, pero iba con determinación. Drea, en cambio, ya no tenía miedo. Por otra parte, Dia pensaba en cómo podían escapar. Skander estaba tranquilo porque no creía que Welda hubiera causado algún daño. Caidin iba pensando qué harían ellos si hubiera algún daño. De todos modos, siguieron al líder. Mientras se dirigían a su destino, vieron a unos minotauros pequeños correteando. Se sorprendieron un poco. 'Éstos son sus hijos', pensó Skander. 'Y aquéllas deben ser sus madres'. Finalmente, llegaron a la Acrópolis. Ésta estaba ubicada sobre una colina, y se accedía por una escalera de mármol en espiral. Una leve niebla etérea, de aspecto mágico, cubría el piso, aumentando la sensación de misticismo.
 Entraron primero en un templo, que aparentemente recibía las ofrendas. Había un altar con una estatuilla de una mujer de belleza inmaculada y rostro bondadoso, con un tocado que simulaba unos cuernos, y ambas manos extendidas: en una portaba un escudo, y en otra, una lechuza.
- Éste - explicó Thelius - es el santuario de Ismene.
- ¿Y por qué está representada cómo humana? - interrogó Drea, olvidándose que se dirigía al líder de una raza que no le tenía mucho aprecio a la suya. Aquello la había intrigado desde que había ingresado a aquél lugar.
- Porque fue una humana. Ella fue quién salvo a nuestra especie, después de la maldición.
 'Eso no explica mucho', pensó Drea.
 Siguieron, y entraron a otra estancia, más espaciosa. La estatua que había ahí, de un minotauro de aspecto casi simpático, era más grande que la otra. Delante de ella, había una hoguera.
- Éste es el fuego de la vida, protegido por Thelespius, un antiguo rey. El que nos trajo a este lugar, de hecho. Thelespius protege nuestras aldeas. ¿Alguna duda al respecto? - le preguntó a Drea. Ésta negó con la cabeza silenciosamente, y salieron de aquel lugar.
 Por último, llegaron al último edificio de la Acrópolis. Era el más imponente, y para acceder, había que subir otra escalera. Desde allí, podía verse el mar, aparentemente infinito. La puerta que lo protegía también era inmensa, y estaba hecha de cedro. Tenía hechos unos intrincados dibujos, que al parecer, relataban la historia de los minotauros. En el centro, había una gema de ámbar del tamaño de una mano, y se podía ver que habían tallado un escudo.
- Córranse un poco - ordenó Thelius. Acto seguido, sacó su hacha, y con el extremo del mango, que tenía el mismo escudo, pero en relieve, empujó al ámbar.
 La puerta se abrió de par en par, y las antorchas se encendieron una a una hasta llegar a la grande del final. Esta última iluminaba una estatua de unos tres metros y medio, de otra mujer. Ésta parecía algo mayor que Ismene, y mucho más severa, y sostenía en una mano un tridente, y en la otra, una balanza. Sin embargo, también era de una gran belleza. Delante de ella se veían algunas piedras, como de algo que hubiera estado en frente de la efigie y luego fue destruido. Pero el líder de los minotauros no pareció darse cuenta.
 Thelius, al ver la estatua, se arrodilló. Permaneció un buen rato así, hasta que se levantó y dijo en voz baja y respetuosa:
- Pasífae, la Diosa Madre. Ella es...
 Pero no se llegaron a enterar qué era exactamente, porque Thelius se detuvo. Pareció que se quedó sin respiración. Después, ignorando completamente a los chicos, salió, y convocó al pueblo.

¨

 Si algo estaba mal, aunque no supieran exactamente qué, en el templo de una diosa aparentemente suprema, y había sido culpa de un humano, no era una idea muy inteligente quedarse ahí. Así que siguieron al jefe de los minotauros, a ver qué pasó.
 Toda la aldea estaba reunida ahí. El minotauro anciano reapareció, y hablaba en voz baja con el líder, visiblemente nervioso.
 Al final, habló.
 Y no dio un gran discurso, ni nada muy elaborado, ni palabras alentadoras. Sólo dijo una oración.
- El hacha de la Diosa ha sido robada.
 Y el pueblo estalló en terror. Lo primero que hicieron fue señalar a los únicos cinco humanos que había, e intentaron abalanzarse sobre ellos. Pero el otro minotauro los detuvo.
- Estos muchachos no tienen nada que ver con el robo, ni la chica que vimos hoy a la tarde.
 Hubo un murmullo de incredulidad, y luego, alguien gritó:
- ¡Matémolos igual!
 Geneviéve tembló. Parecía a punto de desmayarse.
- ¿Estás seguro, Glaucus? - interrogó Thelius.
- ¿Estás dudando de mis capacidades, Thelius? En cuanto a ustedes, ¿qué ganarían con matar a estos chicos inocentes? Nada, idiotas.
- ¿Y entonces?
- Ellos - dijo Glaucus mirando a los chicos - van a tener que recuperar el hacha.
- Pero si estás diciendo que son inocentes... - Thelius no parecía comprender.
- ¡Estoy diciendo que ellos tienen que recuperar el hacha! ¿Quién es el que comprende los designios de la Diosa? ¡Todo tiene una causa, pero eso no quiere decir que lo tengas que saber todo! - dijo airado el viejo minotauro. Luego, se dio vuelta, y se dirigió a Drea y sus amigos - Vamos, van a tener que ir a su pueblo antes de partir. Yo los acompaño.
 Estaban anonadados.
-¿Partir? - preguntó Dia. - ¿El hacha no está en la isla?
- Claramente, no. Ahora, síganme.

¨

 El viejo Glaucus parecía sumamente gruñón, y los chicos no estaban seguros de poder preguntarles todas sus dudas, que a decir verdad eran muchas. De repente, el minotauro, que iba unos pasos adelante de ellos, se derrumbó y quedó boca arriba. 'Genial' pensó Skander. 'Ahora van a pensar que matamos al chamán amargado'. Pero no estaba muerto, estaba con los ojos abiertos, y miraba sin ver, como viendo más allá de lo que no miraba.
 Caidin miró a sus compañeros y luego, al místico. Luego, se acercó.
- Eh... ¿está usted bien, señor...?
- Sí - dijo Glaucus, pero no parecía dirigirse a Caidin - ¡CLARO QUE SÍ! 
Y dicho esto, saltó y se incorporó, de un modo tan repentino que Caidin cayó a los pies de Geneviéve. Se dio vuelta, e informó:
- Falta alguien. Su presencia será crucial, pero tiene que ser su decisión ¡Rápido! - y siguió el camino a la mayor velocidad que le era posible.
 Los chicos se miraron, con el desconcierto reflejado en sus caras, y fueron tras él. Después de todo, no era una noche muy auspiciosa para dormir en el bosque.

 ¨

 Mientras tanto, en Daerskai, Michele y Seirian estaban juntando hombres para ir a buscar a los chicos, ya que ya había anochecido y todavía no volvían. Letizia también quería ir, pero Michele no se lo permitió. Pero antes de que la comitiva partiera, llegó Glaucus, precedido por los exhaustos chicos. 
- ¿Qué pasó? - le preguntó Michele a Drea, abrazándola.
- Tenemos que ir a buscar... - se dio vuelta y miró al viejo centauro - un hacha.
- ¡No es cualquier hacha! ¡Es el hacha de Pasífae, la Diosa Madre! ¡Se dice que tiene grandes poderes! ¡No podemos dejarla en manos equivocadas! - parecía alterado por el hecho de que aquellos humanos se refiriesen a su hacha como una simple hacha.
 Letizia se acercó a Glaucus y lo miró desafiante.
- Mi hija no va a ir a ninguna parte.
- Pero... 
- Nada, Drea. No te lo voy a permitir.
 Glaucus la miró 
- Por supuesto que va a venir.
- No. ¡No pueden...!
 Pero Michele la detuvo. La apartó un poco y le susurró algo. Letizia lo miró con incredulidad, le dijo algo y se volvió al viejo místico.
- Si le pasa algo a mi hija, voy a matarte con mis propias manos.
- De acuerdo - dijo Glaucus sin siquiera inmutarse.
 Drea la miró incrédula. No estaba segura de por qué tenía que ir, pero sabía, de algún modo, que tenía que ser ella. Su mente era un torbellino de emociones en aquel momento.
- ¿Cuándo nos vamos?
- Al alba. Duerman bien.
 No preguntó nada más, aunque tenía mil dudas en la cabeza. Se dio vuelta y tomó por una callecita angosta.
- ¡Drea! ¡Drea! - la llamó Dia, pero como no contestaba, la siguió. Geneviéve, Skander y Caidin fueron tras ellas.
 Drea se detuvo en una casita de aspecto simpático, y tocó a la puerta. A pesar de que era bastante tarde, una mujer rolliza le abrió. 
- Vengo a ver a Welda.
- Claro, querida, claro. Está en su cuarto, con las otras chicas. Creo que todavía duerme. ¿Qué...?
- Dia va a explicarle - fue todo lo que dijo, y subió.

¨
  
 Welda estaba recostada en la cama. Cuando Drea entró, abrió los ojos, y sonrió levemente.
- ¡Drea! ¿Qué...? - de repente, pareció darse cuenta de la presencia de las otras chicas. Irissel estaba mirando por la ventana, mientras Ianna examinaba la biblioteca, y Cecile vigilaba el sueño de Welda. Al oír la voz de la muchacha, Ianna e Irissel voltearon a verla, y después a Drea.
- ¿Cómo estás? - le preguntó, preocupada.
- Yo... ¿qué hago acá? ¿dónde está Heracles?
 Al oír su nombre, el enorme perro apareció aparentemente de la nada y movió la cola feliz. Drea observó que había estado durmiendo en la alfombra debajo de la cama de su ama, medio oculto debajo de ésta, y por eso no lo había visto antes. Cecile comenzó a explicarle.
- Bueno, aparentemente fuiste al pueblo de los minotauros - al ver la cara de terror de la chica, Drea se dio cuenta que nunca lo hubiera hecho por voluntad propia, y menos estando sola - y ellos se enojaron y te trajeron al pueblo exigiendo explicaciones. Aparentemente, te encontraron confundida, y te desmayaste, y fue entonces cuando te trajeron.
 La chica se quedó pensativa. 
- No me acuerdo de nada, en absoluto. 
- ¿Qué es lo último que te viene a la mente? - le preguntó con delicadeza.
- Bueno, volvía de la escuela a casa, para llevar a Heracles al veterinario, como les dije. Llegué a mi casa y decidí no ponerle la correa, si siempre va por donde yo voy. Luego de eso, sólo recuerdo haber salido a la puerta. Después, nada.
- ¿Y no notaste nada raro al venir para tu casa? - insistió. Sus amigas la miraron con una expresión extraña. En eso llegaron los demás, pero no pasaron porque Drea seguía en la puerta. Welda intentó recordar, y no sé dio cuenta de que estaban los demás.
- Bueno, había un hombre.
- ¿Quién?
- No lo sé, ése es el punto. No era del pueblo, creo, o nunca lo vi. 
 Drea estaba tentada a seguir preguntando, pero Cecile puso cara de '¡Es suficiente!' y decidió terminar su interrogatorio. En eso, Dia la empujó, y ella y los demás pasaron al cuarto. Welda los saludó a todos, y, entre los cinco, le contaron lo que pasó. Ianna bajó un momento a avisarle a la madre de Welda, Chantal, que su hija había despertado. Luego, cuando terminaron, cayó con la cena (ya que Welda no había comido nada desde el desayuno) y su hermanito, Norbert, que quería verla. Los chicos decidieron que ya era tarde y salieron, con Irissel y Cecile, luego de despedirse. Ianna bajó a preguntarle a Chantal si podía quedarse a pasar la noche con Welda, para asegurarse de que estuviera bien. Se despidieron también de Ianna, y se fueron.

¨

 Una hora después, luego de acompañar a Irissel y a Cecile a sus casas, volvieron a la Plaza Central. No había nadie ya. 
- ¿Cómo vamos a decirlo? - preguntó Drea, sin dirigirse a nadie en particular.
- ¿Decir qué? - dijo Caidin, mirándola.
- Me refiero a... ¿cómo vamos a decirles a nuestras familias que nos vamos?
- Oh. No lo había pensado.
- Yo le voy a decir a papá - dijo Dia. - Él va a entender que no puedo dejarte sola. Cuando me vaya, él va a tener que explicarle a mamá. No va a aceptar que me vaya hasta que me haya ido.
- Yo lo tengo difícil - terció Geneviève. - No sólo no creo que mis padres lo acepten con facilidad, mis hermanos tampoco. Sí, son de esos clásicos hermanos mayores sobreprotectores.
- Mi padre seguro lo entiende - dijo Caidin. - Él siempre fue muy comprensivo, o por lo menos lo intentó. No sé.
 Skander permaneció en silencio. Todos lo miraron.
- ¿Skander...? - dijo Drea dubitativamente.
- Yo no voy a decirles nada. 
- ¿Por qué?
- No creo que noten mi ausencia. Sólo mi bisabuela se daría cuenta...
- Entonces, yo creo que deberías avisarle - dijo Drea con dulzura. - Sufriría mucho si te vas sin despedirte. 
 Skander la miró a los ojos. Ella le sonrió. Geneviéve, que no estaba prestando atención, dijo:
- Bueno, debemos irnos.
- Sí, vamos, Drea. 
- Nosotros tenemos que ir por el otro lado - señaló Skander. - ¿Nos vemos después?
- De acuerdo. Hasta luego - contestó la chica de ojos violeta, sonriente.
 Fueron con Geneviéve a su casa, donde su padre, con una bata de conejitos que causó un gran ataque de risa de Dia, que se tuvo que retirar, la recibió con preocupación. 
- Pensamos que estabas con Irissel, o Cecile. ¿Qué pasó?
- Ahora te explico...
 Drea saludó al padre de su amiga y fue a buscar a Dia, que estaba detrás de un árbol, con la cara roja y todavía riendo.
- Vamos. - y emprendieron el camino entre risitas.

 ¨

 Finalmente, llegaron a la casa de Dia.
- Bueno... 
- ¿Te pasa lo mismo que a mí?
- ¿Qué exactamente?
 Drea buscó las palabras exactas para definir lo que sentía.
- Que tenemos que hacer esto. No sé por qué, pero lo tenemos que hacer. Nosotros.
 Dia reflexionó un momento.
- Sí, creo que te entiendo. Hay algo que me llama.
- ¡Exacto!
- Pero no sé qué. Bueno, voy a intentar hablar con papá. 
- De acuerdo. Nos vemos al alba, entonces.
 Dia la abrazó.
- Te quiero mucho.
- Yo también, Dia. Hasta luego.

¨

 Drea llegó finalmente a su casa. Encontró todo silencioso. Liddell dormía plácidamente, en su lujosa camita, pero cuando llegó y cerró la puerta, se despertó. La miró con aire ofendido, hasta que ella se disculpó. Luego, satisfecho, la siguió por las escaleras.
- ¿Mamá?
 Letizia había estado llorando silenciosamente. Cuando se dio vuelta, aun tenía los ojos rojos e hinchados, y le caían las lágrimas. Madre e hija compartieron un largo y emotivo abrazo. Luego, Drea se sentó en la cama, y Letizia buscó algo en un cajón de su cómoda. Unos cuantos minutos más tarde, Drea se atrevió a preguntar qué estaba buscando.
- Ahora voy... un minuto... no, el orden no es mi fuerte... ¡al fin!
 Letizia sacó una cajita diminuta y se la dio a Drea. Era una cajita de madera, pero había flores, hadas, y árboles tallados intrincadamente. En la tapa, había una mariposa. Drea la abrió. Había una pequeña gema en forma de corazón. Cuando la sacó, se dio cuenta que era un colgante.
- Encontré esa gema el día que me enteré que estaba embarazada - dijo Letizia. - Estaba ahí en la playa. Pensé, 'si mi bebé es niña, voy a hacerle un colgante con esto. Y si es varón...' y me quedé un rato pensando qué podía hacer si eras varón. Pero al final, me convencí de que no, que mi bebé no iba a ser varón. Y tenía razón. Tu padre hizo la caja.
 Drea la miró. Era la primera vez en quince años y medio que la oía nombrar a su padre, según recordaba. Ella siguió hablando.
- Te la iba a dar para tu decimosexto cumpleaños, pero algo me dijo que éste era el momento.
 Drea decidió que no era el momento de preguntar sobre su padre. Como muchos chicos que conocieron a uno solo de sus progenitores, o a ninguno, tenía curiosidad por saber más de él, pero no era algo que realmente le importara demasiado. Siempre había tenido todo lo que necesitaba con su madre. Le pidió que le pusiera el colgante, y la abrazó un rato más. Luego, subió a su cuarto, pero no pudo dormir. Se preparó un bolsito con cosas que podría necesitar, se cambió, saludó a Letizia, y se fue.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Capítulo 5 - El pacto roto

 Mientras iban al puerto, donde vivía el abuelo de Caidin, para buscar algunas cosas que debía darle a su padre, éste iba comentándole la sorpresa que le había causado el acto de piedad de la profesora.
- En serio, Skander, seguro está enferma. Digo, ¿por qué nos iba a aprobar si no? O a lo mejor, estaba cansada y no quería tener a nadie en verano. ¡O quizá tiene otro esposo! - Caidin era todo lo contrario de Skander, que era silencioso e intentaba pasar desapercibido. Él no podía parar de hablar un minuto, y era algo atropellado. Sin embargo, pocas personas eran tan confiables como él.
- ¿Cómo que 'otro'? ¿Estuvo casada? -preguntó Skander, sorprendido. La profesora era sumamente reservada, y nunca les había contado a sus alumnos nada de su vida. Ellos sólo veían a la bruja bajita que les enseñaba, y por eso la sorpresa de que alguna vez haya tenido una vida más allá de su empleo.
- Sí, creo que sí. Una vez oí a mi abuela decir algo de eso - increíblemente, el muchacho parloteante se quedó pensativo, y no dijo nada más por un momento. Pero luego siguió: - Creo que fue por lo de Drea.
- ¡SHHH! ¡Podrían oírte! - dijo Skander, dándose vuelta aterrado para ver quiénes habían pasado y podían haber escuchado. Caidin rió.
- No creo que al señor y a la señora Cattermole les interese demasiado - observó. Él también se había volteado. - Pero quizás a su hija, Ellie, sí. La escuché decir que eras muy lindo - dijo conteniendo una risita.  Su amigo no dio la más mínima muestra de interés. Llegaron al puerto. En realidad, no era un puerto propiamente dicho, más bien, era un muelle, no muy grande, que, visto de lejos, o de arriba, parecía nacer del acantilado. Sin embargo, si se bajaba, podía observarse la casita tallada en la roca en la cual vivía el abuelo de Caidin. Éste era un hombre severo, y barbudo, de expresión tosca y escasamente simpática. Sin embargo, una vez entraba en confianza, era posiblemente el anciano más querible de la isla. Pero el viejo Seirian, descendiente de una larga línea de piratas, no era tan fácil de hacer entrar en confianza.
- ¿Quién es? - preguntó, cuando oyó los pasos.sobre el estrecho senderito de piedra que llegaba hasta la puerta.
- Soy yo, abuelo. Y vengo con Skander.
- Entonces pasen, rápido.
 Los chicos entraron. A Skander le encantaba ese lugar; desde la primera vez que lo había visitado, cuando tenía cuatro años y Caidin lo invitó a jugar a su casa por primera vez. Sin embargo, su padre estaba ocupado, y los llevó allí. Nunca olvidaría el momento en el cual se asustó de la serpiente marina que había colgada, y fue a esconderse detrás del gran sillón azul. Sin embargo, Caidin lo llevó de vuelta y le mostró que no podía hacerle daño. Desde entonces, fueron mejores amigos, a pesar de sus diferencias.
- ¿Y a qué te mandó tu padre esta vez? ¿Qué necesita?
- No sé. Dijo que pasara a buscar algo que le habías dicho.
- ¿Y por qué no vino él? - interrogó Seirian, pero no le dio tiempo a responder - Claro, porque no se quiere enfrentar conmigo. Bueno, no importa. Dale esto - dijo dándole una cajita chata, envuelta en papel madera.
- ¿Qué es?
- Una vieja foto que encontré. Cuando se lo dije, pensé que iba a venir e íbamos a verla, los tres juntos. Pero ya ves cómo es...
- Pero si lo viste, ¿por qué no se lo dijiste?
- Porque no lo vi. Mandé a Halvan con una nota.
 Caidin estaba a punto de preguntar por qué, entonces, no mandó la fotografía con Halvan también, pero se contuvo, porque se dio cuenta de que en realidad, era sólo una excusa. Seirian y su primogénito, Seith, el padre de Caidin, nunca habían llevado una buena relación. Él solía pasar bastante tiempo pescando en alta mar, y no pasaba mucho tiempo con sus hijos, Seith y Sia. Sin embargo, cuando sí estaba, Seith se la pasaba enfurruñado, contrariamente a su hermana, que se colgaba de las barbas del padre y hacía que le diera vueltas y le contara historias de piratas, que también eran escuchadas por él. Al ser mayores, Seith decidió quedarse en la isla y ganarse la vida con la tienda de artículos mágicos que su madre, Tangwen, solía regentar, pero Sia se fue, a vivir aventuras marítimas como las que le contaba su papá. Los hermanos tampoco tenían una gran relación, pero hacían lo que podían. Sin embargo, Caidin prácticamente no se habría enterado de la existencia de su tía si no fuera porque su abuelo le habló de ella. En ese momento, pensó en que tenía que tratar de hacer que volvieran a estar unidos, o mejor dicho, con más insistencia, porque ya había intentado.
 Mientras el joven elucubraba, su abuelo había servido té en tres tazas. Cada una de ellas estaba hecha con un caracol de distinta forma, pero del mismo color ámbar claro. El plato, que tenía una buena cantidad de scones, era en realidad una valva de ostra, bastante grande. Seirian comentaba que les había puesto un toque de canela.
- ¡Están muy buenos! - dijo Skander en cuanto terminó el primero. 'Pero les falta el toque de menta', pensó. Seirian debió haber pensado algo parecido, porque de repente se dio vuelta a mirar el mar, para disimular una lágrima que le caía por la barba. Tangwen, su esposa, solía ponerles menta. Pero había fallecido, hacía seis años ya.
 Caidin y Skander se habían peleado porque Skander no quería contarle su secreto. '¡Creí que confiabas en mí!' le había gritado él, dolido, y se fue corriendo a su casa. Ahí se encontró a su padre y a su abuelo llorando. Lo llevaron a la casa del puerto, y Tangwen estaba recostada en su cama. Parecía tan calma como siempre. Le tomó la mano, y le susurró 'Nunca dejes que nadie te haga olvidar tu esencia. Nunca dejes que tu orgullo te aleje de quienes son realmente importantes. Nunca renuncies a algo que te dice tu corazón. Y nunca olvides que siempre te quise mucho'. Y apretando su mano y cerrando los ojos, abandonó la vida. Sin embargo, él la abrazó. Su padre lo llevó de vuelta a su casa, y, sin mediar palabra, fue a acostarse. Al día siguiente, a la mañana, vino Skander a tocarle la puerta, y antes de que pudiera decirle nada, lo abrazó. 'No sé qué decir', le dijo. 'No hace falta que digas nada', le respondió él. Luego, le contó que le gustaba Drea. Fue el único en el que confió lo suficiente para decírselo. Y Caidin le repitió las palabras que Tangwen le dijo antes de morir.
 Pero el momento melancólico fue interrumpido por un fuerte sonido proveniente de arriba, y algunas rocas cayeron al mar.
- ¡NO SE MUEVAN! - gritó Seirian, y salió corriendo, dejándolos solos en la casita tallada en el acantilado.
 Los chicos se miraron.
- ¿Qué...? - pero antes de que pudiera terminar de formular la oración, hubo una especie de temblor y cayeron rocas aún más grandes. Ante el riesgo de quedar enterrados ahí, los chicos corrieron y subieron por el estrecho camino del acantilado. Una vez arriba, se dirigieron al pueblo, a la plaza principal.

¨

 Había una enorme conmoción. De un lado de la plaza, estaban la mayoría de los habitantes del pueblo. Del otro, había unas criaturas altas y de aspecto temible, que muchos no habían visto en su vida. El más alto sujetaba a una rolliza muchacha pelirroja, inconsciente. 
 Aparentemente, la chica, que Skander y Caidin identificaron como Welda, una compañera de clase, se había metido en el bosque y había llegado al pueblo de los minotauros. Naturalmente, pensando que los humanos habían roto el pacto, enfurecieron, pero la muchacha estaba asustada y muy confundida. Así que la llevaron al pueblo y exigían una explicación para no borrarlos del mapa.  El abuelo de de Drea, Michele, intentaba razonar con ellos.
- ¡Esta humana rompió el pacto! ¡Merece morir!
- Pero, según lo que cuentan, estaba confundida. Además, es sólo una joven...
- ¿Y eso qué? ¡Entró en nuestros dominios sin avisarnos!
- Pero no causó ningún daño, ¿o sí? Además, conozco a esta chica, y no creo que Welda Belarme haya tenido malas intenciones.
- De todos modos, ¿por qué vino, si...? - pero se vio interrumpido.
- Eh... ¿señor? - dijo Geneviéve con timidez.
 Sumamente desconcertado por la repentina interrupción, Thelius, el jefe minotauro, se dio vuelta para contemplarla.
- Ehm... esta chica es mi amiga, y la conozco... - a Geneviéve la intimidaba aquel rostro iracundo, pero juntó fuerzas y continuó. - A ella no le gustaba mucho la idea de andar sola por los bosques - estuvo a punto de decir 'porque los minotauros la aterraban', pero se contuvo justo a tiempo. -, y tenía que ir a llevar a su perro a una revisión, algo que nunca dejaba de hacer. Y sé que es cierto que la encontraron en su aldea, pero estoy segura de que tiene que haber una buena razón. 
 Thelius la miró un largo rato, como analizándola. Y decidió que era honesta. 
- De acuerdo - declaró. - Soltaremos a la chica. Pero algunos de ustedes vendrán con nosotros para comprobar los daños, y repararlos si los hubiese.
- ¡Yo voy! - se ofreció Michele, y fue a recibir el cuerpo inerte de Welda.
- Yo también - gruñó Seirian.
- No - dijo de repente uno de los minotauros del séquito. Era el único de color blanco, ya que los demás tenían tonos que variaban del castaño claro al negro azabache. - Irá esa muchacha. - dijo señalando a Drea.
 Las miradas de todos se posaron en ella. Drea estaba atónita, pero algo le decía que no podía discutir el designio.
- ¿Yo?
- Sí - dijo él. - No puede ser nadie más.
- Entonces, vamos con ella - terció Dia con fiereza.
 El minotauro blanco, de ojos oscuros, la miró un buen rato. Visto bien, se podía ver que no era completamente blanco, si no que gran parte de su pelo había encanecido.
- Bien. Pueden venir con ella. ¡Vamos, entonces!
 Se dieron vuelta y se prepararon para partir, pero Drea y las otras chicas no se movieron. 
- Tiene que ser ahora. ¡Ahora! - dijo Thelius con impaciencia.
- Disculpe, ¿podría darme cinco minutos? - preguntó Drea, con voz firme, que disimulaba muy bien su inquietud.
- De acuerdo - concedió el jefe a regañadientes.
 Drea se dio vuelta. Dia, Irissel, Ianna, Geneviéve y Cecile la miraban con temor.
- Chicas - empezó - no pueden...
- ¡DREA ISABELLE SYKES! ¡NO ME VAS A DECIR QUE TE DEJE SOLA EN ESTE MOMENTO! - gritó Dia.
- Dia...
- Sí, ya sé, puede ser peligroso, y todo eso. ¿Y QUÉ?? 
- De acuerdo - suspiró - Pero ustedes tienen que quedarse.
- ¡No podemos dejarlas solas! - dijo Ianna escandalizada
- ¡Sí! ¡Podría pasarles cualquier cosa! -.acotó una preocupada Irissel.
- Seamos realistas, chicas. Es una horda de minotauros, dá lo mismo que seamos dos o seis.
- Pero...
- Tienen que quedarse con Welda, ayudar a sus padres con lo que puedan, con el bebé, o el perro - dijo Dia con seriedad.
- ¡Drea! - exclamó Cecile, incrédula.
- Sí - concordó Drea. Tienen que quedarse.
- Yo voy con ustedes - dijo Geneviéve, testaruda. - No voy a dejarlas...
- No hace falta - terció una voz masculina.
 Drea se dio vuelta. Skander y Caidin habían llegado a donde estaban discutiendo.
- Nosotros vamos con ustedes. Chicas, quédense a cuidar a Welda.
 Ianna, Irissel, y Cecile, más tranquilas, empezaron a ceder, pero...
- ¿Perdón? ¿Cuál es el problema de ustedes cuatro?
 Drea, Skander, Dia, y Caidin se dieron vuelta. Geneviéve, que solía ofrecer un aspecto inocente y angelical, estaba con los brazos en jarras y los miraba con una furia que nunca le habían visto.
- A mí nadie me va a decir qué hacer y qué no hacer. Y yo adoro a Welda, pero confío en que las chicas la van a cuidar muy bien. Así que voy con ustedes, les guste o no.
 Se quedaron atónitos. 
- Bien - dijo Drea, que todavía no lo podía creer. - ¡Vamos!

¨

 Miles de kilómetros al sureste, donde ya era de noche, una muchacha se despedía de su gata.
- Hécuba, necesito que te portes bien. Jocaste va a venir a alimentarte. No hagas estupideces, y cuida a esos gatitos - dijo acariciándole el vientre con suavidad. La gata siamesa la miró, como dándole a entender que había comprendido, y rozó su cabeza contra sus piernas. Ella le acarició la cabeza, se puso la mochila, y salió por la ventana.
 Se detuvo, para escuchar. En el comedor, oyó unas voces que discutían. 'Genial', pensó. 'Más tiempo antes de que se den cuenta'. Buscó el hoyo en la valla, que nadie que no conociera su existencia podía notar, y salió. Resistió el impulso de correr, para no agotarse, pero caminó rápido. Unos quince minutos más tarde, se animó a darse vuelta. Aparentemente, en la mansión, que aún se veía desde donde ella estaba, no se habían percatado de su ausencia. 'Excelente'. En otros cinco minutos, ya estaba en la tienda de Jocaste. 
- Muy bien - dijo ésta. - Mi marido llegará en un rato, deberías ir escondiéndote. - En su tienda, la mujer vendía objetos muy variados, desde botes hasta comida para gatos. Y fue la comida para gatos la que la llevó a conocer a la joven muchacha a la que ahora ayudaba a escapar.
- De acuerdo - le contestó Hebe. Rubia, de ojos azules y mirada inteligente, era una chica muy atractiva. Sin embargo, no tenía amigos, porque su madre nunca la dejaba salir. Y ya se había cansado de eso. - ¿Es éste el bote?
- Sí - le contestó la señora, mirando por la ventana. Se dio vuelta. - Necesito que me prometas que te vas a cuidar mucho - dijo, mirándola. Le había tomado un gran cariño, y si no fuera porque su madre era capaz de cualquier cosa, la habría invitado a vivir con ella. Se llevaría muy bien con su propia hija, Helena. 
- Por supuesto - dijo Hebe, y la abrazó. Notó que algunas lágrimas corrían por su rostro, pero no se secó.
- Bien - le dijo emocionada Jocaste. - Ahora, hay que esconderse. En ese bote. No te preocupes por la funda, la pongo yo. ¡Rápido!
 Hebe se metió ahí y se quedó sumamente quieta, esperando. Dos minutos más tarde, llegó Hermes, el marido de Jocaste. 
- ¿Está lista? - susurró éste.
- Sí. Tengan cuidado.
 Hermes, con la ayuda de otros hombres, tomó el bote que le señaló su esposa y lo subió al barco. 
- Intenta no hacer mucho ruido - le susurró a Hebe. - En media hora salimos.
 Esa media hora se le hizo eterna. Pensaba qué podría estar ocurriendo en su casa ahora mismo. Era posible que no se dieran cuenta de su ausencia hasta la mañana siguiente, pero aún así...
 El barco finalmente zarpó. Pero aún no se animaba a moverse. 
- Bueno, si te parece, es hora de salir de ahí - susurró Hermes.
 Ella asomó la cabeza con timidez. Y miró por la cubierta. A pesar de que desde que tenía memoria podía ver el mar desde su casa, nunca lo sintió tan cercano como en ese momento, que la ayudaba a escapar. Le parecía un espectáculo sumamente bello. El hombre vio su expresión y comprendió exactamente lo que sentía. Después de dejarla extasiada por un rato, le dijo:
- Y ahora, te voy a mostrar tu camarote. 
 Hebe se sobresaltó un poco, ya que había olvidado por completo su presencia, y dónde estaba, y por qué estaba ahí. Pero se levantó, y lo siguió a un camarote, mucho más humilde que su habitación, con una cama bastante más dura. Y aún así, a pesar de esto, durmió mejor que nunca, porque se sentía libre, completamente libre.