viernes, 16 de septiembre de 2011

Capítulo 2 - La pluma de hipogrifo

 Una leve brisa hacía ondear la larga cabellera de Drea, de un color avellana suave. El sol iluminaba su hermosa faz mientras caminaba sintiendo su débil calor, propio de la primavera de la isla. La casa de Dia no estaba muy lejos, y pronto llegó. A diferencia de la mayoría de los hogares de Daerskai, que semejaban torres, ya que sus habitantes tenían una fuerte conexión con el aire, el de Dia era más ancho que alto, y contaba con una buena porción de terrenos. Aún así, también tenía una torre, del lado del mar. Estaba entre las casas más lindas del pueblo. Drea llegó, y la cerca estaba abierta. Supuso que su amiga estaría en el establo, y allí se dirigió. Y la encontró en ese lugar, acompañada de un chico, con el que charlaban. El chico la miró y Drea se ruborizó, pero él no se dio cuenta porque las exclamaciones de Dia lo distrajeron.
- ¡Drea! Hace horas estoy esperándote. Con Skander estábamos por ir a buscarte...
- Pero no hace ninguna falta, ya llegué - dijo Drea, apenas disimulando una mirada elocuente que le dirigió a Dia. Lo último que hubiera querido era que Skander la viera recién levantada. - ¿Y por qué era tan urgente que viniera?
- Featherfay está por parir.
 Drea se acercó con cautela. A pesar de que conocía a aquellos hipogrifos de toda la vida, no creía que a Featherfay la hiciera muy feliz el hecho de que hubiera demasiada gente observando su parto. Sin embargo, ella no se movió, se limitó a mirarla. Estaba recostada, y su respiración era lenta y acompasada.
- ¿Hace cuánto está así? - interrogó Drea, en voz baja pero emocionada.
- Hará unos... veinticinco minutos, ¿no? - contestó Dia. - Ya debe estar por llegar. Aléjense un poco.
 Skander y Drea salieron del establo. Ella se sentó contra la pared, y él hizo lo mismo. Se hizo un silencio un tanto incómodo. Estuvieron unos minutos así, mirando al suelo sin decirse nada, hasta que Drea estornudó.
- Salud - dijo Skader tímidamente, y le sonrío.
- Gracias - respondió ella, pero antes de que pudiera sonreírle, se escuchó un sonido extraño, una especie de mezcla entre el piar de un pollito con voz grave y el piafar de un caballo con voz aguda. Los chicos se miraron.
- ¡Vengan! ¡Ya nació! - exclamó Dia desde adentro. - Pero mantengan la distancia, por las dudas - les aclaró una vez estuvieron a tres metros de ella.
 El pequeño hipogrifo no era precisamente la cosa más bella del mundo. Aún así, era bastante enternecedor ver cómo buscaba a su madre, y cómo esta lo lamía para limpiarlo. Una vez hubo quitado casi toda la sangre de su recién nacida cría, esta se paró e intentó extender sus alas, cosa que le costó un tanto. La madre volvió a lamerlo un poco, rebuscó un poco en el piso cubierto de paja, y consiguió un ratón muerto para el potrillo, que comió gustosamente. Aunque era color gris tormenta, su pico, que parecía hecho de cobre y sus ojos color miel eran idénticos a los de su madre, que tenía el plumaje color té con leche y el pelaje blanco con algunas manchitas de ese color. Dia estaba extasiada.
- ¿Y cómo se va a llamar? - le preguntó Skander.
- No lo sé. Le pertenece a Deian, él lo va a nombrar. Espero que no sea un nombre estúpido - Deian era su hermano menor. - Es realmente precioso - dijo, refiriéndose al potrillo. Éste pareció entender, puesto que la miró y se sacudió un poco. Una única pluma se cayó, y Dia la levantó.
- ¿Para qué es eso? - le preguntó Drea.
- Es para hacer un collar para tu madre. ¿No sabías que dicen que la primera pluma que se cae de un hipogrifo al nacer es de buena suerte? - dijo su amiga con incredulidad.
- Bueno, no. Es tu familia la que cría hipogrifos, no la mía.
- Perdón, es que a veces, me olvido de que no para todos los hipogrifos significan lo mismo para mí - se lamentó Dia.
 Mientras ellos charlaban, Gwennyd, la madre de Dia, Deian, y la hermana mayor de ambos, Deidre, entró al establo. Al ver a los chicos, preguntó:
- ¿Ya desayunaron? Acabo de preparar todo, y... ¡oh! - exclamó, al ver al pequeño potrillo sacudiendo sus alas, a pesar de que aún eran muy pequeñas para que pudiera volar. - ¡No esperaba que Featherfay tuviera hoy al potrillo!
- No le digas a Deian todavía. Lo primero que va a hacer cuando lo sepa es venir a molestar. Bueno, es lo único que hace, pero no debe hacerlo aquí.
- ¡Dia! - la regañó su madre, pero ella ya no la escuchaba. Estaba guiando a sus amigos a la cocina.
 El día se había puesto levemente más ventoso que cuando Drea llegó, así que Dia fue a avisarle a su madre que cerrara el establo al salir, no sea cosa que el recién nacido saliera e intentara volar, y terminara lastimándose, así que Drea y Skander volvieron a quedar a solas. Sin embargo, el nacimiento había roto el hielo, y cuando Dia volvió, ellos charlaban alegremente
-... sí, puede que la madre de Dia no sepa mucho de hipogrifos, ¡pero no hay nadie que cocine mejor que ella! - aseveró Drea, sonriente.
 En eso, bajó Deian, de bastante mal humor, tomó un panqueque de dulce de leche, y salió por la puerta en dirección al establo, haciendo caso omiso de su hermana y sus amigos.
- ¡Deian! ¿A dónde vas? ¡Deian! ¡DEIAN! - le gritó Dia. Acto seguido, salió corriendo para capturarlo, pero éste se dio cuenta justo a tiempo y también salió corriendo, sin soltar su panqueque.
 Mientras los chicos miraban por la ventana la persecución, bajó alguien más.
- ¡Hola! - saludó Deidre alegremente. A diferencia de su madre y hermanos, que tenían el cabello de una tonalidad rubio trigo y lacio, y ojos verde botella, ella tenía pelo ondeado, color castaño oscuro, y ojos grises, igual que su padre. Sin embargo, era muy parecida en las facciones a su madre, quizás más que Dia.
- ¡Deidre! - respondió Drea, y se levantó para abrazarla. - ¡Creía que estabas en Canadá!
- Lo estaba, pero ya volví. No era lo que esperaba.
- ¡Oh!, casi lo olvido. Éste es Skander Farringdon, un amigo. - el aludido la saludó con un movimiento de cabeza.
- ¿Y se puede saber por qué los caníbales se están persiguiendo?
- Lo que pasa es que Deian quiere ir al establo, pero Dia no quiere porque Featherfay acaba de dar a luz, y cree que...
- ¿Featherfay ya dio a luz? - preguntó un hombre, alto y de expresión bonachona, un tanto oculta por su barba.
- Sí, hará cosa de una hora.
- ¡Oh!, es... hola, muchacho - saludó, percátandose de la presencia de Skander.
 Éste le devolvió el saludo, y siguió mirando por la ventana, donde Dia tenía a Deian agarrado de los pelos. Sin embargo, éste la pateó en las canillas cuando procedía a arrastrarlo a la casa, y como la tomó desprevenida, pudo llegar finalmente al establo. Antes de que la chica se levantara, volvía anunciando la noticia ya sabida por todos. Pero el chico no vio que su hermana se le abalanzaba, y terminó en el lodo. Empezaron a forcejear, hasta que Gwennyd les tiró un balde de agua encima, harta de ordenarles que se detuvieran sin que le hicieran caso alguno. Entonces, derrotados, tuvieron que entrar a la casa a lavarse. A todo esto, el desayuno se había enfriado, porque Drea, Skander, Deidre y Corban se habían quedado observando el combate.
 - ¡Y MÁS VALE QUE SEA LA ÚLTIMA VEZ QUE PELEAN ASÍ! - bramó Gwennyd, sacada de sus casillas. Sus hijos, cabizbajos, decidieron que era mejor no responderle.

¨

 Letizia miraba por la ventana, abstraída. Se había quedado pensando en la carta de su hija. Había bajado, y estaba en la cocina, ajena al hecho de que Liddell estaba pidiéndole que lo alimentara. De repente, un señor apareció en la ventana, y casi se cae de la silla del susto. Pero sólo era su padre, que venía a saludarla.
- ¡Hija! ¡Feliz cumpleaños! - dijo Michele, y procedió a abrazarla. Una vez que la soltó, le extendió un regalo.
-¿Qué es? - interrogó, mientras abría el paquete. Al ver lo que contenía, se le llenaron los ojos de lágrimas. - ¡Oh! - sólo atinó a decir. - ¿Son... de verdad son...?
- Sí - respondió, con una sonrisa bondadosa propia de él. - Son los aros que le regalé a tu madre el día de nuestra boda. Recuerdo lo mucho que me costó conseguir unos aros tan bonitos, y que hicieran juego con sus ojos. Y los pude retirar ese día, cuando nos casamos. Como ya estaba con el vestido, se los dí a tu abuela para que se los entregara. Y ese día los lució. Estaba preciosa. Es una lástima que el anillo lo haya conseguido después. A ella no le importó, de cualquier manera. 
- No lo puedo... creer... - dijo entre sollozos - muchísimas gracias, papá, de verdad.
- No es nada. Tu madre quería que los tuvieras.
 Liddell se subió a la mesa mirando a Michele, como si él también esperara regalo. Éste le dio una galletita, haciendo que ronroneara satisfecho. En eso, llegaron Drea y Dia. Skander se había vuelto a la casa porque olvidó darle de comer al perro. Letizia les hizo un gesto con la mano, pero Dia fue a abrazarla y a felicitarla en un tono un tanto chillón. 
- Esto es para usted, señora Sykes - le dijo Dia tendiéndole el collar que había hecho. Era bastante simple, se componía de una cuerda negra y fina con un aro colgando, con la pluma del hipogrifo recién nacido en el medio. - La pluma es la primera que se cae de un hipogrifo recién nacido; se dice que trae buena suerte.
- Oh... muchas gracias, Dia - titubeó Letizia, pero la falta de entusiasmo le pasó inadvertida a Dia, que ya estaba intentando sostener a Liddell, a quien no le agradaba para nada la idea.
 Entretanto, Michele se puso a cocinar. Su hija intentó negarse, pero él no dio el brazo a torcer. Una hora más tarde, estaban comiendo el salmón a la parrilla con ensalada de papas que había preparado. Drea se había mantenido callada la mayor parte del rato. Una vez Michele y Dia se fueron, trató de subir las escaleras lo más sigilosamente que pudo, pero su madre la detuvo, y la abrazó.
- Leí la carta. ¿Por qué no me lo pudiste decir?
 Drea miró para abajo, abochornada.
- Está bien, está bien. Es difícil, lo sé. A tu edad, también me costaba decir lo que sentía. - le dijo Letizia, conmovida. Y quedaron abrazadas en silencio.

¨
 Si alguien hubiera estado en la terraza de las Sykes, que había servido una vez como faro y torre vigía, hubiera podido ver el barco, que se acercaba a la isla. Y probablemente, hubiera entrado en pánico, ya que la isla era inmarcable, lo que quería decir que era inaccesible para cualquiera que no proviniera de la isla. Sin embargo, nadie se dio cuenta, al menos en ese momento.

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