viernes, 14 de octubre de 2011

Capítulo 4 - El robo

 Como Sykes Island no entraba en la jurisdicción británica, irlandesa, canadiense, estadounidense, islandesa o groenlandesa, sus habitantes no eran incluídos automáticamente en los sistemas de educación mágica de dichos países, y como de cualquier manera no era lo ideal que un puñado de alumnos viajara constantemente al continente de una isla que supuestamente no existía, se había creado el colegio de la isla, el Instituto Lardembais de Educación Mágica. Como todos sus estudiantes vivían a escasa distancia, los estudiantes no se quedaban a dormir. Por esto, el colegio no era tan grande como otras instituciones europeas. El sistema educativo era igual al francés, principalmente porque su primera directora había sido Jolaide Montsolieu, que había venido a la isla desde Marsella en su fundación, con Jocunda. Los niños empezaban a venir a los siete años, y tenían una especie de preparación por tres años. Luego, empezaban la 'educación oficial' hasta los 17, igual que en Gran Bretaña o Portugal.
 Drea, Skander y Dia estaban terminando su quinto año de educación oficial. Las clases finalizaban los primeros días de junio, y reanudaban en septiembre. Ya se habían dado casi todos los exámenes, y aquella tarde daban el último, el práctico de Mecánica Mágica Aérea. Se ponían diversos materiales y herramientas, y los veinte alumnos debían construir un dispositivo que llevara la comida sin volcarla. El proyecto era de a dos.
 Drea y Dia trabajaban juntas, o más bien, Dia hacía de ayudante de Drea, para no hacer ningún lío. En la primera clase que tuvieron de esa materia, cuando tenían once, se las había ingeniado para hacer explotar el banco con la hélice que tenían que hacer elevarse, y desde entonces su amiga se había hecho cargo de los trabajos, y ella se limitaba a ayudarla. A Drea siempre le había gustado aquello. Se entretenía mucho cuando era chica con los juguetes voladores que tenía su abuelo, y éste incluso le fabricaba más. A veces, los hacían juntos. Michele había empezado a fabricárselos cuando tenía tres años, luego de cierto incidente. Había un gatito de porcelana, de vivos colores, sobre un pedestal. Drea lo quería, y así se lo comunicó a su abuelo y a su madre, pero ésta, riendo, decidió que era menos peligroso que jugara con su osito. Pero la niñita quería el jarrón, y al no poder alcanzarlo, lo hizo volar. Estaba deleitadísima, viendo al gatito dar vueltas por el aire, hasta que su madre pegó un grito, se asustó, y la magia se detuvo, y por consiguiente se rompió. Era muy inusual que los chicos de esa edad pudieran hacer eso, porque normalmente los niños mágicos manifestaban sus poderes alrededor de los siete años de edad. Pero cuando Drea volvió a hacerlo con el que había sido el jarrón favorito de su abuela, que se salvó por muy poco, Michele se dio cuenta que tenía que pensar una alternativa, y empezó a desarrollar los artilugios voladores. Así, la entretenía y evitaba catástrofes.
 Mientras las chicas decoraban su proyecto, el cual ya habían terminado, Skander y Caidin, su mejor amigo, eran evaluados por la profesora Felvaghan. Fedrana Felvaghan no era una mala mujer, pero era poco tolerante de las bromas y del exceso de alegría, y tenía un aire de frío misterio, o misteriosa frialdad. Era bajita, de expresión severa y adusta, y ojos azules penetrantes, de porte sumamente propio de dama de alcurnia británica. Solía usar trajecitos de tweed altamente pulcros, y en perfecta combinación, incluso con su sombrero correspondiente. Nadie que la observara adivinaría a primera vista que era profesora de una materia como Mecánica Mágica Aérea. Cuando se acercó a la mesa de los chicos, miró con cierta lástima al aparentemente débil artilugio que habían conseguido armar.
- A ver, chicos, permítanme ver cómo vuela su aparato - dijo la profesora Felvaghan. A continuación, hizo aparecer un plato con tres tazas de té (llenas, por supuesto) y un plato con scones.
- ¿Hasta dónde? - interrogó Caidin.
- Déjenme ver... hasta la mesa de la señorita Sykes y la señorita Glisei estaría bien - respondió ella.
- ¡De acuerdo, profesora! ¡Vamos, Skander! - dijo Caidin entusiasta.
 Skander tomó su varita y con ella tocó el aparato. Éste se elevó un metro, y empezó a trasladarse con cierta torpeza, ya que su hélice parecía no funcionar bien, hasta la mesa de Drea y Dia. Probablemente hubiera llegado a destino si Skander no se hubiera fijado en que Drea le estaba sonriendo, ya que eso hizo que sacudiera su varita y afectara así a la hélice, que terminó de fallar y empezó a caer en diagonal, directo hacia las chicas. La profesora, rauda, sacó su varita y transformó a las tazas en gorriones y a los scones en canarios, y salieron todos volando por la ventana.
- Quizá debería haberles hecho volar el artefacto hasta la mesa de la señorita Galversen, ¿no? - Margrétta Galversen era una chica de la clase, sumamente insoportable, que vivía quejándose de todo y criticando a todo el mundo. - Vamos, no es tan terrible - añadió la profesora Felvaghan, al ver que Skander se dejaba caer en su silla y se tapaba la cara con las manos. - Los voy a aprobar igual, porque sé que si no te hubieras distraído, el artefacto habría llegado sin problemas - y les guiñó un ojo.

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- Qué feo lo de Skander, ¿no? - comentó Cecile.
- Sí, no sé qué le habrá pasado - dijo Dia, mirando a Drea de soslayo.
- Igual, escuché que Felvaghan lo aprobó.
- ¿De verdad? - terció Drea, que venía algo distraída. - Eso no me suena a algo que haría habitualmente.
- Es cierto. Pero no servirá de nada decírselo, ¿o sí? - le dijo Ianna
 Las chicas iban a tomar algo a Tarta de Cereza, un café que estaba en frente de una placita, para celebrar el fin de los exámenes. Su especialidad, era, justamente, la tarta de cereza, cosa que a las seis les fascinaba. Le pertenecía a la tía de Irissel, y era probable que algún día lo heredara, ya que ésta no tenía hijos, y su única hermana era la madre de Irissel. A ella, sin embargo, no le gustaba demasiado la repostería, en oposición al resto de la familia.
 Ni bien entraron, Edneis, la dueña del local, las saludó, y le preguntó a su sobrina:
- ¿Lo de siempre, no? ¿Siete capuccinos con porción de tarta de cerezas?
- No, seis. Welda no pudo venir; creo que su perro enfermó, o algo así.
 Las chicas se sentaron en la mesa habitual, al lado de la ventana, y se pusieron a charlar, como solían hacer cada vez que se reunían. El grupo estaba compuesto por tres grupitos de mejores amigas: Drea y Dia, Ianna y Welda, y Cecile, Irissel, y Geneviève. Probablemente, no se hubieran hecho amigas entre sí si no hubiera sido por Margrétta. Esta era una chica muy creída y materialista, que siempre se vestía bien y degradaba a los demás maliciosamente, y, lógicamente, iba acompañada de su séquito, Nidda, Aidah, y Carmeline. Éstas últimas no eran como Margrétta, pero sí eran muy influenciables, y por eso hacían prácticamente cualquier cosa que les ordenara. En consecuencia, las otras chicas se habían visto obligadas a juntarse para poder enfrentarla. Ahora, ya no se molestaban como antes, pero eso no quería decir que las hostilidades habían cesado. Por ejemplo, siempre que veía a Ianna con su novio, Evan, iba a abrazarlo y a hablarle. No, no le gustaba Evan, lo hacía sólo por fastidiar a Ianna. Y así, mil cosas, de ese estilo.
 Mientras ellas charlaban, entró un perro al café, y le lamió las manos a Ianna, que le dio el resto de su tarta. Luego, el perro hizo señas de que quería que ella lo acompañase.
- ¿No es el perro de Welda? - preguntó Dia
- Sí... pero, ¿y Welda? Debería estar con él - respondió Ianna mirando por la ventana. Drea, Irissel y Cecile la imitaron.
- Quizás le entendiste mal y no estaba enfermo. - aventuró Geneviève.
- No, no estaba enfermo, pero le dolía una patita. No camina del todo bien, ¿ves? Lo iba a llevar con el señor Balground. Pero aún así... no sé, Heracles nunca hizo algo como esto. Algo no me gusta - dijo Ianna con preocupación.
- Va a ser mejor que lo sigamos - dijo Drea.
 Las chicas le pagaron a Edneis y salieron. Heracles parecía disfrutar su compañía. Ladró, dio un par de vueltas alrededor de sí mismo, y las guió por la callecita adoquinada. Cuando veía que se adelantaba mucho, las esperaba; luego, olfateaba y continuaba la marcha. Llegaron a la plaza central, se detuvo, y miró a Ianna. Ésta y las demás también pararon, sin entender bien por qué. Empezaron a oírse fuertes pisadas provenientes del lado de las afueras del pueblo...

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 Habiendo conseguido la distracción que necesitaba, el hombre entró sin escrúpulos a aquél lugar donde sabía que estaba lo que quería. Como era obvio, estaba en el centro de la habitación. 'Idiotas', pensó. Sacó su varita, y a continuación hizo explotar el pedestal donde se encontraba. El objeto voló, y con gran habilidad, lo tomó en sus manos. Completamente seguro de su impunidad, salió, se cubrió con la capa, volvió a su barco y zarpó. Si alguien hubiera estado en la playa, hubiera podido contemplar la bella imagen que formaba la silueta del barco contra el sol en su puesta, sobre el mar, que había empezado a oscurecerse. Sin embargo, pronto desapareció, sin dejar rastro visible de su presencia en ese lugar.

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