jueves, 15 de diciembre de 2011

Capítulo 5 - El pacto roto

 Mientras iban al puerto, donde vivía el abuelo de Caidin, para buscar algunas cosas que debía darle a su padre, éste iba comentándole la sorpresa que le había causado el acto de piedad de la profesora.
- En serio, Skander, seguro está enferma. Digo, ¿por qué nos iba a aprobar si no? O a lo mejor, estaba cansada y no quería tener a nadie en verano. ¡O quizá tiene otro esposo! - Caidin era todo lo contrario de Skander, que era silencioso e intentaba pasar desapercibido. Él no podía parar de hablar un minuto, y era algo atropellado. Sin embargo, pocas personas eran tan confiables como él.
- ¿Cómo que 'otro'? ¿Estuvo casada? -preguntó Skander, sorprendido. La profesora era sumamente reservada, y nunca les había contado a sus alumnos nada de su vida. Ellos sólo veían a la bruja bajita que les enseñaba, y por eso la sorpresa de que alguna vez haya tenido una vida más allá de su empleo.
- Sí, creo que sí. Una vez oí a mi abuela decir algo de eso - increíblemente, el muchacho parloteante se quedó pensativo, y no dijo nada más por un momento. Pero luego siguió: - Creo que fue por lo de Drea.
- ¡SHHH! ¡Podrían oírte! - dijo Skander, dándose vuelta aterrado para ver quiénes habían pasado y podían haber escuchado. Caidin rió.
- No creo que al señor y a la señora Cattermole les interese demasiado - observó. Él también se había volteado. - Pero quizás a su hija, Ellie, sí. La escuché decir que eras muy lindo - dijo conteniendo una risita.  Su amigo no dio la más mínima muestra de interés. Llegaron al puerto. En realidad, no era un puerto propiamente dicho, más bien, era un muelle, no muy grande, que, visto de lejos, o de arriba, parecía nacer del acantilado. Sin embargo, si se bajaba, podía observarse la casita tallada en la roca en la cual vivía el abuelo de Caidin. Éste era un hombre severo, y barbudo, de expresión tosca y escasamente simpática. Sin embargo, una vez entraba en confianza, era posiblemente el anciano más querible de la isla. Pero el viejo Seirian, descendiente de una larga línea de piratas, no era tan fácil de hacer entrar en confianza.
- ¿Quién es? - preguntó, cuando oyó los pasos.sobre el estrecho senderito de piedra que llegaba hasta la puerta.
- Soy yo, abuelo. Y vengo con Skander.
- Entonces pasen, rápido.
 Los chicos entraron. A Skander le encantaba ese lugar; desde la primera vez que lo había visitado, cuando tenía cuatro años y Caidin lo invitó a jugar a su casa por primera vez. Sin embargo, su padre estaba ocupado, y los llevó allí. Nunca olvidaría el momento en el cual se asustó de la serpiente marina que había colgada, y fue a esconderse detrás del gran sillón azul. Sin embargo, Caidin lo llevó de vuelta y le mostró que no podía hacerle daño. Desde entonces, fueron mejores amigos, a pesar de sus diferencias.
- ¿Y a qué te mandó tu padre esta vez? ¿Qué necesita?
- No sé. Dijo que pasara a buscar algo que le habías dicho.
- ¿Y por qué no vino él? - interrogó Seirian, pero no le dio tiempo a responder - Claro, porque no se quiere enfrentar conmigo. Bueno, no importa. Dale esto - dijo dándole una cajita chata, envuelta en papel madera.
- ¿Qué es?
- Una vieja foto que encontré. Cuando se lo dije, pensé que iba a venir e íbamos a verla, los tres juntos. Pero ya ves cómo es...
- Pero si lo viste, ¿por qué no se lo dijiste?
- Porque no lo vi. Mandé a Halvan con una nota.
 Caidin estaba a punto de preguntar por qué, entonces, no mandó la fotografía con Halvan también, pero se contuvo, porque se dio cuenta de que en realidad, era sólo una excusa. Seirian y su primogénito, Seith, el padre de Caidin, nunca habían llevado una buena relación. Él solía pasar bastante tiempo pescando en alta mar, y no pasaba mucho tiempo con sus hijos, Seith y Sia. Sin embargo, cuando sí estaba, Seith se la pasaba enfurruñado, contrariamente a su hermana, que se colgaba de las barbas del padre y hacía que le diera vueltas y le contara historias de piratas, que también eran escuchadas por él. Al ser mayores, Seith decidió quedarse en la isla y ganarse la vida con la tienda de artículos mágicos que su madre, Tangwen, solía regentar, pero Sia se fue, a vivir aventuras marítimas como las que le contaba su papá. Los hermanos tampoco tenían una gran relación, pero hacían lo que podían. Sin embargo, Caidin prácticamente no se habría enterado de la existencia de su tía si no fuera porque su abuelo le habló de ella. En ese momento, pensó en que tenía que tratar de hacer que volvieran a estar unidos, o mejor dicho, con más insistencia, porque ya había intentado.
 Mientras el joven elucubraba, su abuelo había servido té en tres tazas. Cada una de ellas estaba hecha con un caracol de distinta forma, pero del mismo color ámbar claro. El plato, que tenía una buena cantidad de scones, era en realidad una valva de ostra, bastante grande. Seirian comentaba que les había puesto un toque de canela.
- ¡Están muy buenos! - dijo Skander en cuanto terminó el primero. 'Pero les falta el toque de menta', pensó. Seirian debió haber pensado algo parecido, porque de repente se dio vuelta a mirar el mar, para disimular una lágrima que le caía por la barba. Tangwen, su esposa, solía ponerles menta. Pero había fallecido, hacía seis años ya.
 Caidin y Skander se habían peleado porque Skander no quería contarle su secreto. '¡Creí que confiabas en mí!' le había gritado él, dolido, y se fue corriendo a su casa. Ahí se encontró a su padre y a su abuelo llorando. Lo llevaron a la casa del puerto, y Tangwen estaba recostada en su cama. Parecía tan calma como siempre. Le tomó la mano, y le susurró 'Nunca dejes que nadie te haga olvidar tu esencia. Nunca dejes que tu orgullo te aleje de quienes son realmente importantes. Nunca renuncies a algo que te dice tu corazón. Y nunca olvides que siempre te quise mucho'. Y apretando su mano y cerrando los ojos, abandonó la vida. Sin embargo, él la abrazó. Su padre lo llevó de vuelta a su casa, y, sin mediar palabra, fue a acostarse. Al día siguiente, a la mañana, vino Skander a tocarle la puerta, y antes de que pudiera decirle nada, lo abrazó. 'No sé qué decir', le dijo. 'No hace falta que digas nada', le respondió él. Luego, le contó que le gustaba Drea. Fue el único en el que confió lo suficiente para decírselo. Y Caidin le repitió las palabras que Tangwen le dijo antes de morir.
 Pero el momento melancólico fue interrumpido por un fuerte sonido proveniente de arriba, y algunas rocas cayeron al mar.
- ¡NO SE MUEVAN! - gritó Seirian, y salió corriendo, dejándolos solos en la casita tallada en el acantilado.
 Los chicos se miraron.
- ¿Qué...? - pero antes de que pudiera terminar de formular la oración, hubo una especie de temblor y cayeron rocas aún más grandes. Ante el riesgo de quedar enterrados ahí, los chicos corrieron y subieron por el estrecho camino del acantilado. Una vez arriba, se dirigieron al pueblo, a la plaza principal.

¨

 Había una enorme conmoción. De un lado de la plaza, estaban la mayoría de los habitantes del pueblo. Del otro, había unas criaturas altas y de aspecto temible, que muchos no habían visto en su vida. El más alto sujetaba a una rolliza muchacha pelirroja, inconsciente. 
 Aparentemente, la chica, que Skander y Caidin identificaron como Welda, una compañera de clase, se había metido en el bosque y había llegado al pueblo de los minotauros. Naturalmente, pensando que los humanos habían roto el pacto, enfurecieron, pero la muchacha estaba asustada y muy confundida. Así que la llevaron al pueblo y exigían una explicación para no borrarlos del mapa.  El abuelo de de Drea, Michele, intentaba razonar con ellos.
- ¡Esta humana rompió el pacto! ¡Merece morir!
- Pero, según lo que cuentan, estaba confundida. Además, es sólo una joven...
- ¿Y eso qué? ¡Entró en nuestros dominios sin avisarnos!
- Pero no causó ningún daño, ¿o sí? Además, conozco a esta chica, y no creo que Welda Belarme haya tenido malas intenciones.
- De todos modos, ¿por qué vino, si...? - pero se vio interrumpido.
- Eh... ¿señor? - dijo Geneviéve con timidez.
 Sumamente desconcertado por la repentina interrupción, Thelius, el jefe minotauro, se dio vuelta para contemplarla.
- Ehm... esta chica es mi amiga, y la conozco... - a Geneviéve la intimidaba aquel rostro iracundo, pero juntó fuerzas y continuó. - A ella no le gustaba mucho la idea de andar sola por los bosques - estuvo a punto de decir 'porque los minotauros la aterraban', pero se contuvo justo a tiempo. -, y tenía que ir a llevar a su perro a una revisión, algo que nunca dejaba de hacer. Y sé que es cierto que la encontraron en su aldea, pero estoy segura de que tiene que haber una buena razón. 
 Thelius la miró un largo rato, como analizándola. Y decidió que era honesta. 
- De acuerdo - declaró. - Soltaremos a la chica. Pero algunos de ustedes vendrán con nosotros para comprobar los daños, y repararlos si los hubiese.
- ¡Yo voy! - se ofreció Michele, y fue a recibir el cuerpo inerte de Welda.
- Yo también - gruñó Seirian.
- No - dijo de repente uno de los minotauros del séquito. Era el único de color blanco, ya que los demás tenían tonos que variaban del castaño claro al negro azabache. - Irá esa muchacha. - dijo señalando a Drea.
 Las miradas de todos se posaron en ella. Drea estaba atónita, pero algo le decía que no podía discutir el designio.
- ¿Yo?
- Sí - dijo él. - No puede ser nadie más.
- Entonces, vamos con ella - terció Dia con fiereza.
 El minotauro blanco, de ojos oscuros, la miró un buen rato. Visto bien, se podía ver que no era completamente blanco, si no que gran parte de su pelo había encanecido.
- Bien. Pueden venir con ella. ¡Vamos, entonces!
 Se dieron vuelta y se prepararon para partir, pero Drea y las otras chicas no se movieron. 
- Tiene que ser ahora. ¡Ahora! - dijo Thelius con impaciencia.
- Disculpe, ¿podría darme cinco minutos? - preguntó Drea, con voz firme, que disimulaba muy bien su inquietud.
- De acuerdo - concedió el jefe a regañadientes.
 Drea se dio vuelta. Dia, Irissel, Ianna, Geneviéve y Cecile la miraban con temor.
- Chicas - empezó - no pueden...
- ¡DREA ISABELLE SYKES! ¡NO ME VAS A DECIR QUE TE DEJE SOLA EN ESTE MOMENTO! - gritó Dia.
- Dia...
- Sí, ya sé, puede ser peligroso, y todo eso. ¿Y QUÉ?? 
- De acuerdo - suspiró - Pero ustedes tienen que quedarse.
- ¡No podemos dejarlas solas! - dijo Ianna escandalizada
- ¡Sí! ¡Podría pasarles cualquier cosa! -.acotó una preocupada Irissel.
- Seamos realistas, chicas. Es una horda de minotauros, dá lo mismo que seamos dos o seis.
- Pero...
- Tienen que quedarse con Welda, ayudar a sus padres con lo que puedan, con el bebé, o el perro - dijo Dia con seriedad.
- ¡Drea! - exclamó Cecile, incrédula.
- Sí - concordó Drea. Tienen que quedarse.
- Yo voy con ustedes - dijo Geneviéve, testaruda. - No voy a dejarlas...
- No hace falta - terció una voz masculina.
 Drea se dio vuelta. Skander y Caidin habían llegado a donde estaban discutiendo.
- Nosotros vamos con ustedes. Chicas, quédense a cuidar a Welda.
 Ianna, Irissel, y Cecile, más tranquilas, empezaron a ceder, pero...
- ¿Perdón? ¿Cuál es el problema de ustedes cuatro?
 Drea, Skander, Dia, y Caidin se dieron vuelta. Geneviéve, que solía ofrecer un aspecto inocente y angelical, estaba con los brazos en jarras y los miraba con una furia que nunca le habían visto.
- A mí nadie me va a decir qué hacer y qué no hacer. Y yo adoro a Welda, pero confío en que las chicas la van a cuidar muy bien. Así que voy con ustedes, les guste o no.
 Se quedaron atónitos. 
- Bien - dijo Drea, que todavía no lo podía creer. - ¡Vamos!

¨

 Miles de kilómetros al sureste, donde ya era de noche, una muchacha se despedía de su gata.
- Hécuba, necesito que te portes bien. Jocaste va a venir a alimentarte. No hagas estupideces, y cuida a esos gatitos - dijo acariciándole el vientre con suavidad. La gata siamesa la miró, como dándole a entender que había comprendido, y rozó su cabeza contra sus piernas. Ella le acarició la cabeza, se puso la mochila, y salió por la ventana.
 Se detuvo, para escuchar. En el comedor, oyó unas voces que discutían. 'Genial', pensó. 'Más tiempo antes de que se den cuenta'. Buscó el hoyo en la valla, que nadie que no conociera su existencia podía notar, y salió. Resistió el impulso de correr, para no agotarse, pero caminó rápido. Unos quince minutos más tarde, se animó a darse vuelta. Aparentemente, en la mansión, que aún se veía desde donde ella estaba, no se habían percatado de su ausencia. 'Excelente'. En otros cinco minutos, ya estaba en la tienda de Jocaste. 
- Muy bien - dijo ésta. - Mi marido llegará en un rato, deberías ir escondiéndote. - En su tienda, la mujer vendía objetos muy variados, desde botes hasta comida para gatos. Y fue la comida para gatos la que la llevó a conocer a la joven muchacha a la que ahora ayudaba a escapar.
- De acuerdo - le contestó Hebe. Rubia, de ojos azules y mirada inteligente, era una chica muy atractiva. Sin embargo, no tenía amigos, porque su madre nunca la dejaba salir. Y ya se había cansado de eso. - ¿Es éste el bote?
- Sí - le contestó la señora, mirando por la ventana. Se dio vuelta. - Necesito que me prometas que te vas a cuidar mucho - dijo, mirándola. Le había tomado un gran cariño, y si no fuera porque su madre era capaz de cualquier cosa, la habría invitado a vivir con ella. Se llevaría muy bien con su propia hija, Helena. 
- Por supuesto - dijo Hebe, y la abrazó. Notó que algunas lágrimas corrían por su rostro, pero no se secó.
- Bien - le dijo emocionada Jocaste. - Ahora, hay que esconderse. En ese bote. No te preocupes por la funda, la pongo yo. ¡Rápido!
 Hebe se metió ahí y se quedó sumamente quieta, esperando. Dos minutos más tarde, llegó Hermes, el marido de Jocaste. 
- ¿Está lista? - susurró éste.
- Sí. Tengan cuidado.
 Hermes, con la ayuda de otros hombres, tomó el bote que le señaló su esposa y lo subió al barco. 
- Intenta no hacer mucho ruido - le susurró a Hebe. - En media hora salimos.
 Esa media hora se le hizo eterna. Pensaba qué podría estar ocurriendo en su casa ahora mismo. Era posible que no se dieran cuenta de su ausencia hasta la mañana siguiente, pero aún así...
 El barco finalmente zarpó. Pero aún no se animaba a moverse. 
- Bueno, si te parece, es hora de salir de ahí - susurró Hermes.
 Ella asomó la cabeza con timidez. Y miró por la cubierta. A pesar de que desde que tenía memoria podía ver el mar desde su casa, nunca lo sintió tan cercano como en ese momento, que la ayudaba a escapar. Le parecía un espectáculo sumamente bello. El hombre vio su expresión y comprendió exactamente lo que sentía. Después de dejarla extasiada por un rato, le dijo:
- Y ahora, te voy a mostrar tu camarote. 
 Hebe se sobresaltó un poco, ya que había olvidado por completo su presencia, y dónde estaba, y por qué estaba ahí. Pero se levantó, y lo siguió a un camarote, mucho más humilde que su habitación, con una cama bastante más dura. Y aún así, a pesar de esto, durmió mejor que nunca, porque se sentía libre, completamente libre.

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