lunes, 30 de enero de 2012

Capítulo 6 - Despedida

 El camino era bastante largo, y empezaba a anochecer. Además, los minotauros no eran lo que se dice unos compañeros agradables y parlanchines. Cada tanto se daban vuelta para comprobar que seguían con ellos y se hablaban en un extraño idioma.
 Drea, Dia, y Geneviéve iban algo más adelante. Mientras, Caidin le susurraba a Skander:
- '¡No hace falta, nosotros las vamos a acompañar!' - dijo en un murmullo histérico - ¿En qué estabas pensando? ¿Y por qué me incluiste? ¡No es que no sea interesante, pero estoy muriendo de frío y esos minotauros...!
 Pero de repente hubo un susurro en unos arbustos cercanos, y Caidin pegó un salto impresionante. Las chicas se sobresaltaron.
- Sólo es un ciervo - dijo Skander, sin levantar la voz. Vamos.
 La ventaja de aquel susto era que, aparentemente, había hecho que los miedos de Caidin se disiparan, o por lo menos, que no los verbalizara. Siguieron por unos veinte minutos, hasta que llegaron a unos muros altos, que aparentemente rodeaban la aldea. Se detuvieron.
- Ahora, vamos a dividirnos, para hacer más rápido - aquel comentario no alentó demasiado a los chicos, pero el minotauro, al ver sus caras, dijo: - Ustedes vengan conmigo.
 Así que siguieron a Thelius y al minotauro anciano por la entrada. Pero, en lugar de ver la aldea, vieron otro muro, igual de alto.
- Nuestras aldeas están protegidas por laberintos, para evitar molestias. - explicó Thelius. - No se separen de mí, o podrían permanecer por el resto de sus vidas en este lugar.
 Ya era de noche, y sólo veían por las antorchas que colgaban de cadenas en los muros. Iban en silencio. Cada tanto veían algún hueso de alguna criatura pequeña. Ante esto, Thelius negaba con la cabeza, una señal que Drea interpretó como 'Es una lástima que haya muerto esta criatura, y no un humano'. Pero no era culpa de ellos todo lo que los otros humanos les habían hecho en otros tiempos. Mientras su mente divagaba pensando otras excusas para evitar que les hicieran algo en caso de que se enojaran, llegaron a la aldea. Los edificios eran similares a las ruinas de Cnosos, sólo que no eran ruinas. Otros minotauros también llegaban en ese momento.
- Ustedes revisen por allá - dijo el jefe con voz imperiosa. - Y ustedes, vengan por acá, al ágora. Yo reviso la Acrópolis. - Mientras hablaba, su homólogo anciano se escabulló.
  Dia y Geneviéve iban abrazadas. Geneviéve estaba asustada, pero iba con determinación. Drea, en cambio, ya no tenía miedo. Por otra parte, Dia pensaba en cómo podían escapar. Skander estaba tranquilo porque no creía que Welda hubiera causado algún daño. Caidin iba pensando qué harían ellos si hubiera algún daño. De todos modos, siguieron al líder. Mientras se dirigían a su destino, vieron a unos minotauros pequeños correteando. Se sorprendieron un poco. 'Éstos son sus hijos', pensó Skander. 'Y aquéllas deben ser sus madres'. Finalmente, llegaron a la Acrópolis. Ésta estaba ubicada sobre una colina, y se accedía por una escalera de mármol en espiral. Una leve niebla etérea, de aspecto mágico, cubría el piso, aumentando la sensación de misticismo.
 Entraron primero en un templo, que aparentemente recibía las ofrendas. Había un altar con una estatuilla de una mujer de belleza inmaculada y rostro bondadoso, con un tocado que simulaba unos cuernos, y ambas manos extendidas: en una portaba un escudo, y en otra, una lechuza.
- Éste - explicó Thelius - es el santuario de Ismene.
- ¿Y por qué está representada cómo humana? - interrogó Drea, olvidándose que se dirigía al líder de una raza que no le tenía mucho aprecio a la suya. Aquello la había intrigado desde que había ingresado a aquél lugar.
- Porque fue una humana. Ella fue quién salvo a nuestra especie, después de la maldición.
 'Eso no explica mucho', pensó Drea.
 Siguieron, y entraron a otra estancia, más espaciosa. La estatua que había ahí, de un minotauro de aspecto casi simpático, era más grande que la otra. Delante de ella, había una hoguera.
- Éste es el fuego de la vida, protegido por Thelespius, un antiguo rey. El que nos trajo a este lugar, de hecho. Thelespius protege nuestras aldeas. ¿Alguna duda al respecto? - le preguntó a Drea. Ésta negó con la cabeza silenciosamente, y salieron de aquel lugar.
 Por último, llegaron al último edificio de la Acrópolis. Era el más imponente, y para acceder, había que subir otra escalera. Desde allí, podía verse el mar, aparentemente infinito. La puerta que lo protegía también era inmensa, y estaba hecha de cedro. Tenía hechos unos intrincados dibujos, que al parecer, relataban la historia de los minotauros. En el centro, había una gema de ámbar del tamaño de una mano, y se podía ver que habían tallado un escudo.
- Córranse un poco - ordenó Thelius. Acto seguido, sacó su hacha, y con el extremo del mango, que tenía el mismo escudo, pero en relieve, empujó al ámbar.
 La puerta se abrió de par en par, y las antorchas se encendieron una a una hasta llegar a la grande del final. Esta última iluminaba una estatua de unos tres metros y medio, de otra mujer. Ésta parecía algo mayor que Ismene, y mucho más severa, y sostenía en una mano un tridente, y en la otra, una balanza. Sin embargo, también era de una gran belleza. Delante de ella se veían algunas piedras, como de algo que hubiera estado en frente de la efigie y luego fue destruido. Pero el líder de los minotauros no pareció darse cuenta.
 Thelius, al ver la estatua, se arrodilló. Permaneció un buen rato así, hasta que se levantó y dijo en voz baja y respetuosa:
- Pasífae, la Diosa Madre. Ella es...
 Pero no se llegaron a enterar qué era exactamente, porque Thelius se detuvo. Pareció que se quedó sin respiración. Después, ignorando completamente a los chicos, salió, y convocó al pueblo.

¨

 Si algo estaba mal, aunque no supieran exactamente qué, en el templo de una diosa aparentemente suprema, y había sido culpa de un humano, no era una idea muy inteligente quedarse ahí. Así que siguieron al jefe de los minotauros, a ver qué pasó.
 Toda la aldea estaba reunida ahí. El minotauro anciano reapareció, y hablaba en voz baja con el líder, visiblemente nervioso.
 Al final, habló.
 Y no dio un gran discurso, ni nada muy elaborado, ni palabras alentadoras. Sólo dijo una oración.
- El hacha de la Diosa ha sido robada.
 Y el pueblo estalló en terror. Lo primero que hicieron fue señalar a los únicos cinco humanos que había, e intentaron abalanzarse sobre ellos. Pero el otro minotauro los detuvo.
- Estos muchachos no tienen nada que ver con el robo, ni la chica que vimos hoy a la tarde.
 Hubo un murmullo de incredulidad, y luego, alguien gritó:
- ¡Matémolos igual!
 Geneviéve tembló. Parecía a punto de desmayarse.
- ¿Estás seguro, Glaucus? - interrogó Thelius.
- ¿Estás dudando de mis capacidades, Thelius? En cuanto a ustedes, ¿qué ganarían con matar a estos chicos inocentes? Nada, idiotas.
- ¿Y entonces?
- Ellos - dijo Glaucus mirando a los chicos - van a tener que recuperar el hacha.
- Pero si estás diciendo que son inocentes... - Thelius no parecía comprender.
- ¡Estoy diciendo que ellos tienen que recuperar el hacha! ¿Quién es el que comprende los designios de la Diosa? ¡Todo tiene una causa, pero eso no quiere decir que lo tengas que saber todo! - dijo airado el viejo minotauro. Luego, se dio vuelta, y se dirigió a Drea y sus amigos - Vamos, van a tener que ir a su pueblo antes de partir. Yo los acompaño.
 Estaban anonadados.
-¿Partir? - preguntó Dia. - ¿El hacha no está en la isla?
- Claramente, no. Ahora, síganme.

¨

 El viejo Glaucus parecía sumamente gruñón, y los chicos no estaban seguros de poder preguntarles todas sus dudas, que a decir verdad eran muchas. De repente, el minotauro, que iba unos pasos adelante de ellos, se derrumbó y quedó boca arriba. 'Genial' pensó Skander. 'Ahora van a pensar que matamos al chamán amargado'. Pero no estaba muerto, estaba con los ojos abiertos, y miraba sin ver, como viendo más allá de lo que no miraba.
 Caidin miró a sus compañeros y luego, al místico. Luego, se acercó.
- Eh... ¿está usted bien, señor...?
- Sí - dijo Glaucus, pero no parecía dirigirse a Caidin - ¡CLARO QUE SÍ! 
Y dicho esto, saltó y se incorporó, de un modo tan repentino que Caidin cayó a los pies de Geneviéve. Se dio vuelta, e informó:
- Falta alguien. Su presencia será crucial, pero tiene que ser su decisión ¡Rápido! - y siguió el camino a la mayor velocidad que le era posible.
 Los chicos se miraron, con el desconcierto reflejado en sus caras, y fueron tras él. Después de todo, no era una noche muy auspiciosa para dormir en el bosque.

 ¨

 Mientras tanto, en Daerskai, Michele y Seirian estaban juntando hombres para ir a buscar a los chicos, ya que ya había anochecido y todavía no volvían. Letizia también quería ir, pero Michele no se lo permitió. Pero antes de que la comitiva partiera, llegó Glaucus, precedido por los exhaustos chicos. 
- ¿Qué pasó? - le preguntó Michele a Drea, abrazándola.
- Tenemos que ir a buscar... - se dio vuelta y miró al viejo centauro - un hacha.
- ¡No es cualquier hacha! ¡Es el hacha de Pasífae, la Diosa Madre! ¡Se dice que tiene grandes poderes! ¡No podemos dejarla en manos equivocadas! - parecía alterado por el hecho de que aquellos humanos se refiriesen a su hacha como una simple hacha.
 Letizia se acercó a Glaucus y lo miró desafiante.
- Mi hija no va a ir a ninguna parte.
- Pero... 
- Nada, Drea. No te lo voy a permitir.
 Glaucus la miró 
- Por supuesto que va a venir.
- No. ¡No pueden...!
 Pero Michele la detuvo. La apartó un poco y le susurró algo. Letizia lo miró con incredulidad, le dijo algo y se volvió al viejo místico.
- Si le pasa algo a mi hija, voy a matarte con mis propias manos.
- De acuerdo - dijo Glaucus sin siquiera inmutarse.
 Drea la miró incrédula. No estaba segura de por qué tenía que ir, pero sabía, de algún modo, que tenía que ser ella. Su mente era un torbellino de emociones en aquel momento.
- ¿Cuándo nos vamos?
- Al alba. Duerman bien.
 No preguntó nada más, aunque tenía mil dudas en la cabeza. Se dio vuelta y tomó por una callecita angosta.
- ¡Drea! ¡Drea! - la llamó Dia, pero como no contestaba, la siguió. Geneviéve, Skander y Caidin fueron tras ellas.
 Drea se detuvo en una casita de aspecto simpático, y tocó a la puerta. A pesar de que era bastante tarde, una mujer rolliza le abrió. 
- Vengo a ver a Welda.
- Claro, querida, claro. Está en su cuarto, con las otras chicas. Creo que todavía duerme. ¿Qué...?
- Dia va a explicarle - fue todo lo que dijo, y subió.

¨
  
 Welda estaba recostada en la cama. Cuando Drea entró, abrió los ojos, y sonrió levemente.
- ¡Drea! ¿Qué...? - de repente, pareció darse cuenta de la presencia de las otras chicas. Irissel estaba mirando por la ventana, mientras Ianna examinaba la biblioteca, y Cecile vigilaba el sueño de Welda. Al oír la voz de la muchacha, Ianna e Irissel voltearon a verla, y después a Drea.
- ¿Cómo estás? - le preguntó, preocupada.
- Yo... ¿qué hago acá? ¿dónde está Heracles?
 Al oír su nombre, el enorme perro apareció aparentemente de la nada y movió la cola feliz. Drea observó que había estado durmiendo en la alfombra debajo de la cama de su ama, medio oculto debajo de ésta, y por eso no lo había visto antes. Cecile comenzó a explicarle.
- Bueno, aparentemente fuiste al pueblo de los minotauros - al ver la cara de terror de la chica, Drea se dio cuenta que nunca lo hubiera hecho por voluntad propia, y menos estando sola - y ellos se enojaron y te trajeron al pueblo exigiendo explicaciones. Aparentemente, te encontraron confundida, y te desmayaste, y fue entonces cuando te trajeron.
 La chica se quedó pensativa. 
- No me acuerdo de nada, en absoluto. 
- ¿Qué es lo último que te viene a la mente? - le preguntó con delicadeza.
- Bueno, volvía de la escuela a casa, para llevar a Heracles al veterinario, como les dije. Llegué a mi casa y decidí no ponerle la correa, si siempre va por donde yo voy. Luego de eso, sólo recuerdo haber salido a la puerta. Después, nada.
- ¿Y no notaste nada raro al venir para tu casa? - insistió. Sus amigas la miraron con una expresión extraña. En eso llegaron los demás, pero no pasaron porque Drea seguía en la puerta. Welda intentó recordar, y no sé dio cuenta de que estaban los demás.
- Bueno, había un hombre.
- ¿Quién?
- No lo sé, ése es el punto. No era del pueblo, creo, o nunca lo vi. 
 Drea estaba tentada a seguir preguntando, pero Cecile puso cara de '¡Es suficiente!' y decidió terminar su interrogatorio. En eso, Dia la empujó, y ella y los demás pasaron al cuarto. Welda los saludó a todos, y, entre los cinco, le contaron lo que pasó. Ianna bajó un momento a avisarle a la madre de Welda, Chantal, que su hija había despertado. Luego, cuando terminaron, cayó con la cena (ya que Welda no había comido nada desde el desayuno) y su hermanito, Norbert, que quería verla. Los chicos decidieron que ya era tarde y salieron, con Irissel y Cecile, luego de despedirse. Ianna bajó a preguntarle a Chantal si podía quedarse a pasar la noche con Welda, para asegurarse de que estuviera bien. Se despidieron también de Ianna, y se fueron.

¨

 Una hora después, luego de acompañar a Irissel y a Cecile a sus casas, volvieron a la Plaza Central. No había nadie ya. 
- ¿Cómo vamos a decirlo? - preguntó Drea, sin dirigirse a nadie en particular.
- ¿Decir qué? - dijo Caidin, mirándola.
- Me refiero a... ¿cómo vamos a decirles a nuestras familias que nos vamos?
- Oh. No lo había pensado.
- Yo le voy a decir a papá - dijo Dia. - Él va a entender que no puedo dejarte sola. Cuando me vaya, él va a tener que explicarle a mamá. No va a aceptar que me vaya hasta que me haya ido.
- Yo lo tengo difícil - terció Geneviève. - No sólo no creo que mis padres lo acepten con facilidad, mis hermanos tampoco. Sí, son de esos clásicos hermanos mayores sobreprotectores.
- Mi padre seguro lo entiende - dijo Caidin. - Él siempre fue muy comprensivo, o por lo menos lo intentó. No sé.
 Skander permaneció en silencio. Todos lo miraron.
- ¿Skander...? - dijo Drea dubitativamente.
- Yo no voy a decirles nada. 
- ¿Por qué?
- No creo que noten mi ausencia. Sólo mi bisabuela se daría cuenta...
- Entonces, yo creo que deberías avisarle - dijo Drea con dulzura. - Sufriría mucho si te vas sin despedirte. 
 Skander la miró a los ojos. Ella le sonrió. Geneviéve, que no estaba prestando atención, dijo:
- Bueno, debemos irnos.
- Sí, vamos, Drea. 
- Nosotros tenemos que ir por el otro lado - señaló Skander. - ¿Nos vemos después?
- De acuerdo. Hasta luego - contestó la chica de ojos violeta, sonriente.
 Fueron con Geneviéve a su casa, donde su padre, con una bata de conejitos que causó un gran ataque de risa de Dia, que se tuvo que retirar, la recibió con preocupación. 
- Pensamos que estabas con Irissel, o Cecile. ¿Qué pasó?
- Ahora te explico...
 Drea saludó al padre de su amiga y fue a buscar a Dia, que estaba detrás de un árbol, con la cara roja y todavía riendo.
- Vamos. - y emprendieron el camino entre risitas.

 ¨

 Finalmente, llegaron a la casa de Dia.
- Bueno... 
- ¿Te pasa lo mismo que a mí?
- ¿Qué exactamente?
 Drea buscó las palabras exactas para definir lo que sentía.
- Que tenemos que hacer esto. No sé por qué, pero lo tenemos que hacer. Nosotros.
 Dia reflexionó un momento.
- Sí, creo que te entiendo. Hay algo que me llama.
- ¡Exacto!
- Pero no sé qué. Bueno, voy a intentar hablar con papá. 
- De acuerdo. Nos vemos al alba, entonces.
 Dia la abrazó.
- Te quiero mucho.
- Yo también, Dia. Hasta luego.

¨

 Drea llegó finalmente a su casa. Encontró todo silencioso. Liddell dormía plácidamente, en su lujosa camita, pero cuando llegó y cerró la puerta, se despertó. La miró con aire ofendido, hasta que ella se disculpó. Luego, satisfecho, la siguió por las escaleras.
- ¿Mamá?
 Letizia había estado llorando silenciosamente. Cuando se dio vuelta, aun tenía los ojos rojos e hinchados, y le caían las lágrimas. Madre e hija compartieron un largo y emotivo abrazo. Luego, Drea se sentó en la cama, y Letizia buscó algo en un cajón de su cómoda. Unos cuantos minutos más tarde, Drea se atrevió a preguntar qué estaba buscando.
- Ahora voy... un minuto... no, el orden no es mi fuerte... ¡al fin!
 Letizia sacó una cajita diminuta y se la dio a Drea. Era una cajita de madera, pero había flores, hadas, y árboles tallados intrincadamente. En la tapa, había una mariposa. Drea la abrió. Había una pequeña gema en forma de corazón. Cuando la sacó, se dio cuenta que era un colgante.
- Encontré esa gema el día que me enteré que estaba embarazada - dijo Letizia. - Estaba ahí en la playa. Pensé, 'si mi bebé es niña, voy a hacerle un colgante con esto. Y si es varón...' y me quedé un rato pensando qué podía hacer si eras varón. Pero al final, me convencí de que no, que mi bebé no iba a ser varón. Y tenía razón. Tu padre hizo la caja.
 Drea la miró. Era la primera vez en quince años y medio que la oía nombrar a su padre, según recordaba. Ella siguió hablando.
- Te la iba a dar para tu decimosexto cumpleaños, pero algo me dijo que éste era el momento.
 Drea decidió que no era el momento de preguntar sobre su padre. Como muchos chicos que conocieron a uno solo de sus progenitores, o a ninguno, tenía curiosidad por saber más de él, pero no era algo que realmente le importara demasiado. Siempre había tenido todo lo que necesitaba con su madre. Le pidió que le pusiera el colgante, y la abrazó un rato más. Luego, subió a su cuarto, pero no pudo dormir. Se preparó un bolsito con cosas que podría necesitar, se cambió, saludó a Letizia, y se fue.

No hay comentarios:

Publicar un comentario