sábado, 22 de diciembre de 2012

Capítulo 8 - Isolda

 El hombre analizaba el hacha cuidadosamente.
- ¿Te costó mucho conseguirla?
- No - dijo con acento perezoso. - No había nadie resguardándola. Me aseguré de que así fuera.
- ¿Pero estás seguro de que es la verdadera?
- Por supuesto. Observa - tomó el hacha y le mostró unas inscripciones en el mango. Estas estaban hechas con unos caracteres extraños, como un híbrido del alfabeto griego, el fenicio, y el futhark.
- ¿Qué dice?
- Que es muy buena para pelar papas.
 El otro lo miró con el ceño fruncido, y luego, con la misma expresión, volvió a analizar la inscripción.
- ¿De verdad?
 Arcturus no pudo contener una fría carcajada.
- A veces no entiendo cómo te levantas cada mañana. La inscripción es una cita de algún poema antiguo dedicado a la Diosa, pero dudo que la entiendas, así que no veo por qué traducirla. Sin embargo, es suficiente para comprobar su autenticidad.
- Oh... y ahora, ¿qué haremos?
- Tenemos que seguir con el plan. Vamos a Gibraltar.

¨

 Mientras tanto, en Sykes Island, Liddell jugaba tranquilo en la casa. Extrañaba a Drea, era cierto, pero ahora tenía la casa a sus anchas, ya que Letizia solía estar absorta en sus cosas como para retarlo por nimiedades como subirse a la mesa o meterse en la frutera (que siempre estaba vacía, así que no comprendía por qué no podía estar ahí, a sus anchas). A veces salía a jugar con Lonnie, la cachorrita de los vecinos, pero no le agradaba tanto porque ésta no sabía comprender cuándo terminaba el juego. Típico de los cánidos. Así que decidió explorar el sótano. 
 En el sótano había arañas, ya que los habitantes de la casa no solían ir ahí. Liddell se entretuvo cazando unas cuantas, pero luego se aburrió, y decidió ver qué más había. Subió a un escritorio, trepó varios estantes, hasta que finalmente se tiró a descansar en el alféizar del ventanuco, puesto que aparentemente no había nada que valiera la pena bajo todo aquel polvo. 
 Desde su posición, en la cual se sentía como un rey (como en todos lados) observó la habitación con expresión altanera. Aquello no era digno de un gato real. De repente, le pareció ver movimiento debajo de la estantería, así que sin hacer el mínimo ruido se irguió, se acercó sigilosamente, y empezó a acechar. Sin embargo, sólo resultó ser una araña más grande que las otras, y se metió a su escondite de vuelta. Estiró las patitas lo más que pudo e intentó acercarla, pero la muy desgraciada ya estaba lejos. Se retiró, derrotado. Pero vio que, tratando de cazar a aquella estúpida araña, había sacado algo de abajo del escritorio. Un sobre. 
 Quiso llevárselo a Letizia, pero no hubo forma. Sabía que lo apreciaría más que las arañas, pero no si no se lo podía llevar. Finalmente, decidió maullar hasta que se dignara a venir. Y no tardó mucho.
- ¡Liddell! ¿Por qué estás en el sótano? ¡Y estuviste cazando arañas! - regañó Letizia.
 El gatito negro la miró con cara de '¿Y eso importa ahora?', y maulló de vuelta, moviendo el sobre con la patita en dirección a su dueña. 
- ¿Qué es eso?
 Si hubiera podido hablar, la respuesta hubiera sido '¿Tengo cara de saber leer?'. Pero se limitó a maullar mientras Letizia leía la carta. 
- Es de... no... no puede ser... - dijo, entre abatida y sorprendida.
Liddell maulló y se frotó contra su pierna, esperando recibir su recompensa, pero ella estaba muy tensa por lo que acababa de leer, así que lo acarició distraídamente. 
- ¿Dónde estaba, gatito?
 El gatito se dirigió a la estantería y señaló el corto espacio entre el primer estante y el suelo. En eso, salió la araña grande, y Liddell, ni lento ni perezoso, la cazó de un zarpazo.
- Con razón... así nunca... gracias... creo. - le dirigió una mirada extraña antes de levantarlo y llevarlo arriba, donde le sirvió su platito de comida. El gato comió, satisfecho, y luego se dirigió a su almohadón. Ya era hora de la siesta.

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 Entre tanto, otra gata, Hécuba, huía de su hogar. Últimamente, en la casa había muchos gritos, seguidos de la entrada de mucha gente a perseguir a la causante, y no le parecía un buen lugar donde criar a sus gatitos. Además, extrañaba muchísimo a su dueña. La señora Megara Iskalitaki no era mala, ni tampoco su marido, Milcíades, pero Éride era algo inestable, y no le gustaba tenerla cerca ni un poquito. Tenía la horrible sensación de que cada vez que la levantaba podía arrojarla con fuerza contra la pared, cosa que por suerte aún no había hecho. Así que, como pudo, atravesó la reja (ya que no podía saltarla, pues el peso de su vientre no se lo permitía) y salió de la mansión. Bajó por la colina sigilosamente, alerta de cualquier peligro que la pudiera acechar. Ignoraba que en ese lugar no había depredadores, pero aún así nunca estaba demás ser precavida. Por suerte, sólo se cruzó con una liebre gorda en el camino, que huyó al verla, y finalmente llegó al pueblo. Caminó unos pasos en dirección al leve olor a comida que sentía, hasta que una muchacha la encontró.
- ¡Hola, gatito! - dijo ella, acercándose a acariciarla. Hécuba se dejó mimar. No solía dejarse tocar tan fácilmente por extraños, pero algo en aquella chica la hacía acordar a su dueña. - A ver... - dijo la chica, observando la medallita que colgaba de su collar. - Hécuba. Ese es tu nombre, ¿verdad? - Hécuba maulló. - Excelente. Voy a llevarte a casa y alimentarte, y luego volverás con tus dueños - dijo la adolescente sonriente. Hécuba maulló de vuelta. No quería volver. Sin embargo, se dejó llevar.
 Entraron a una tienda.
- Hola, Helena - saludó la dueña.
- Mamá, encontré una gata siamesa - le informó Helena a su madre. Tenía el pelo largo y ondulado, sujeto por una especie de rodete, así como ojos verde azulado, y una nariz perfecta.
- ¿Una gata siamesa? Qué raro, la única que conozco es... - se detuvo a mirar a la gata, que le devolvió la mirada. - ¿Cómo se llama?
- Su medallita dice Hécuba.
- Entonces es la gata de Hebe.
- ¿La muchacha que ayudaron a escapar el otro día?
- Exactamente. Mira, aún no tuvo a sus gatitos. Hay que darle de comer. Yo me encargo.
- No la vamos a llevar con sus dueños, ¿no? - preguntó Helena asustada. Había oído que la madre de la chica Hebe era una chiflada, y no quería que le hicieran daño a la pobre gata ni a sus bebés. Por otro lado, tenía la sensación de que le estaba 'robando' la gata a Hebe, ¿pero qué elección tenía?
- No, claro que no. Prepara dos cajas de arena, una arriba y otra abajo, y una cama. Hécuba se queda con nosotros.
 La gata al principio se sintió algo extraña. Desde que nació había vivido en la Mansión Iskalitaki, y había sido dueña y señora tanto de la casa como de sus amplios terrenos, y todos, tanto miembros de la familia como criados, le rendían pleitesía. Y ahora estaba en una casa mediana, no podía ir a la parte del frente porque estaba el negocio y podía ser reconocida y mucho menos ir por los tejados. Pero Helena y Jocaste la trataron muy bien, y al cabo de unos días ya estaba en su casa.
 Una tarde, no la encontró por ninguna parte. Dio vuelta la casa, para hallarla finalmente en un armario de la cocina. Pero no estaba sola...
- ¡Mamá! ¡Hécuba tuvo a sus gatitos!
 Hécuba estaba recostada en el armario, llena de paz. Eran cuatro machos, de distintos colores, todos muy lindos y muy chiquitos. De momento, lo único que hacían era lloriquear e intentar dirigirse a ciegas a alimentarse de su madre. Helena se dio cuenta que había otro gatito algo apartado, y lo acercó a sus hermanitos. Era la única hembra. Luego, le acarició la cabeza a Hécuba, que ronroneaba, feliz, mientras sus hijitos mamaban de ella. Había vivido lujos en su antigua casa, pero nada se comparaba con esto.

¨

 En algún lugar de Londres, Isolda Wright se preparaba para ir al trabajo. Con su carré francés, su pelo castaño, sus ojos oscuros y su tez clara, era probablemente una de las mujeres más hermosas del sur de Inglaterra. Tenía 19 años, y tenía un empleo temporal en el Ministerio de la Magia, en la Oficina de Registro de Magos y Brujas del Reino Unido. A pesar de que soñaba con ser una arqueóloga mágica y viajar a lugares como Perú, Egipto y China, había decidido comenzar a trabajar ahí para ver si averiguaba algo sobre su origen.
 Isolda se había criado en un orfanato. Fue adoptada a los nueve años, y aunque quería mucho a sus padres y hermana adoptivos, sentía mucha curiosidad por su madre verdadera. Recordaba haberle preguntado a muchas de las que trabajaban en el orfanato, incluso las más ancianas, pero ninguna pudo responderle porque o no trabajaban ahí en ese momento o no estaban el día que ella llegó. Hasta que un día, una de las que trabajaban em la limpieza recordó que en una habitación del fondo habitaba la antigua directora, pero que su memoria estaba fallando, ya que contaba con 89 años. La niña corrió al lugar donde se hospedaba la anciana, y comenzó:
- Mmm... señora... - estaba a punto de darse vuelta y echar a correr, pero la vieja le respondió:
- Nena... ¿quieres saber de dónde vienes?
 Isolda se preguntó cómo demonios lo sabía.
- Pues sí.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Isolda Wright.
 La vieja hizo un gestito de sorpresa.
- ¡Oh, me acuerdo perfectamente! - dijo ella. - Sí, sí. Era una tarde neblinosa de octubre. Tu madre era una joven hermosa, parecida a ti. Ella no te quería dejar, pero su madre la obligó. Dijo que si no iba a matarte con sus propias manos, así que saqué mi varita, pero no pasó nada. Cuando la arrastraba lejos, nos gritó que tu nombre era Isolda Wright, y que tu cumpleaños era el 21 de septiembre, pero nada más. No supimos su nombre - la anciana frunció el ceño. - Tu abuela era una vieja amargada, parecía de las típicas ricachonas que temen que la sociedad levante sus faldas con el murmullo de que su hija fue una madre joven. Acércate - ordenó de repente, y la niña obedeció. - Lamento no poder ayudarte, niña, pero espero que puedas encontrar a tu mamá. Y si ves a tu abuela... dale una buena patada de mi parte.
- M-muchas gracias, señora.
- Ahora vete. Ya es la hora de comer, y seguro te dan una reprimenda si llegas tarde. No hay nada que agradecer.
 Isolda se dirigió al comedor. '¿Mala memoria?', pensó. 'La anciana me contó todo con lujo de detalles'. Luego se le ocurrió que quizás ella no tenía idea de quién era y que había inventado toda esa historia para no hacerla sentir mal y que tuviera alguna esperanza. Es más, parecía que así era, ya que le había preguntado si quería saber su origen, como si tuviera todo preparado. No obstante, tenía la sensación de que la anciana señora no mentía.
 Unos meses más tarde, fue adoptada por los Telden, aunque le permitieron conservar su apellido. Fue toda una sorpresa para ellos ver que a los once años recibía su carta para ir a Hogwarts, pero nada cambió en su relación. El Sombrero Seleccionador la puso en Slytherin, lo que llamó su atención, ya que se decía que sólo entraban en esa casa los magos de sangre pura. Esto avivó su interés por encontrar a su madre, pero no tenía forma de saber si, por ejemplo, alguno de los premios le pertenecía a ella, o era una de las fotos de los equipos de Quidditch, o siquiera si había ido a Hogwarts, porque bien podía haber sido una extranjera.
 Tres años más tarde, Zara, su hermana, otra niña que adoptaron los Telden, también recibió su lechuza, y, aunque le hubiera gustado que fuera a Slytherin con ella, le tocó Ravenclaw, lo que la enorgulleció. Siempre había sido muy inteligente.
 Todo esto daba vueltas vagamente por la mente de Isolda en el momento en que llegó al Ministerio.
- Buenos días, Wright - la saludó Mafalda Hopkirk al pasar.
- Hola, Mafalda.
- ¡Cuidado! - un joven mago que venía con una enorme caja tropezó con Isolda y casi la deja caer encima de su interlocutora. Ella, sin embargo, sacó su varita y la sacudió, y la caja permaneció en el aire.
- Quizás deberías intentar un encantamiento de levitación - le dijo con frialdad. Dejó caer la caja con suavidad en el suelo y se fue muy ofendida, mientras Isolda se mordía los labios para contener la risa.
 El chico suspiró.
- Odio ser tan torpe.
 Isolda le puso una mano en el hombro, aún entre risitas.
- No te preocupes, le pasa a todo el mundo. ¿Qué tenemos hoy?
- Fwoopers. Media docena. No estaban en malas condiciones, pero el dueño no tenía licencia ni les realizó el encantamiento insonorizador, y lo encontramos bailando canciones de Celestina Warbeck con una pollera y un abrigo de piel como única vestimenta.
 Ella rió, a pesar de que lo que había dicho no tenía nada de gracioso. Los fwoopers eran conocidos por su canto, que terminaba en volver loco al que lo oía, y el hecho de que no hayan tenido el encantamiento insonorizador resultaba peligroso para la gente que vivía cerca del dueño.
- Benjamin... - comenzó Isolda.
- ¡COTTON! - llamó una enojada mujer. Era Lorna Clawthorne, la directora del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, la jefa de Benjamin. El aludido se sobresaltó, y entre torpes disculpas, hizo levitar la caja y fue en dirección a Madam Clawthorne, que lo retaba airadamente, y se dirigieron a los ascensores.
 Isolda miró al chico irse con cierta decepción, pero antes de que pudiera empezar a lamentarse, éste se dio vuelta y le gritó:
- ¡El ministro te estuvo buscando!
 Ella se quedó dura. Conocía al ministro, como cualquiera que trabajase ahí, pero nunca había tenido ningún trato con él. Luego reaccionó, y se dirigió a la oficina. No quería que pensaran que no había ido al trabajo. Ya tendría tiempo para hablar con quien fuera necesario.
 Cuando abrió, se encontró a su jefe, Lloyd Munch, charlando con el mismísimo Kingsley Shacklebolt, el ministro de la Magia. Eran dos figuras sumamente contrastantes: Munch era un anciano de aspecto frágil y tembloroso, mientras que Shacklebolt era alto, imponente y musculoso, de piel oscura y voz tranquilizadora. Hacía doce años que asumió, y desde entonces no había dejado de trabajar para que la sociedad mágica fuera más justa.
- Wright, el ministro requiere tener una conferencia con usted - normalmente, el viejo Munch no era tan pomposo, pero la presencia del ministro parecía quitar de él todo indicio de informalidad.
 Shacklebolt puso los ojos en blanco.
- Si no es molestia...
- No, para nada - dijo Isolda, y lo siguió fuera de la oficina.
- Necesitamos un intérprete para un viaje - dijo él sin rodeos - y sabemos de tu dominio del francés, el español y el coreano, aparte del inglés. ¿Te interesa?
 Isolda se sorprendió bastante. No era ningún secreto que le encantaba aprender idiomas desde pequeña (era la mejor en las clases de francés del orfanato, que les impartían desde los tres años, y hacía un mes había empezado clases de italiano) y que no le costaban para nada, pero le llamaba la atención que la llamaran a ella. Después de todo, seguramente habría otros magos en puestos más relevantes que supieran hablar otros idiomas, por más que se dijera que los británicos no eran buenos políglotas. Ella era prácticamente una empleada de archivo.
- Sé que no es común - dijo Shacklebolt, como si leyera sus pensamientos - pero realmente necesitamos a alguien. Todos tus gastos los cubre el Ministerio. Además ¿no sería una buena manera de escapar de Munch sin renunciar? - y le guiñó el ojo.
- Sí pero... ¿por qué yo? - dijo Isolda, mirándolo a los ojos.
 Él la miró.
- A veces, no hay que cuestionar las oportunidades, sólo aceptarlas. Vamos, que Susan Hitchens es sólo dura con los que incumplen la ley. Además, va a acompañarlas Carter, para protegerlas.
- ¿Carter para protegernos? Podríamos correr peligro de verdad - dijo Isolda, irónica. Robert Carter era un mago que por alguna razón había llegado a ser Auror. Muchos solían decir por lo bajo que era un incompetente, y sólo lo habían tomado porque su tío fue Auror en otra época. De ésto Isolda no tenía idea, pero no le caía nada bien porque siempre que se lo cruzaba le dirigía miradas lascivas, que en ocasiones la asustaban.
- No presiones - le dijo Shacklebolt, aunque con un dejo de sonrisa en los labios. - ¿Entonces, vas a ir?
 Ella lo pensó.
- Sí.
- Excelente. Salen el lunes - dijo el ministro con una sonrisa, y dándole una palmadita en el hombro, se dio vuelta e inició su marcha.
 Isolda empezó a pensar en su suerte, y en lo extraño que era que el ministro en persona la haya reclutado para ese viaje, hasta que cayó en la cuenta de que no tenía idea cuál era su destino. Corrió unos metros y lo alcanzó, justo mientras se introducía en el ascensor.
- ¿A qué lugar voy a ir?
- A Algeciras - contestó Kingsley Shacklebolt con su voz profunda, y las puertas se cerraron.

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