miércoles, 19 de diciembre de 2012

Capítulo 7 - Zarpar

 El barco surcaba tranquilamente las aguas del Mediterráneo. Ya atardecía, y el mar se veía precioso con los últimos rayos de sol del día reflejándose en sus olas. Se respiraba paz en el ambiente, a pesar de las dificultades iniciales. Todo parecía perfecto, total y absolutamente perfecto.
- ¡Vamos a llegar en más o menos dos horas!
 La aludida dejó de observar el mar por un momento, y se volvió a su interlocutor.
- ¿Qué puedo hacer para ayudar?
 Él la miró sonriente.
- Ya te dije que no hace falta que hagas nada. Te invitamos, ¿sí?
- ¡Pero no es justo! Siento que no me gané el lugar, y que soy algo así como una carga. Por favor.
- Pero...
- ¡Ya sé! Puedo cocinar. Por favor, quiero cocinar.
- Está bien. Pero quiero que sepas que no...
- ¡Gracias! - dijo ella, y se fue corriendo a la cocina.
 Allí había un viejo barbudo, revisando una bolsa que parecía contener papas.
- ¡Hola! - saludó Hebe alegremente, provocando que el hombre se sobresaltara y emitiera un gruñido.
- Ah, hola - respondió sin mucho entusiasmo. - ¿Qué pasa?
- Hermes me dijo que podía ayudar en la cocina. ¿Qué vamos a hacer de cenar?
 El viejo levantó una ceja. Su nombre era Karl Krawe, y era marino desde sus 18 años. Pero a los 47 sufrió un accidente que le impidió seguir con sus tareas habituales. Sin embargo, como no tenía ni casa ni familia en tierra firme, logró que lo emplearan en ese barco, el Alas del Egeo, como cocinero, puesto que ocupaba desde hacía 14 veranos. 'Peor es nada', solía pensar para consolarse. Era un solitario y un gruñón.
- Los pollos ya están en el horno. Si vas a ayudar con algo, va a ser el puré.
- ¡De acuerdo! - dijo Hebe optimista, aparentemente indiferente al mal humor de Karl.
 Él intentó levantar la bolsa de papas, pero le resultó muy pesada. Antes de que Hebe pudiera ayudarlo, sacó la varita e hizo levitar a las papas sobre el tacho de basura.
- ¡A un lado! - le gritó a la muchacha. Ella se corrió, obediente.
 Con otra sacudida de varita, Karl hizo que los cuchillos salieran del cajón que estaba tras Hebe, y las papas empezaron a cortarse.
- Prepara una olla grande... ¡rápido, muchacha!
 Hebe la sacó, y mediante magia la llenó hasta la mitad con agua. El cocinero hizo que las papas volasen hacia la olla, y luego, hizo levitar la olla hacia el fuego. Tomó algo de su bolsillo y se lo tiró a las llamas, que adquirieron un color celeste.
- Polvo para crear fuego de Arkesi. Imagino que sabrás para qué.
 Ella asintió. Quince segundos más tarde, el anciano miró las papas y comprobó que ya habían hervido. Pero antes de empezar a pisarlas, Hebe lo interrumpió.
- Eh... - comenzó dubitativamente. Karl la miró con expresión amenazante. Pero aún así, ella no se dejó amedrentar - ¿No sería mejor agregarle leche? Así tiene una consistencia más suave.
 Él se quedó mirándola por un momento. Luego asintió, y le extendió la mano, como para que le pasase la jarra en la mesada. Ella lo hizo, y agregó:
- También podríamos agregarle orégano.
- El orégano se terminó ayer. Podrías ir a comprar cuando bajemos.
- De acuerdo.
- Ahora, la sal. Ni mucha ni poca. - aunque no lo demostró, a Karl empezaba a caerle bien aquella muchacha. - Eso es. Bueno, está listo para servir. No te preocupes, yo me encargo.
- Está bien. Gracias por dejarme ayudar - dijo Hebe con una sonrisa, y volvió a la cubierta.

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 Hermes estaba ahí, mirando a través de sus binoculares. Oyó llegar a Hebe, y le comentó:
- Creo que hay algún disturbio.
- ¿Puedo ver? - preguntó ella tendiendo una mano. Hermes le dio los binoculares, y miró.
 Desde ahí, podía verse el puerto de aquella ciudad. Como ya había anochecido, no había demasiada actividad, pero sin embargo, se podían ver a algunos ciudadanos siendo interrogados.
- Parece que están buscando a alguien... - de repente, se dio vuelta y preguntó angustiada: - ¿Y si me están buscando a mí?
- Entonces, no podemos aprovisionarnos ahí.
- ¿Y cómo saberlo?
 Hermes se quedó pensativo. De repente, llamó:
- ¡SELIM!
 Un hombre de tez oscura y ojos inteligentes vino, a toda velocidad. Tenía un pequeño lunar en la nariz, que era levemente curva.
- Necesito que te fijes a quién están buscando en aquél puerto.
- Sí, capitán.
 Dicho esto, Selim se transformó en un ave, una pardela mediterránea, para ser más precisos, y voló hacia el puerto. Hebe observó que en su forma de ave seguía teniendo el lunar, en el pico.
- No te preocupes. Si te están buscando, vamos a otro puerto más chico, donde probablemente no se haya corrido la noticia, nos aprovisionamos y después salimos del país. En caso de que tengas que bajarte, ¿pensaste un destino en particular?
- No. Hermes, estoy asustada.
- No vamos a permitir que te pase nada.
 Hebe contempló nerviosa la ciudad, cuyas luces comenzaban a encenderse. Unos minutos más tarde, Selim volvió. Traía un papel enrollado en el pico. Se lo dio al capitán antes de volver a su forma humana.
- En efecto, están buscando a la muchacha. Pero no es la policía, parecen ser de una organización privada, y al parecer no quieren hacerlo público.
- Están fallando estrepitosamente. Entonces, no, no atracaremos en este puerto. Vamos al oeste.
- Sí, capitán.
 En eso, se oyó la voz de Karl llamándolos a comer, así que se dirigieron al comedor. Allí, el capitán expuso la situación, y todos se mostraron de acuerdo en que debían proteger a Hebe de volver con su madre.

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 Doce horas antes, en Daerskai, otro barco, de tamaño similar a aquel en el que viajaba Hebe, pero de forma muy distinta, se preparaba para zarpar.
- ¡Vamos! - dijo el gruñón Glaucus, dirigiéndose a Caidin. - ¿Dónde está la otra chica?
- Acá estoy - respondió Drea.
- Bueno, entonces zarpemos ya - dijo el malhumorado minotauro.
 No era el único minotauro que iba a bordo. Había otros, jóvenes y fuertes, y de aspecto mucho más amigable que el amargado anciano, que al parecer conformaban la tripulación de la nave. Ésta era de madera, pero tenía un aspecto muy resistente, y cuernos en la proa. En la popa, había intricados tallados de lo que aparentemente era la historia de un viaje muy largo.
- Bienvenidos a bordo - dijo el viejo, seco.
 Los marineros soltaron las amarras e izaron las velas, y el barco salió del pequeño puerto natural en el que estaba atracado.
 Los chicos notaron que, además de sacarlo del muellecito, los minotauros no habían hecho ninguna otra maniobra y el barco iba hacia donde el viento lo llevase (en este caso, al sur). Luego de debatirlo un rato con sus compañeros de viaje, Drea le preguntó a uno de los marinos que estaban en cubierta. Antes de que pudiera responder, sin embargo, se oyó una voz seca detrás de ellos.
- Todavía no hace falta que nadie haga maniobras. Estamos yendo en la dirección correcta.
- ¿Y a dónde estamos yendo? - preguntó Caidin, pero se arrepintió en cuanto vio cómo lo miraba Glaucus.
- Hacia donde debemos ir - contestó enigmáticamente, y se fue.
 Nadie dijo nada, pero las dudas que tenían se incrementaron aún más. Ir en barco sin saber a dónde era una cosa, pero ir en barco sin saber a dónde y sin que nadie lo navegue era otra absolutamente distinta. Drea, sin embargo, estaba tranquila en el fondo: algo le decía que el viejo tenía razón, y ése era el lugar al que debía ir. Se levantó y se dirigió al borde de la cubiera, mirando aquel lugar donde el cielo y el mar parecían juntarse. Al cabo de un rato, avistó unas nubes, que parecían de tormenta.
 Su mente volvió a cuando tenía siete años. En ese momento era una niña muy tímida y callada, más aún que ahora, y le tenía terror a las tormentas. Su madre la había llevado a un picnic a la playa, y ya habían terminado de comer. Drea había ido a buscar caracoles, pero no tardó en regresar cuando vio que el cielo se oscurecía.
- Mamá, vámonos a casa rápido - dijo agarrándola del brazo y mirando el cielo con aprensión.
- ¿Qué pasa? - preguntó Letizia, distraída por estar mirando las gaviotas, que echaron a volar.
- Va a haber tormenta. Vayámonos, por favor - La niña estaba al borde de las lágrimas.
- ¿La tormenta? ¡La tormenta no puede hacernos daño! Puede ser divertida, incluso.
- ¿Divertida? - preguntó, exactamente cuando empezó a llover.
 Su madre la tomó de abajo de los brazos y empezó a dar vueltas, como una especie de ronda de a dos. Drea no podía parar de reír.
- ¡Esto es mucho más divertido bajo la llu...!
 Pero Letizia no pudo terminar la frase porque se tropezó con una piedra y ambas rodaron por la arena, riendo.
- ¿Lo ves? No hay nada que temer.
- Pero... ¿y los truenos, rayos, y relámpagos? Parece como si alguien estuviera enojado.
- No, son sólo voces graves. Y están cantando, y los relámpagos bailan. Escucha...
 Madre e hija se quedaron sentadas en la arena, observando el espectáculo que les daba la tormenta. Y Drea nunca más se asustó de un trueno, ni de una tormenta.

¨

 Skander, mientras tanto, observaba la tormenta inquieto, apoyado en la baranda de la proa. Siempre aparentaba calma en ese tipo de situaciones, pero por dentro revisaba todo mentalmente para que no hubiera ningún motivo de preocupación. Le gustaban las tormentas, pero no sabía si aquel barco sería capaz de resistirla, aunque no pareciera excesivamente fuerte.
 Suspiró. Recordó cuando las cosas le preocupaban menos, cuando era un pequeño niñito. Por un momento, volvía a estar en su primer día de clases: la mañana había estado nublada, y su madre lo acompañó hasta la puerta. Quería que su padre también estuviera presente, pero tenía trabajo. Sin embargo, él le prometió que iría a buscarlo. Mientras la mayoría de los padres se quedaban la primera hora en el aula con sus retoños para que no se asustaran, Risea lo despidió y se marchó. No era una mala mujer, pero le costaba ser cariñosa, incluso con sus hijos. Skander nunca se lo reclamó, pero por dentro siempre había querido que alguna vez le diera un abrazo o le dijera que lo quería. Tarbec, sin embargo, era todo lo contrario, y siempre intentaba animarlos y que estuvieran alegres, ya que sabía que no era de los puntos fuertes de su esposa. Recordaba que aquella mañana se había peleado con Leidran, qué raro, porque él también quería ir, a lo que Skander respondió que todavía no tenía la edad. Leidran era más parecido a su madre en personalidad, y Skander también hubiera deseado que fuera menos frío, aunque con él a veces sí pasaban grandes momentos de risas en ese entonces.
 Mientras entraba en el aula con su pesada mochila y mirando todo con una mezcla de timidez y miedo, la vio, con sus ojos de intenso color violeta, su cabello largo y su vestidito blanco. Ella también lo vio, y le hizo un gesto con la mano, sonriente. Skander se lo devolvió, sonrojado. En eso, llegó Letizia, que vio que estaba solo y le hizo señas para que se acercara.
- ¡Hola! - saludó ella, amable como siempre. - ¿Este es tu primer día también?
- Sí - contestó él, tímido.
- ¡También el mío! Me llamo Drea - dijo la joven Drea, tendiéndole una mano, mientras fingía formalidad.
- Yo soy Skander - dijo él, también tendiendo una mano, con una expresión falsamente adusta. Sin embargo, ni él ni ella aguantaron más y estallaron en risitas.
- ¡Drea! - llamó Dia, que recién llegaba, y se soltó del brazo de su padre para ir corriendo a buscarla
- ¡Dia! - y la abrazó. - Mira, Dia, este es Skander.
- ¡Hola, Skander!
 Y la primera hora transcurrió con todos conociéndose, y finalizó con la llegada de Caidin, que se había quedado dormido, con su padre. Caidin vio a Skander y fue a sentarse con él. En el transcurso del día, Margrétta se hizo amiga de Aidah, Nidda y Carmeline, y empezó a burlarse de la ropa de Welda porque le parecía fea (porque era color marrón claro). Ianna se peleó con ella para defenderla y fue Irissel a separarlas, por lo que las cuatro recibieron un buen reto, incluso la pobre Welda que no había hecho otra cosa que llorar. Duncan y Chester Ladner, los gemelos metamorfomagos, se pasaron el día confundiendo a Nidda y volviéndola loca. El punto cúlmine llegó cuando Julian Stelfi, su cómplice, le dijo que en realidad ninguno de los dos existía, con lo que la chica entró en una crisis de nervios, y los tres chicos también recibieron su reto. Evan, Lucas, y Aidah se rieron mucho cuando se dieron cuenta de lo que pasaba, pero Aidah se detuvo cuando Margrétta la retó.
 Al finalizar el día, a las cuatro de la tarde, los niños empezaron a ser retirados por sus padres, y se oían los relatos de las aventuras de aquel primer encuentro entre todos. Skander se quedó sentado en la escalinata de la entrada esperando a su padre, que no llegaba nunca. Al cabo de un rato, Drea se sentó con él. Su madre tampoco llegaba. En un momento, ella decidió irse por su cuenta, ya que vivía a unos 150 metros en línea recta, pero cuando tomó sus cosas se tropezó, se le cayó todo, y simultáneamente empezó a llover. Skander corrió hacia ella.
- ¿Estás bien? - le preguntó con preocupación.
- Sí, sólo que... - Drea se había lastimado la rodilla, pero no quería llorar. - Mis cosas se cayeron - se lamentó, para disimular.
 Skander la ayudó a juntar todo. Se oyó un trueno a lo lejos. .
- ¿Te da miedo la tormenta?
- No. Mamá me enseñó que los truenos son voces que cantan, y que la lluvia y los relámpagos bailan a su ritmo.
- Oh - suspiró él. Drea tenía ganas de preguntarle sobre su mamá, ya que se había dado cuenta de que aquella mañana estaba solo, pero luego recordó que no le gustaba que le preguntaran sobre su papá, y en cambio, se levantó y le propuso jugar a las escondidas.  Estuvieron así un buen rato hasta que llegó Letizia, que los encontró empapados y embarrados. Ella y Drea acompañaron a Skander a su casa, donde su padre había tenido un imprevisto en el trabajo, y no le pudo avisar a su madre que lo fuera a buscar. Sin embargo, a él no le importó mucho, estaba feliz.

¨

- ¿Qué pasa, Skander? - preguntó Drea. Estaba por anochecer, y él seguía inmerso en sus pensamientos.
- ¡Oh! - dijo él, sobresaltado. - No, no, estoy bien. Estaba acordándome del primer día de clases.
- ¿De este año?
- No. El primer día de clases de todos.
- ¡Ah! Sí, me acuerdo. Fuiste el primero de la clase al que conocí.
- Es verdad - dijo, sonriendo sin darse cuenta. Sin embargo, inmediatamente pensó que estaba sonriendo estúpidamente, y se sonrojó. - Tu mamá me dijo que me acercara, porque estaba solo - agregó, para alivianar la tensión.
- Sí... me acuerdo que sentí una gran curiosidad al respecto todo el día. Hasta que te acompañamos a tu casa. - miró el mar, en silencio. - Creí que eras como yo... que tenías a uno solo de tus padres.
- Oh, no... Mamá  nunca fue muy cariñosa, pero nunca... - iba a decir 'se fue de casa', pero no estaba seguro de si era eso lo que había hecho el padre de Drea, o si había muerto. Ella nunca había contado nada al respecto. Se aclaró la garganta.
- Creo que él se fue de mi casa antes que naciera, pero no estoy segura. Nunca pregunté de él. Siempre fue sólo mi mamá, y siempre va a ser así - se volvió a mirar al mar. - Perdón, no... nunca había hablado de esto con nadie. Ni siquiera con Dia.
- Tranquila, no voy a decir nada - dijo él, colocándole la mano en el hombro y apretándola contra su cuerpo. Drea se sorprendió un poco, pero no tanto como el mismo Skander. Ella no se corrió. Se sentía comprendida, y además empezaba a hacer frío.

¨

 Dia observaba por la ventana. 
- ¡Caidin! - llamó entre susurros. - ¡Caidin!
 Pero Caidin no se acercaba. Se dio vuelta, y lo vio durmiendo en un sofá. Enojada, se acercó, y lo despertó de un tirón de orejas. También se aseguró de que no gritara tapándole la boca, aunque esto provocó que se sobresaltara y le patease un brazo.
- ¡Auch! ¿Por qué me pateaste?
- ¿Por qué me despertaste? - dijo él con voz soñolienta.
- ¡Mira! - dijo Dia, y lo arrastró hacia la ventana, donde Drea y Skander seguían abrazados.
- ¿Qué? 
- ¿No lo ves? ¡Skander y Drea están abrazados! ¡Por fin! 
- Qué emoción.
- ¿No te morías de ganas de verlos juntos de una vez?
- Mira, Skander es mi mejor amigo y todo eso, pero estoy seguro de que a él no le hubiera importado venir a contarme por su cuenta. Cuando estuviera despierto. Ahora me voy a dormir. - dijo, retirándose a su camarote. Caidin era la persona más amistosa del mundo, excepto cuando lo despertaban a la fuerza.
 Dia se quedó mirándolo con incredulidad. "¡Hombres!", pensó, y volvió a la ventana. Pero su amiga ya no estaba. "¿Estará ya en el camarote? ¡Tengo que averiguar qué pasó!", y salió corriendo hacia el camarote que compartían con Geneviève.
 Cuando llegó, sin embargo, no la encontró, pero sí a Geneviève, que se estaba peinando su larga cabellera rubia clara, preparándose para dormir. Dia no pudo contenerse y soltó acelerada que había visto a su amiga con Skander y que seguro se habían besado y pronto se iban a poner de novios y se iban a casar y por supuesto ella iba a ser la madrina de bodas y de todos sus hijos. Se enojó un poquito con su interlocutora porque no parecía ni la décima parte de lo emocionada que estaba ella al respecto, pero no le dijo nada. Cuando iba contándole a su amiga la visión que tenía de cuando su ahijada mayor se estuviera graduando, llegó Drea.
- ¡Drea! ¡Justo a tiempo! Vamos, queremos oírlo todo de labios de la protagonista. O una de las protagonistas.
 Drea la miró con el ceño fruncido.
- ¿De qué estás hablando?
- No te hagas la desentendida. Te vi con Skander afuera. ¿Se besaron?
- ¡Dia!
- ¿No vas a contarnos nada?
- No pasó nada
- ¡No le vas a contar a tu mejor amiga! - dijo Dia con incredulidad. - ¡No es posible! ¡Yo te conté todo cuando Matteo Miriante me invitó a salir!
- ¡Y me lo contaste porque me lo querías contar! ¡Nadie te obligó!
- ¡Pero es distinto! ¡Siempre te gustó Skander! ¡No puedo no saberlo!
- Skander nunca se fijaría en mí. - bajó la mirada. - Además... es privado. No tengo por qué contártelo todo - añadió con frialdad. Estaba dolida porque su amiga no podía comprenderla, y porque le había dicho todo a Geneviéve. No tenía problemas con ella, pero no le parecía que tenía que enterarse de todas sus intimidades.
- ¡No! ¡Geneviéve! - Dia giró la cabeza hacia ella en busca de apoyo. 
- Dia... - comenzó ella suavemente. - Creo que Drea tiene razón... - se sentía muy incómoda en medio de las discusiones. Solía ser la que mediaba las peleas entre Irissel y Cecile, pero no conocía tanto a Drea y a Dia como para intervenir. - Quizás no debiste espiarla...
 Dia la miró con ojos como platos.
- Bien - dijo enojada. - Bien. Si van a ponerse en contra mío, está bien. Me voy a dormir. - apagó las luces y se tapó con tanta violencia que la ropa de camas se cayó para el otro lado. La levantó con la mayor entereza que pudo y se tapó la cabeza.
 Tres minutos más tarde, sin embargo, estaban las tres llorando abrazadas, pidiéndose perdón.
- ¡No me quise entrometer! - lloriqueaba Dia - ¡Pero los vi juntos y no me pude contener y llamé a Caidin y él se fue a dormir y...!
- ¡Yo no quise ser tan cerrada! - decía Drea, secándose las lágrimas - Pero me salió hablar con Skander de mi padre y nunca lo había hablado con nadie y no tenía ganas de compartirlo ahora...
- ¡Y yo no quería verlas peleadas! - Geneviéve también lloraba - Odio las discusiones... y me están llenando la ropa de mocos.
 Las tres rieron, y luego de un rato, finalmente, se fueron a dormir.

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