martes, 15 de enero de 2013

Cápítulo 10 - Conferencia en Algeciras

- Bienvenidos a Málaga - comentó una voz aburrida, perteneciente a la dama que recibía a los turistas en dicha ciudad. - ¿De dónde vienen?
- De Inglaterra - contestó Susan Hitchens, en su perfecto inglés británico.
- De acuerdo, déjenme comprobar sus varitas - dijo la mujer, que a pesar de haber cambiado de idioma, conservaba el mismo tono de mortal aburrimiento. Sacó una especie de balanza de un solo plato, para analizar las varitas.
 Susan Hitchens ofreció la suya. Ella apoyó la varita en el platito de la balanza, cuya base, con una serie de zumbidos y silbidos, emitió un papelito.
- Acacia y fibra de corazón de dragón, veinticinco centímetros, flexible. Susan Hitchens, Ministerio de la Magia - leyó, siempre con su tonalidad de monotonía. - Bien, de acuerdo. ¿La otra dama...?
 Isolda le pasó su varita, y el proceso se repitió.
-Olmo y pluma de fénix, veintisiete centímetros y medio, rígida. Isolda Wright, Ministerio de la Magia. Correcto.
 Carter le tendió la varita de él antes que la mujer de control la pidiera.
- Roble rojo y fibra de corazón de dragón, veintinueve centímetros y un cuarto, rígida. Robert Carter, Ministerio de la Magia. Está todo en orden. Bienvenidos a España - dijo, con un esbozo fallido de sonrisa.

 ~

 Habían ido primero a Málaga para buscar a Clarisa Fontán, la equivalente de Susan Hitchens en el Ministerio de la Magia español, que era quien le había conseguido la exposición en Algeciras para presentar su investigación, y también había colaborado con la misma. Esta trataba de las poblaciones de criaturas mágicas que ambas naciones tenían en común y cómo protegerlas de manera eficaz, y profundizar las legislaciones en favor del cuidado de estos seres. Estaba en dicha ciudad para finalizar la última recolección de datos. Clarisa les había dicho que esperaría en la puerta de la ciudad, y allí estaba. Era una mujer de mediana estatura, tez morena y pelo castaño, que los saludó amistosamente cuando los vio llegar. Isolda se preguntó cómo los había reconocido, y luego cayó en la cuenta que el auto iba con las banderas del ministerio. Si bien gran parte de la población de Algeciras era mágica, no sucedía lo mismo en Málaga, y les habían recomendado discreción.
 - Buenos días - saludó ella alegremente, en un inglés con un fuerte acento andaluz. A Isolda le resultó simpática. - Soy Clarisa Fontán - dijo dirigiéndose a Isolda y Robert, que no la conocían. Susan se bajó a abrazarla, y luego ambas subieron al auto de vuelta, donde Susan presentó a sus acompañantes.
- Clarisa, esta es Isolda Wright. Viene en calidad de traductora, recomendada por el mismo ministro - le dirigió una sonrisa cómplice. - Él es Robert Carter, del Departamento de Aurors, y su misión es protegernos. Hasta ahora viene haciendo un gran trabajo - en realidad no había tenido que hacer absolutamente nada, pero la señora Hitchens tenía tendencia a tratar de ser amable con todos. Había sido de Hufflepuff.
 Luego de las presentaciones, Susan y Clarisa les contaron a los otros dos un poco sobre la investigación. A Isolda le resultaba sumamente interesante y escuchaba con atención, pero Robert parecía aburrirse. 'Es un imbécil', pensó ella, pero no dijo nada.
 Una hora y media más tarde, estaban en la entrada del hotel, bastante elegante, en frente del lugar donde se realizaría la exposición. 'Y pensar que creí que El Caldero Chorreante era un lugar cómodo'.
- La exposición tendrá lugar mañana a las 18:00. Hasta ese momento pueden hacer lo que tenga ganas. Luego, tienen dos días más aquí, en Algeciras. Disfruten su estadía.
 Isolda se dirigió a su habitación, la 419, y quedó maravillada. En el centro, una cama doble (que le pareció casi triple) con sábanas blancas como la nieve y un cubrecamas de terciopelo rojo se alzaba, imponente. Tenía elegantes columnas marroquíes y unas cortinas de seda rojo la ornamentaban. Había también un ropero elegante y a la vez práctico, que incluía una bóveda de seguridad que sólo se abría con la varita de quien la programaba. Los muebles eran del mismo estilo de la cama, de una fusión de lo islámico y lo europeo. El baño incluía un hidromasaje, y los azulejos, hechos a mano, eran de color celeste, y provocaban una cierta sensación de estar en el cielo. 'Ojalá Benjamin estuviera aquí', pensó, y se sorprendió a sí misma. Se sentía atraída por él desde hacía meses, pero nunca tenía la oportunidad de invitarlo a salir. Ya se había resignado que él no lo haría, porque era muy tímido, aunque por momentos parecía serlo un poco menos. 'Bueno', reflexionó, 'si nos llegamos a casar, ya sé dónde va a ser la luna de miel'. Se quedó un momento pensando en cómo sería si se llegaran a casar, y luego procedió a desnudarse para meterse a bañar. Casi se queda dormida, pero luego recordó que era casi la hora de almorzar. Se sorprendió de lo hambrienta que estaba, así que salió, se cambió, y bajó al comedor.
 Antes de llegar, se cruzó a Carter.
- Wright - dijo, dirigiéndole una mirada lasciva -, la señora Hitchens te busca. Está en recepción.
- Gracias - respondió ella, con cara de pocos amigos. No solía tener prejuicios hacia las personas; si le caían mal era después de conocerlas, pero había algo... siniestro en ese hombre. Se dirigió a recepción, notando como la vista del auror no se movía de ella, pero no se dignó a darse vuelta.
 La recepción era un enorme vestíbulo de paredes y suelos de mármol, aunque con grandes extensiones de alfombra roja. Tenía unos grandes sofás de apariencia cómoda. En uno de ellos estaba Susan, leyendo un libro. Isolda se acercó.
- ¡Ah, Isolda, te estaba esperando! - le dijo ella, siempre sonriente. - Iba a pedirle a Clarisa que me acompañara al Museo de Historia Mágica de Algeciras, pero tenía unos asuntos que resolver, así que, ¿por qué no vamos nosotras? Pero primero, almorzamos en algún lado.
- ¡De acuerdo! - dijo alegremente. Pero algo la detuvo. - ¿Carter va a venir?
- No, le di la tarde libre. Vamos a un museo, no creo que haga falta. En realidad, no creo que hiciera falta en todo el viaje, pero bueno, son cuestiones del Ministerio - dijo con diplomacia.

~

 Susan e Isolda se dirigieron a un lugar llamado Hechizo Moro, que estaba a unas pocas cuadras del hotel, donde almorzaron. Isolda sabía que el apetito variaba según la persona, pero la cantidad de comida que pidió Susan le pareció exagerada. Debió haber puesto alguna expresión o algo, porque ella aclaró:
- Sí, normalmente no soy de tan buen comer. Lo que pasa es que... - se dio vuelta a ambos lados, como para comprobar que nadie las oyera - ¡estoy embarazada! - anunció feliz.
- ¡Felicidades! - dijo Isolda, ya que fue lo único que se le ocurrió. Nunca había estado en esa situación de recibir la noticia de un embarazo.
- No lo sabe nadie... hasta ahora - le dijo Susan. Mi marido está en un viaje de trabajo, y quería esperar a su llegada para anunciarlo. Nuestra hija tampoco lo sabe aún.
- ¿Qué edad tiene?
- Treinta... - respondió ella distraída, pero se dio cuenta de su error. - ¡ah, te referías a Amy! Tiene dos años y medio - puso cara de preocupación. - Espero que no se ponga muy celosa.
- Va a ponerse celosa - aseguró Isolda - como todos los niños de su edad. Sin embargo, a la larga, va a estar feliz de tener un hermanito o hermanita. Lo sé.
 Y sin proponérselo, le confió a Susan que era adoptada, pero que lo mejor que le había pasado fue su hermanita, Zara, también adoptada.
- Por supuesto, como todos los hermanos nos peleamos a veces - contaba Isolda - pero siempre va a ser mi hermana - de repente, se dio cuenta de que por muy simpática que fuera Susan, seguía siendo casi una desconocida, por lo que se sonrojó un poco y preguntó: - ¿Ya se te ocurrió algún nombre?
- Mmm... no sé todavía - dijo, dándose cuenta de la turbación de su interlocutora. - Tendría que esperar a saber si es un niño o una niña. Si Amy era varón, íbamos a ponerle Edgar. ¿Tomamos algún postre? - sugirió de repente.

~

 Pasaron el resto de la tarde en el museo, que estaba lleno de artefactos mágicos de todas las épocas: de la España medieval, del antiguo califato de Al-Andalus, de la Hispania como provincia romana, del período fenicio-cartaginés e incluso anteriores, aunque eran realmente pocos y por lo tanto muy valiosos. Estos últimos se les adjudicaban a los tartesios, una misteriosa civilización que había habitado aquella zona. Isolda estaba extasiada. 'Cuando deje el ministerio, voy a volver a investigar a los tartesios', pensó. Observó unas inscripciones antiguas, aparentemente el antiguo idioma de Tartessos. Obviamente, no entendió nada, pero se dijo que sería quien las descifrara, algún día.
- Mira - le dijo Susan, que vino tan de repente que Isolda se sobresaltó. - En la tienda vendían de estos. Es tuyo - dijo, y le tendió un libro. 'El misterio de Tartessos', de Isaías Sánchez-Píave, un antropólogo mágico madrileño.
- ¡Pero no debiste! - dijo Isolda escandalizada. - ¿Cuánto debo...?
- Olvídalo. El Ministerio cubre todos los gastos - sonrió. - Vi que estabas muy interesada en estos grabados, así que...
- Muchas gracias, de verdad. - tomó el libro entre sus brazos y volvió a analizar los grabados. - Algún día voy a descifrar este alfabeto. Lo prometo - miró a Susan. - Me fascinan las civilizaciones antiguas. Algún día voy a ser arqueóloga y antropóloga. Y voy a viajar por todo el mundo.
- Te creo - respondió ella con seriedad. - Veo cómo te brillan los ojos cuando hablas de esto. Es tu sueño. Ojalá hubiera sido así de determinada en mi juventud. Aunque... - estaba recordando algo, pero antes de que pudiera decir qué, un hombre de seguridad vino a hablarles.
- Señoritas, en cinco minutos cierra el museo - dijo en español, dedicándole una especial sonrisa a Isolda.
- Oh, ya nos vamos. Gracias - le contestó Isolda. Luego le tradujo a Susan: - El museo cierra en cinco minutos. Deberíamos volver al hotel.

~

 Al día siguiente, todo el hotel parecía estar revolucionado con la conferencia, ya que no sólo venían magos locales, si no también magos de otras localidades de España, y también de Portugal y Marruecos, como le señaló un botones a Isolda, que además de escuchar pretendían pasar unos días libres en la ciudad. Esto la alarmó. 'Yo no sé ni portugués ni árabe', se dijo. Luego pensó que era una idiota, ya que si venían a la conferencia era porque obviamente entendían español, y no tendría que traducirles a su idioma natal. 'Son los nervios'. Cuando llegó la hora, el mismo muchacho que le había indicado lo de los magos extranjeros (extranjeros para él) le indicó su lugar en el estrado, en una punta del escenario, ligeramente más baja que el centro, para que la presencia de la conferenciante resaltase más.
 Clarisa Fontán fue la que abrió el evento.
- Buenas tardes a todos - dijo, con su agradable sonrisa. Sus lentes combinaban pulcramente con su vestido, de un rojo oscuro bastante sobrio. Hizo una brevísima introducción al tema, y luego terminó diciendo: - Así que, los dejo con la verdadera experta en el tema: ¡la señora Susan Hitchens!
 El público aplaudió de manera cortés pero entusiasta, y Susan salió de un costado del escenario, sonriente y saludando a todos. Llevaba un vestido negro con detalles amarillos, y se había ondulado la cabellera pelirroja para la ocasión.
- Buenas tardes - comenzó, en inglés. - Mi nombre es Susan Hitchens, y trabajo en el Ministerio de la Magia de Gran Bretaña, en el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas. Como sabrán, vengo a hablarles de...
 Y comenzó el trabajo de Isolda. Hizo una sacudida de varita, y a medida que Susan iba hablando, iban saliendo las palabras de ella traducidas al español, en forma de una especie de humito con algo de consistencia. Luego, se desvanecían. Era algo que requería muchísima concentración, por lo que Isolda apenas tuvo oportunidad de fijarse en otra cosa, como por ejemplo que Carter no estaba donde debería estar, cerca de ellas, vigilándolas.
 Cuando Susan terminó con la presentación, Isolda vio que la gente había tenido una reacción favorable, y se alegró. Le parecía una investigación muy interesante, y no le hubiera gustado que cayera en saco roto. Finalmente, volvió Clarisa al estrado a comunicarles que podían dirigirse al comedor al banquete, lo que generó que todos se aplaudiesen de pie y comenzaran a levantarse.
 Luego, Clarisa las llamó a ella y a Susan para felicitarlas, y las llevó a la mesa principal, donde había servida una espectacular paella de dimensiones extraordinarias. Había sentadas ya tres personas.
 - Éste es Esteban Villalar, jefe del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas en España. - el señor Villalar hizo una amable reverencia, aunque su expresión seguía siendo bastante seria. - Ésta es Marga Zaldumbide, Subsecretaria del Ministro.
- ¡Felicitaciones! - dijo alegremente doña Zaldumbide, en su castellano con marcado acento vasco.
- Y éste - continuó Clarisa - es Ricardo Suárez-Alcocer - Susan e Isolda ahogaron una exclamación -, Ministro de la Magia de España.
 Tanto Susan como Isolda conocían al ministro de nombre, pero no sabían cómo lucía, y no se imaginaban para nada que pudiera estar en la conferencia. 'Bueno', pensó Isolda, 'por lo menos Clarisa tuvo la consideración de no decirnos que estaba presente, porque si no no hubiera podido traducir nada'.
 Suárez-Alcocer las saludó amablemente, y comenzó a elogiar la presentación de Susan, y a comentar que aprobaba el plan y que era probable que se llevara a cabo. Al final, elogió también la capacidad de Isolda de traducir, haciendo que esta se sonrojara un poco.
- ¿Dónde está Carter? - preguntó Clarisa de repente. - Se suponía que cenaría aquí también.
- No lo sé - respondió Susan. Ahora que lo pienso, no lo vi en la presentación.
- Quizás está en su habitación - aventuró Isolda. - A lo mejor se sentía mal - siguió, apenas pudiendo contener las esperanzas que tenía de que eso pasara.
- Después paso a fijarme - dijo Susan, con preocupación.

~

- ¿Este es el lugar?
- Sí, Pete - le respondió Arcturus con voz cansina. - Supongo que nos vamos a dar cuenta a medida que nos acerquemos.
 Volvió a buscar el hacha. La apoyó en la cubierta y la tocó con la varita, pero no sucedió nada. Intentó de vuelta tocándola tres veces, pero tampoco ocurrió nada. Lleno de paciencia, se agachó y la examinó bien. Pasó la mano por el mango, y cuando llegó a la parte de las inscripciones, estas emitieron un débil destello, para luego apagarse silenciosamente. La tomó con ambas manos, a pesar de que no era tan pesada como parecía, y le susurró:
- Oriéntame.
 El hacha, obediente, indicó una dirección, algo al norte de la posición actual del barco.
- Excelente. Pete, vamos hacia allá.

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