sábado, 5 de enero de 2013

Capítulo 9 - La historia de los minotauros

 Geneviève miraba por un ojo de buey desde su cama. El barco de los minotauros atravesaba la tormenta sin grandes dificultades, ya que, aunque no lo aparentaba, era muy resistente, pero la aburría tener que estar dentro de su camarote. Se levantó, se vistió y salió, cerrando la puerta con suavidad. Drea y Dia seguían durmiendo como lirones, y ya eran las 10:30 de la mañana. Empezó a recorrer el interior del barco sin un rumbo fijo, y llegó a las bodegas. Se dio vuelta para volver, pero no encontró el pasillo de los camarotes. Resolvió buscarlo de vuelta desde la bodega, pero ahora también perdió la bodega. Dio tantas vueltas que al final llegó a una sala de tamaño considerable, cuyas paredes estaban llenas de grabados.
 Eran grabados que parecían contar una historia, como los de la proa. Era una larga travesía, que iniciaba en una ciudad laberíntica. Se acercó, y de repente...
- ¡Geneviève! - llamó una voz conocida. Era Caidin.
- ¿Qué es este lugar? - preguntó bruscamente. La había sobresaltado, y le preguntó la primera duda que daba vueltas por su cabeza.
- No lo sé, yo buscaba el baño - bostezó, indiferente a la falta de saludo por parte de su amiga. - Me acabo de levantar, y esto es un maldito laberinto.
- ¡Claro, un laberinto! - dijo ella, comprendiendo. Los minotauros construían todo laberínticamente, ya que así despistaban a cualquiera que se entrometiera en sus dominios. Debía haber sabido por qué se había perdido con tanta facilidad. - Ahora hay que descifrar estos grabados, vamos.
 A Geneviève le encantaban esas cosas. Era la mejor alumna de la clase de Historia Mágica Universal, impartida por Tarquinia Depassier, una bruja anciana de memoria extraordinaria, que podía hablar durante horas durante cualquier tema sobre el que se la interrogara. La profesora Depassier tenía 122 años.
 Caidin no sentía ni la mitad del entusiasmo de Geneviéve, pero aún así se puso a mirar los grabados con ella.
 - Mira, en este empieza. Es una mujer embarazada. En la siguiente, se la ve con un minotauro en los brazos.
- ¿Qué están haciendo en este lugar? - cortó una irritada voz. Era Glaucus, el minotauro anciano. 
- Estábamos mirando los grabados - dijo Geneviéve, sin darse vuelta. - Son muy interesantes.
- ¿Y por qué a un humano le interesan nuestros grabados?
- Me interesan las historias en general - le respondió la chica, dándose vuelta y pasando por alto el tono grosero que su interlocutor había empleado. - Y te agradecería que no nos trates como escoria. Soy una humana, sí, pero yo no le hice nada a tu raza.
 Tanto Caidin como Glaucus la miraron perplejo. El primero, porque creía conocerla desde que tenía siete años, y nunca se esperó una reacción así de ella: siempre la vio como una chica tímida, inocente y callada. El segundo, porque nunca nadie, ni humano ni minotauro, le había hablado así, y además porque, a pesar de todo, y aunque los humanos le parecieran todos iguales, la chica tenía razón: personalmente, no le había hecho nada a los de su especie.
 Geneviéve no había levantado el tono, ni había perdido su expresión dulce, pero había algo en su voz que denotaba firmeza.
 - Esta es Pasífae - explicó Glaucus, en un tono mucho menos despectivo. Era demasiado orgulloso para pedir disculpas, pero no tanto como para no reconocer que se había equivocado. - Pasífae era una reina.
- ¿La esposa del rey de Creta?
- No. Esa es la historia contada por los humanos. Los minotauros sabemos la verdadera. Pasífae era la reina de las ménades, en Creta - a medida que hablaba, iba mostrándoles los murales, que representaban cada escena que relataba. - Las ménades eran como las amazonas, ya que eran un pueblo sólo de mujeres, pero a diferencia de ellas, no les interesaba guerrear. Un humano dirían que estaban locas y que eran salvajes, pero no es verdad: las diferenciaba de los otros pueblos que vivían en contacto con la naturaleza. De las ménades y los hijos de Poseidón nacieron los minotauros. Sin embargo, llegó un miceno, que adoptó el título de minos y tomó por esposa a Pasífae. Los minotauros se rebelaron, pero los continentales llamaron refuerzos, y hubo un éxodo, dirigido por la reina, quien antes de irse asesinó a su marido. Se establecieron en la isla de Folégandros, donde Pasífae reinó hasta su muerte. Luego la sucedió su hijo, Thelenus, el primer minotauro.
  » Los minotauros vivieron siglos en Folégandros, sin grandes altercados con las islas vecinas. Hasta que un día llegó Amaltea, la sibila de Cumas. Amaltea pidió asilo en la corte del rey, y el rey le ofreció quedarse en unas habitaciones humildes, algo alejadas. Ella se creía digna de lujos, y muy ofendida, robó una copa de oro. Se decía que la copa tenía grandes poderes mágicos, pero nunca nadie había podido comprobarlo. Pronto se dieron cuenta del robo, y aunque no tenían pruebas, echaron a Amaltea de la isla. Esta, furiosa, maldijo a los minotauros: no volvería jamás a nacer un minotauro hembra. En un principio, los minotauros no se dieron cuenta, pero diez años más tarde todos los minotauros que habían nacido eran macho. Así que el rey viajó a Delfos junto a su hijo y su comitiva, para que el Oráculo les diera una solución.
 » El Oráculo dijo que encontrarían la solución yendo al oeste. No dijo quién, ni cuándo, ni al oeste de dónde. Así se expresaban los oráculos. En el viaje de vuelta a Folégandros, el rey fue asesinado, y cuando su hijo, Thelespius, llegó a su patria, todas las esposas, hijas, y nietas de los minotauros habían fallecido debido a una plaga que les mandó la sibila de Cumas. Thelespius tomó a todos los habitantes que quedaban, los subió a sus naves, y se dirigieron al oeste, como había recomendado el oráculo. Llegaron a Argos, donde mucha de la población estaba ausente, ya que estaban en guerra. Sin embargo, estaba la hija mayor del rey, Ismene, quien se enamoró de Thelespius. Él y ella planearon huir juntos, pero antes, a Thelespius se le ocurrió que sus hombres también se casaran con humanas.
 » Ismene logró convencer a sus hermanas y doncellas de acompañarla y tomar por esposos a los minotauros, pero una de ellas, Liríope, ansiaba con casarse con el hermano de Ismene y reinar en Argos, por eso mandó a avisar al rey. Sin embargo, no lo supieron hasta que, a mitad del camino a Delfos, casi fueron emboscados por un ejército argólida, comandado por el mismo hermano de Ismene con el que Liríope quería contraer nupcias. Sin embargo, los argólidas fueron a su vez emboscados por los corintios, y los minotauros pudieron seguir su camino, no sin antes pagarle un tributo a Corinto.
 » En Delfos, el oráculo le digo a Thelespius que, para poder salvar la raza, debían atravesar las Columnas de Heracles, y de ahí, dirigirse al norte. En la travesía, volvieron a perseguirlos los argólidas, tuvieron problemas cerca de Libia, en el reino de Numidia, y casi no pudieron atravesar el estrecho. Pasadas las Columnas, se enfrentaron a otro tipo de amenazas, como el crudo invierno, o un calamar gigante. Pero finalmente, llegaron a la isla, a la que ustedes llaman Isla de Sykes. Y allí se establecieron en paz. Por lo menos hasta que llegó aquella bruja.
- Jocunda Sykes - dijo Geneviéve. Siempre había sentido una gran admiración por ella, y recordaba haber interrogado mucho a Drea, ya que esta era su tataranieta. A Drea le gustaban especialmente esas conversaciones, ya que ella también aspiraba a ser como ella algún día.
- Sí - le dijo el anciano minotauro. Parecía más cansado que antes. - Yo vi cuando llegó. Fui uno de los que aturdieron ella y su grupo. Quizás fue por eso que nunca me gustaron los humanos - la miró. - Lo siento, muchacha, no debí tratarte mal. Y tampoco a...
 Se dio vuelta para disculparse con Caidin, que estaba a unos metros de distancia, sospechosamente cerca de un jarrón bastante grande y mirando el techo con inocencia.
- Oh, no pasa nada - dijo, en su tono más agradable.
- Gracias por habernos contado la historia - le dijo Geneviève a Glaucus, con su serena sonrisa. - Fue muy interesante.
- Siempre es interesante aprender del pasado - dijo Glaucus, casi esbozando una sonrisa. - Ahora vengan, los voy a acompañar al comedor.

~

 Mientras se dirigían al comedor, los chicos, algo rezagados, discutían.
- ¿Por qué tuviste que ser tan ordinario? - dijo en un susurro furioso Geneviève.
- ¡Ya te pedí perdón! Pero no quería interrumpir la historia del viejo, era interesante - dijo Caidin, algo avergonzado.

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